Editado por Massiel Román Molero

Hoy desperté con la pereza sobre los hombros y una cola pomposa y peluda enrollada en mi muslo derecho. Son las 10:30 a.m. Eso de levantarme tarde se me está dando bien, eh.

“I don’t care” suena en mi celular y Dasi, mi super can, se despega de mí totalmente para preparar su sinhueso y contraatacar a mi pereza. “Sí, ya sé. Es hora de levantarse”, le digo. Como los otros dos días pasados, hoy no tengo muchos planes en la agenda, así que no rompo la “rutina” del día.

“Beba, ¿nos vamos?”, le grito mientras voy por a la ducha. Sus cuatro patitas se agilizan, se sienta frente a mí y no deja de moverme esa cola pomposa que me vuelve loca. Andar con ella por los pasadizos de mi casa en vacaciones es lo que más adoro. 

Extraño salir a la calle con ella. Solía sacarla a pasear sin correa desde hace mucho tiempo. Es una chica lista… hasta que escucha la bocina de los feroces carros. Digamos que ese es el talón de Aquiles de mi súper can: le da un poco de miedo todo lo que corre fuera de casa. Creo que la comprendo porque a mí usualmente me pasa lo mismo. Mira de un lado a otro, me busca, lo sé, porque yo también lo hago y cuando nuestros ojos chocan, corre hacía mí y se olvida de lo que la rodea. Eso me asusta, pero a ella la atonta. La adormece. La saca del mundo real y se olvida que viene un carro arrasar con su pequeño cuerpecito.

“¡No la lleves! Déjala sola por un momento”, siempre me dice mi madre. “La estás mal acostumbrando, Isabu. Todo el día anda contigo. Cuando regreses a la universidad o al trabajo volverá a llorar y esa será tu culpa”. Que sí, mamá, soy consciente de eso. Supongo que Dasi me ve como su casa y ella es la mía, pero, al ir creciendo, yo me he vuelto capaz de hacer cosas que ella no puede.

Sin embargo, estos últimos días me he vuelto muy depresiva. No he tenido muchas ganas de salir de la cama porque quería escribir o practicar con la tableta. Regresé al silencio. A ese silencio que tanto amamos nosotras. Porque yo también tengo días en los que, como ella, me siento más a salvo en el silencio que en la misma realidad que nos abraza. 

Desde que empezó la cuarentena, los tiempos se han dificultado cada vez más, a pesar de ello he vuelto a eso que tanto extrañábamos: escribir. Momento perfecto para las dos porque ella sabe que cuando me sumerjo en este mundo, apago el móvil y nos convertimos en un uno. Tú, enrollada en mi pierna, como ahora, y yo, acariciando tu felpudo pelo en cada pausa que mis dedos se dan. 

Eres lista, mi pequeña. Ves que cuando estiro mis cortas piernas, lista para encerrarme en mi habitación, es una invitación especial para ti. Espero continuar así, persistente en esta acción. No solo porque me gusta escribir, sino también porque adoro compartir este momento contigo. 

Sé que nunca podrás leer este artículo, pero no te preocupes, yo te lo leeré hasta que logres comprenderla de la misma forma en que tú me haces comprender a mí las sensaciones que me aturden: sin compartir el mismo lenguaje, pero sí el mismo latido de corazón.