Promising Young Woman sabe lo que hace. Sabe escandalizar, exigir de más a su audiencia, hacer las preguntas correctas con violencia y descaro. Toma las principales disputas alrededor del MeToo y las entrelaza mediante una historia coherente, ágil y, para bien o para mal, bastante demoledora. El resultado es un film que dice cosas que ya conocemos, pero que no habíamos visto antes en la pantalla, al menos, no desde lo mainstream. Será que, a pesar de haber normalizado el rape awareness y la cultura de la cancelación, la herida sigue demasiado abierta como para que la explote el cine de masas. Quizás eso explique por qué audiencia sigue indispuesta frente a las inquietantes acciones de Carey Mulligan. Será razón suficiente para que nos atraiga su propuesta.

Será por eso que no nos la sacamos de la cabeza.

La idea parece sencilla de entender, pero no lo es. Cassie vive un vida monótona y precisa: se pasa cada fin de semana recorriendo bares y clubes nocturnos, vengando la violación de Nina, su mejor amiga. Todo cambia cuando reaparece un ex compañero de la escuela de medicina, quien trae de vuelta recuerdos dolorosos y una vocación por vengarse de cada responsable de lo sucedido. La venganza tan solo es el primer paso.

A ver. Frente a la cancel culture, cada argumento está presente. El slutshaming de miles de hombres que, por una razón u otra, creen que una mujer borracha no es objeto de su compasión -al menos, no de la suficiente-. La respuesta del sistema, empapelado de leguleyos judiciales, que protege a los victimarios, incapaz de satisfacer a los más vulnerables, haciéndose de la vista gorda. La reacción social frente al MeToo y sus implicaciones, plagada de frustración, incertidumbre e ira. La actitud condescendiente de sujetos que, con la mayor confianza posible, se creen “buenos tipos” solo por no caer en instancias evidentes de acoso, a pesar de seguir manipulando a las mujeres de forma sutil. La frustración de la víctima, sometida a una inmensa soledad y a una evidente incomprensión de su entorno. El mundo que, a pesar de haber cambiado, no cambia. 

La cruzada de Cassie, meticulosamente planeada por su directora, Emerald Fennell, no es tan simple como parece. No es venganza por venganza. Tiene que ver, en primer lugar, con la expiación. Naturalmente, Cassie se siente culpable. Todas lo hacen. El sistema, a fin de mantenerles a regla, utiliza la culpa cada que puede, con todo rigor. A su modo, Cassie lleva la culpa como duelo. No lo dice, pero la audiencia lo sabe. Carey Mulligan también. Sabe encarnar la marcha cabizbaja de su personaje y su dolor, avanzando en silencio, negándose a sufrir en público, ahogando su sufrimiento en su rutina de venganza, a fin de no lidiar con el fondo.

Además de expiación, los actos de Cassie funcionan desde la ira. No haber procesado su duelo -y haberlo perdido todo en el proceso- hace que Cassie abandone todo tapujo, toda restricción, y se permita la violencia, el riesgo. Ojo, no hablamos de violencia desmedida -cómo suele pasar en otros rape revenge films– sino puntillosos actos contra sus enemigos, precisos y directos, concebidos como formas de ataque. Palabras hechas para herir. Manipulación y mentiras. Y sí, ocasionalmente, golpes a desconocidos. Cassie, por supuesto, no tiene nada que perder. Ella no se siente víctima, sino cómplice. El hecho de que Nina sea quien ya no esté lo hace peor. Su ausencia se hace permanente. Cassie no se siente mejor que el resto, y por eso está dispuesta asumir cualquier riesgo posible. Si debe ensuciarse las manos, lo hará. O eso creemos al inicio.

Aquí, sin embargo, hallamos otro giro. La cruzada de Cassie tiene incluso más por decir. Si somos bastante rigurosos, nos daremos cuenta que, al final, buena parte de sus actos son, en verdad, bastante inofensivos. No hace sino jugar a la borracha frente a posibles victimarios, solo para humillarles al revelar su estado de completa sobriedad y luego irse. Los actos de venganza frente a los perpetradores de Nina son apenas viles muestras de manipulación, juegos mentales y simulaciones. Los responsables sienten pavor, pero nada malo les sucede. Su vida sigue siendo la misma. Como audiencia también pensamos lo peor, mas no lo recibimos. ¿Será que Cassie, a fin de cuentas, es capaz de perdonar, de darles una segunda oportunidad a quienes no lo merecen? ¿O será que, frente a lo arriesgado de sus acciones, conviene una venganza didáctica, ilustrativa, una retorcida parábola con la que enseñar a trúhanes y abusadores? Mientras más aumenta la venganza, más se acrecienta la duda.

Uno podría decir que la tortura psicológica es incluso peor que cualquier afrenta física, pero esa respuesta no resulta tan convincente. En el fondo, parece que Cassie no está dispuesto a rebajarse al nivel de sus victimarios. No dará ese último paso. Si puede hacer que sufran por lo que sufrió Nina sin tener que ensuciarse demasiado, entonces lo hará. Parece contradictorio con lo que creíamos de Cassie. Por eso su personaje se queda con nosotros.

Cassie resulta memorable también en buena parte por su entorno. A pesar de todo, la confrontación luce bella. El estilo de Emerald Fennell, por sorpresa, es controlado y cuidadoso. Una película así, afilada y extraña, sugiere exceso. Por suerte, Fannell sabe manejar su historia y darle un estilo que, salvo ciertos chispazos, es pulcra y matizada. No nos satura con un montaje trillado y demasiado veloz. Ignora el voicework, los cortes rápidos o el humor directo. No nos dice las cosas, sino que quiere que las intuyamos. Los colores pastel confrontan la inquietante temática; la estética, onírica y brillante, sugiere una disociación entre la realidad que queremos y la realidad turbia en la pantalla. Casi siempre el ratio de la pantalla es ancho, de bordes amplios, manteniendo la atención en los hechos por sí mismos, dejando en segundo plano los detalles – a veces innecesarios- y las reacciones de personajes -a veces distractores-.

Los personajes interpelados por Cassie -sobre todo mujeres- son atrayentes por su cuenta. Cada una, de forma superficial, parece ser lo suficientemente funcional para vivir cómodamente: mujeres agradables, exitosas y aparentemente bienintencionadas. Luego, poco a poco, vemos su parte más oscura. Y así, personajes que se parecen a nosotros también son capaces de tolerar los actos más infames. ¿Acaso nosotros podríamos?

La audiencia se incomoda, pero no deja de ver.

Aquí importan los hombres, los villanos. Tipos sin gracia, rabiosos, deseosos de sexo y excesivos en chistes crudos, comentarios insensibles y acciones despreciables. Quisiéramos pensar que los personajes masculinos en el film -además de Bo Burnham y el padre de Cassie- son poco creíbles, bochornosos y dependientes de la caricatura. Luego, naturalmente, los asociamos con los hombres que vimos en la escuela, el trabajo o el club nocturno, y, de a pocos, aceptamos la cruda verdad: Fenell ha sido precisa en su descripción, incluso demasiado benévola. Sí, sí. Puede que no todos los hombres sean así. Pero los hay, y suficientes como para tener un arquetipo identificable que, irónicamente, se nos hace muy cliché, poco innovador. Parece un recurso común porque estamos acostumbrados a personajes así. Eso es lo más escalofriante. 

Algunos pensarán que Fennell se pasa de la raya. Dirán, quizás, que el final resulta demasiado iluso o confrontacional, y que no deberíamos regocijarnos al ver a esos hombres pagar por sus acciones. Dirán, incluso, que ellos merecen una segunda oportunidad. Bueno. ¿Y qué hay de Nina? No es que ella tuviera otra chance. No es como si no hubieran más Ninas sin posibilidad alguna. Fennell quiere hacer un punto, grotesco y transgresor, pero también necesario. Habrá quienes no quieran oírlo. Pero los que lo hagan posiblemente no sean los mismos. Quizá verán a una mujer ebria en un bar con algo más que rechazo o deseo. Quizás empatía. Y eso ya es algo.