Nominada a cinco premios Óscar, “Whiplash”, de Damien Chazelle, cuenta la historia de Andrew Neiman (Miles Teller), un joven estudiante de música que es descubierto una tarde por un riguroso profesor de música del Conservatorio de Música de la Costa Este norteamericana, Terence Fletcher (J.K. Simmons). Como queriendo empezar con el ímpetu que desea en sus tempos de jazz del profesor, el realizador entra de lleno en la película regalándonos lo que será la verdadera trama: Apenas iniciado el largometraje, un Fletcher completamente déspota hace lo que se le viene en gana con Neiman. Tiene “legitimidad”, pues Fletcher solo quiere impulsar al desarrollo del talento a como dé lugar. El fin sobre los medios.

Como ocurre, el profesor es director de uno de los más reconocidos elencos de música de la ciudad. Por eso, integrar su escuela es una de las predilecciones de los jóvenes músicos del Conservatorio. Es esa posibilidad de integrar semejante cuerpo musical lo que hace que los alumnos se dejen presionar y hasta maltratar por el agresivo profesor perfeccionista de talentos. En el camino, puede mentir, insultar y hacer llorar sin escrúpulo alguno a sus alumnos. Estamos ante un auténtico perfeccionista o, será mejor decir, un completo psicópata.

Es interesante ver, por otro lado, cómo la “rigurosidad” de este matón de élite va aflorando entre sus alumnos. Cómo el ambiente de estrés y violencia hace que se filtre por los cauces de las relaciones y, como mini versiones del profesor, la violencia verbal y los insultos se hacen presentes entre los pares. Es una cadena que se va reproduciendo infinitamente en la escuela, en la familia y con la pareja.

Esta violencia tiene un origen: el deseo de ser mejores. Por ello, hay odios despertados entre los estudiantes cuando en la “bonita experiencia” de la escuela (de la que, de un día para otro, puedes ser parte gracias al esfuerzo y el talento) uno aparece para pelearte el puesto. O cuando en una reunión familiar, cada uno exhibe sus laureles y, por razones de cólera guardada o vana ostentación, explota y la violencia nuevamente aparece. La película también evidencia cómo la enceguecida sumisión que se pueda tener a los sueños o anhelos personales puede hacer que, sin necesidad de pestañear, el protagonista le diga a su pareja que es un estorbo para el cumplimiento de sus metas.

Es toda esta trama, esta búsqueda venenosa y enfermiza de ser los mejores –acicateados, por supuesto, por una voz autoritaria y autorizada- por las que esta película cobra relevancia. En lo particular, siento que tendrá mucha acogida entre nuestras salas por lo que acabo de proponer. En efecto, si el año pasado El Lobo de Wall Street (2013) de Scorsese era vista como una película de vital seguimiento por ser considerada una historia de progreso y de desenfrenada búsqueda del éxito, creo que se corre el riesgo de que en esta película solo se vea una parte.

Es natural que así sea pues en un primer momento la película da la apariencia de que solo esforzándote y trabajando sin parar, lograrás ser el mejor. Eso ciertamente tiene sus incondicionales atractivos. Pero, como hemos visto, en el camino se dejarán huellas sucias en la búsqueda predilecta.  Regresando a la película, por ejemplo, es un ex integrante de la orquesta de jazz del Terence el que se suicida pues padecía de transtornos mentales que contrajo ni bien pudo haber tenido contacto con el infame y “exigente” profesor. Es el resultado de una vida que, como también afirma el profesor en una de las escenas finales, es llevada al límite. Todo con el objetivo de encontrar a la próxima estrella del jazz. El ejemplo puede ser reproducido para otras artes o ramas.

Así, en un contexto en el que la violencia es desplegada en el ambiente privado como en el público y no se hace nada frente a ello, es posible que “Whiplash” sea considerada una película de culto. Con “Whiplash” podría confundirse necesaria disciplina con abuso. Y digo esto bajo el marco de búsqueda de superación individual a rajatablas que se ve hoy en día en “la ciudad de los emprendedores”. El discurso del emprendedor, del ser que todo lo puede y todo lo logra si se lo propone, que suena siempre tan bonito, puede tener su contraparte en lo que se ve en “Whiplash”.

Considero que no es una temeridad peregrina. Hay que caminar un poco por las calles de Lima y ver cómo se comportan los partidarios del “yo soy emprendedor”. Si me equivoco, bienvenido sea. Mientras tanto, me mantengo en que esta película, de muy buenos actores (palmas para J.K. Simons por su convincente actuación), historia, giros, musicalidad, requiere de una amplia discusión. Este es el objetivo que busco darle a esta columna.

03-03-15