Ya en el carro, el sudado payasito confrontaba a su concentración cuando alguien, mientras daba la función, bostezaba o cuando un adolescente lo miraba con ojos de insomnio (¡Qué feos esos ojos pesados y como con bolsas bajo las pupilas!). Las miradas desconfiadas de las abuelas también le generaban dudas, al igual que los gestos de los jóvenes que recién habiendo encontrado trabajo se creían amos y señores del mundo capitalista. Era todo pesadumbre en el carro, de verdad que daban ganas de irse. Sonaban las bocinas por afuera, y los audífonos y celulares reclamaban quietud. En uno de sus últimos números, sin embargo, desde el fondo del bus, una parejita de hermanos escolares, Christopher y Alexa, empezaron a hacer muecas que a cualquier mortal desesperarían. A cualquier mortal, pero no al payasito que sintió la inyección de carnaval en lo profundo de sus venas. Muy hasta el fondo.

El niño hacía muecas molestas, hasta gruñidos daba. Después le enseñaba el puño cerrado en clara muestra de querer darle unas piñas sabrosas. Luego se unió Alexa y ya todo fue un cargamontón, un público callejón oscuro de mosquitos, rodillas magulladas y pechos agitados.

–¡Eso, niños! ¡Sigan fregando! –decía, gallo, el payasito con los complacidos ojos cerrados.

Importunado, pero feliz, el payasito tuvo que culminar con rapidez su show, y para silenciarlos –pues ya estaba bueno– optó por premiarlos con el dibujo de un brasileño revoltoso que tenía en un cuaderno de su mochila. Se acercó a Christopher, cogió la página y la arrancó con fervor, le dio el papel grafiado en tinta negra y le palmeó blandamente diciéndole: “¡Aprende su historia, eh!”. Y se alejó de los niños asombrados por ese dibujo en el que una mirada brasilera de altivez decía que las dictaduras no servían y que las ideas dignas que unen a la gente, sí. El payasito se fue confortado y feliz pues el dibujito ya no solo era del niño. Al instante él lo compartía con Alexa, su hermana.

Aun así, les pidió: “Compártanlo”.

Luego, nuevamente en el centro, sermoneó.

–¡Adultos! ¿Será por la hora? ¿Por el trabajo? ¿Por qué será que quedan mirando como una sarta de huev…

No terminó la palabra pues, fijáte, habían niños a bordo.

Pero de todas maneras, continuó.

–¡Adultos! ¡Qué aburridos son! ¡Mírense!

Sacó un espejo y les reflejó sus caras casi verdes. Un señor que dormitaba, al verse, abrió los ojos y ofreció una mueca de dolor y desconcierto. Pocos rieron, otros siguieron mudos, impertérritos en su vacuidad.

–Eso son: aburridos, quejones, resignados. ¡Qué tremendos errores! Aprendan, aprendan de Christophercirto el fregadito. Y de su hermana Alexa, la mete-candela. ¡Eso es vida, coj…!

Y en vista de que no podía soltar lo que quería, brindó la siguiente reflexión, que le hizo cerrar los ojos, por unos segundos, a un ex muchacho tirapiedra que quería ser el próximo Acuña.

–Chicos, ¡nunca crezcan nunca!

Y señalando al rebaño del bus, continúo: “¿Para qué?”