La otra noche me senté en una hamaca lunar. Y desde ahí pude ver cómo funciona el engranaje humano. La vista desde la menguante era esclarecedora y hermosa. Me permitió conocer cómo las estrellas se cuelan en nuestro ser antes de que caigamos a tierra firme. Dios, en persona, me explicó que acá abajo nos fabrican. Luego subimos solo para adquirir corazones y estamparnos el alma. Casi como esa cuidadosa técnica de serigrafía de la psique debe sentirse ser padre.

El otro día me senté sobre un maestro de la cronología. Y desde ahí contemplé las cosas que habría que ver. Como con qué cariño encuentro tu ojo en cada una de las puertas entreabiertas. Tus pestañas en cada rincón de mis expectativas. Cuando me senté en tu párpado pude ver tus ojeras y mi culpa. En tus cejas y tu frente, una contracción muscular después de tantas molestias. Y los pliegues en toda tu piel delatan cuánto me has amado.

Habría que escuchar tu voz en mi conciencia. Y ver con qué amor tu oreja  siempre está al costado de mi boca. Habría que revisar los demonios que he atrapado entre tu martillo, yunque y estribo. Habría que sentir en tu olfato los aromas del primer pañal, de la leche, los caramelos, los primeros cuadernos, el primer perfume y de la humedad del aire todas las veces que te he dicho que te quiero. Habría que identificar cómo se manifiestan tus alelos en mí, en cada tropiezo y torpeza, en cada carcajada, al comer en la mesa y en la profundidad de tu mirada.

Tienes las manos inundadas de mis lágrimas. Tus pies arrastrando mis frascasos. Tus brazos cargando mis logros y ánimos. De la nuca te cuelgan, bien sujetas, unas dudas. Tienes la cara con lunares de mis risas y, por mi pelo, un cosquilleo en la vida. El secundero se manifiesta en tus padecimientos y yo me manifiesto contra el secundero.

Habría que ver a masas de herederos de genes quejumbrosos e insurgentes. Fugitivos de la estampa. Oculistas que no saben encontrar el alma en el iris. Habría que verlos para sentir pena porque no han sabido leer bien el pergamino con el mapa del tesoro. Aunque no parezca, aunque sea un laberinto, aunque las murallas sean altas y aunque la estampa no siempre se pone con firmeza decisiva, ahí está el tesoro.

Habría que regañar al que no sabe comprender a sus existencias prolongadas, sus fotografías replicadas, sus manías exacerbadas o sus capacidades perfeccionadas. Su último vestigio de memoria sobre la galaxia. Su sello para evitar el olvido. Su corazón palpitando exactamente al mismo ritmo en dos personas diferentes.