Durante mucho tiempo, la responsabilidad del cuidado y crianza de los primeros meses de un bebé ha sido asignada exclusivamente a la madre, como un deber “natural”. Bajo este modelo de hogar, se considera que la figura materna es la más capacitada para esta labor, y el padre es un simple proveedor. Por lo cual, no sorprende que los hombres crezcan con la idea de que no poseen las cualidades necesarias para llevar a cabo una crianza óptima o tan buena como la de la madre. Es lógico, entonces, que los niños sientan al nacer un apego directo a la madre, que difícilmente se puede encontrar con igual intensidad en la relación con el padre. En algunas culturas, inclusive, el rol del padre es nulo o ausente. De esta forma, la paternidad se construye como un acto solamente femenino y repudiado para lo masculino. En la sociedad peruana se puede encontrar un ejemplo claro de ello, que se ve reflejado en nuestro sistema legal. Pues, aunque ahora exista la “licencia por paternidad”, el periodo (10 días) es en absoluto equivalente al de maternidad. Siendo que aún existe este rechazo y mirada anormal hacia los padres que se encuentran a cargo de sus hijos un mayor tiempo que la madre.

Muchos se preguntaran: ¿Realmente es malo que la mujer sea la única a cargo del cuidado de los hijos? ¿Al hombre le afecta su poca participación o es simplemente una molestia irrelevante? Existen casos que evidencian un frecuente odio del hijo/a hacia el padre, debido a que su ausencia mientras él/ella crecía se entiende emocionalmente como un abandono, el cual se replica por imitación en las generaciones posteriores. Así pues los hijos varones justifican su poca participación en el ejemplo (trauma) recibido, mientras que las hijas se privan de conocer otras formas de masculinidad. Es decir, una masculinidad no agresiva ni limitante, ya que -como bien se conoce- en la crianza tradicional la libertad que se le otorga a la niña es menor [en su forma práctica, pues se debe tener en cuenta que el niño también se ve restringido, pero en su libertad emocional y expresiva]. Todo esto se ve traducido en una inclinación a adoptar el ejemplo y “saber” que ofrece la sociedad, en vez de buscar el consejo paterno. Esto termina de “cerrar el círculo”, y puede empujar al joven al descarrilamiento, si se contempla que la sociedad de la que se habla es represiva y poco equitativa en materia de género. Una sociedad que sigue orillando al hombre solo al espacio público y excluyéndolo del privado.

Sin embargo, la “naturalidad” de todo lo anterior -de esta forma de crianza- se puede poner en discusión si se contemplan las posibilidades alternas que nos ofrecen otras culturas:

“Leí en una revista que, según una encuesta, la mayoría de los niños acuden a sus madres cuando están enfadados, buscan consuelo o necesitan a alguien con quien hablar. Si no, acuden a parientes, hermanos o alguien del colegio y mucho después a sus padres. Yo quiero que mis hijos se sientan a salvo conmigo al igual que con su madre y es algo que he construido durante mi permiso paterno. No quiero ser solo el padre divertido, el que solo está para jugar y reír”. (Jonas Feldt, 2 hijas)

El martes 23 de octubre, Johan Bävman inauguró en la PUCP una exposición sobre su nuevo libro “Papás Suecos”. “Exposición” porque se trata de una muestra fotográfica, una recopilación de 45 instantáneas que narran la paternidad sueca en la actualidad. Este libro ha conmovido a la sociedad universitaria pues gracias a la cotidianidad y cercanía de su abordaje nos muestra una paternidad-masculinidad alternativa, que así despega del plano teórico y utópico para aterrizar en algo que es real, viable y deseable para Latinoamérica. Sorprende, por ser algo tan poco visto en nuestra cultura. Alegra, porque lo hace posible. Pero, también es un llamado atención, ya que si se tiene la esperanza de hacerlo realidad, se debe acabar de una vez por todas con aquellos estereotipos de género represivos.

Suecia ha establecido un sistema que otorga un “permiso parental”, que consiste en que -sin distinción de género y de forma transitable- los padres tengan 480 días de baja laboral remunerada para el cuidado del niño. Asimismo, se ofrecen incentivos para que la toma de estos días sea equitativa entre ambos padres, como un medio para alcanzar la igualdad de género en el país. De esta forma, se promueve cambiar la idea de una paternidad individual (sólo madre o padre), sino una colectiva. En sus fotos, Johan intenta dar a entender que es necesario la participación por igual del padre y la madre del hijo/a: “No es un problema de género sino uno global […] tampoco es para verlo como una competencia, sino para entenderse entre ellos como un equipo.

A la exposición asistieron Norma Fuller (profesora de Antropología de la PUCP), Patricia Ruiz Bravo (de la facultad de Ciencias Sociales de la PUCP) y la representante de la organización Save the Childrens, Rosa Vallejos. Quienes concuerdan con la idea de que el Perú aún se encuentra en proceso para la igualdad de género en la crianza parental, siendo la ley actual de 10 días insuficiente para establecer un vínculo como el de la madre con el niño/a. Además, sostienen que en la actualidad existe una reflexión crítica sobre la problemática por parte de los jóvenes del Siglo XXI, lo cual alegra y da esperanza de que en unas décadas se alcance finalmente esta igualdad de género en la paternidad.

(Göran Sevelin, 27 años: “El fular portabebé es un sustituto de la cercanía entre madre e hijo durante la lactancia. Mi hija se siente muy segura y duerme en él un par de horas al día y a veces también por la noche.“)

LA REALIDAD: 

Aunque el Estado sueco otorgue recompensa financiera por los días en que el padre toma la responsabilidad parental, el número de ellos que toma la licencia completa es escaso (14%). Al parecer, aún hay mucho por lograr. Johan deja en claro que este cambio sólo es posible si es que ambas personas valoran y reconocen lo necesario que es para el niño tener durante su desarrollo la presencia tanto del padre como la madre. Hay que contemplar también que este cambio contribuiría a reducir la llamada “brecha salarial” y la “doble carga”, permitiendo que la madre pueda desarrollarse personal y profesionalmente, sin recargarse además con toda la labor del hogar. Ante todo, es importante desterrar la imagen de un hombre incapaz para esta labor, y trabajar en la inseguridad/desconfianza que tienen muchas mujeres para dejar al hijo solo al cuidado del padre, pues este evitaría que se forme un vínculo saludable entre ambos. Es fundamental, entonces, reconocer este problema como algo global y no solo de género, siendo todos responsables de su causa pero así también de su mejora.

El hombre tiene el derecho tanto como la madre de ser un soporte y guía para su niño; y no una imagen desconocida y fría. Para llegar a un cambio ambos responsables deben pensar en un bienestar común y primordial para el niño.