Fuentes no tan confiables comentan que el creador de la serie Black Mirror, Charlie Brooker, dijo que solo bastaba mirar afuera de nuestra ventana para ver la sexta temporada de su aclamada serie de Netflix. El formato de sus episodios no es de una narración continua, sino que todo episodio es un mundo e historia distintos, aunque, con una misma temática: sociedades distópicas en las cuales la tecnología ha distorsionado a niveles inconcebibles en nuestra realidad las concepciones del tiempo, la vida humana y de la realidad misma.

Pero, para empezar, ¿qué es la tecnología? Sin pensarlo mucho, podemos referir a esta como los mejores, más útiles y rápidos medios para alcanzar fines tanto personales como comunitarios. Tecnología se relaciona rápidamente con el progreso de la humanidad y una mejor vida. ¿Es esta una manera incorrecta de pensar la tecnología? No, pero tampoco es la única. Martin Heidegger, en ‘’La pregunta concerniente a la Tecnología’’ reflexiona sobre este tema y su significado para los seres humanos. En primer lugar, comienza examinando la etimología de la palabra: tecnología proviene de la raíz griega techné, la cual hacía referencia no solamente a instrumentos para los labores humanos, sino a la ‘’técnica’’ -que incluía incluso las artes- propia del ser humano para conocer el mundo. Por esto, no vale solo ver la tecnología como una palabra que envuelve a todas los distintos productos que el humano ha elaborado hasta ahora para facilitar algunas tareas. La tecnología, según Heidegger es un modo humano de ser-en-el-mundo (y cambiarlo). En los episodios de Black Mirror esto se hace evidente: no es solo que los aparatos tecnológicos posean un factor esencial en cómo configuramos nuestra vida cotidiana, sino el significado de la vida humana en sí mismo, de nosotros mismos y de todo -y todos- lo demás. 

Pensemos en cómo es nuestra vida en esta tan trágica situación: Si uno posee la suficiente suerte -es decir, privilegios- está viviendo virtualmente. Bajo un techo, con comida hecha en casa. Nuestro contacto humano presencial más cercano -si es que viven solos o encerrados en sus cuartos- son las cajeras de los supermercados o la voz de nuestros seres queridos alterada por nuestros celulares; tal vez, miradas integrantes  de extraños que nos revelan que son personas como nosotros  en las interminables colas de los servicios. En fin, nuestra vida ha pasado a un estado puramente contemplativo y mucho más rápido, pero no nos encontramos felices, ni realizados. Aquí se muestra en todo su significado lo que Heidegger quería decir: la tecnología no es un medio para alcanzar nuestros fines simplemente. Si lo fuera así, entonces ahora -un pequeño grupo en realidad- estaríamos más realizados que nunca, pero no. Extrañamos las experiencias, extrañamos nuestro cuerpo en otro lugares. No vivimos de los ojos y oídos solamente. Y con esto, también lo que llamamos tan fácilmente verdad también se ha distorsionado. Uno se encuentra dentro de la mediocre comodidad clasemediera y ahora más que nunca no puede salir de ella. Así, la política se ha tornado un juego aún más de ver a quién aplaudir y a quién no: sin poder manifestarnos colectivamente de forma masiva, sin causar disturbios en las calles, las cúpulas políticas del mundo probablemente estén más tranquilas que antes.

Pero esto, los espectadores de los episodios de Black Mirror ya lo hemos visto los episodios de esta serie, y ahora no hay modo de darse cuenta que hemos vivido en uno de esos episodios autoconclusivos durante mucho tiempo. En Quince Millones de Méritos, vemos cómo una serie de participantes se ven inmersos en un show de talentos en el cual luchan por el gran premio: su libertad. Viven en una cárcel sumamente sofisticada, pero una cárcel. No tienen vida propia, viven exclusivamente para los espectadores, quienes les otorgaran su libertad -y su privacidad- si creen que son merecedores de ella. Así, el episodio concluye con el protagonista principal formando un lazo con otra participante, a la cual ve fracasar en el sueño con el cual la apoyó y decide atentar contra su vida en el escenario. Sorprendentemente, eso cautiva a la audiencia mucho más que los otros actos y termina repitiendo el estar al borde del abismo todos los día como el gran espectáculo. En estos tiempos, se ha explicitado cómo nuestra vida se ha vuelto un espectáculo a través de nuestras redes sociales. Los personajes de internet, los influencers y artistas se ven casi en una obligación moral de interactuar con las personas en estos tiempos, ya sea para que nosotros sintamos su compañía o viceversa. Necesitamos consumir otra vida para vivir la nuestra. Pero no solo queremos ver a personas siendo idealmente funcionales en estos tiempos, también consumimos el dolor, la desgracia de otras personas. Sabemos que nada podemos hacer para que la estructura social que condiciona a la mayoría del país a una vida miserable acabe mañana, y menos ahora que no se puede ni protestar públicamente al respecto. Esperamos que acabe, pero mientras tanto vemos sufrir a los demás y sentir aún más real nuestra comodidad. Sentir lástima, cólera, repulsión e impotencia ya no solo son sentimientos producidos por algo que sucede, sino que son en sí mismos algo que buscamos y que, de cierto modo, nos recuerda cómo nosotros no somos tan miserables. Si bien uno no puede ser por motivos éticos ser ajeno al sufrimiento ajeno y, menos, al colectivo, cierto es que no por contemplar las injusticias hacia los demás vayamos a reforzar nuestra moralidad. Tal vez, entonces, se esconde detrás de nuestra moral consciente, un deseo por saber que nosotros no estamos así, pero que el dolor y la miseria siguen existiendo allá, fuera, lejos, de nosotros. Guy Debord, un filósofo francés, presenta el concepto de sociedad del espectáculo. Esto quiere dar a entender cómo la relación del ser humano con las mercancías, una relación fundamentalmente instrumental y orientada al consumo de un individuo, ha envuelto incluso nuestras relaciones más personales. Así, somos sujetos pasivos en nuestro modo de existir, nuestra vida se reduce a contemplar otras, incluso la nuestra al vernos a través de otra perspectiva en lo virtual. De cierto modo, la libertad que te da internet para construir la identidad de uno seleccionando voluntariamente lo que los otros -y uno mismo- pueden ver, se debe al deseo de aceptación y reconocimiento de los demás y así poder responder a la pregunta de quiénes somos. Además, las tragedias que ocurren afuera también, nos hacen sentir emociones que nos recuerdan lo miserable que es el mundo y el mucho daño que está ocasionando a los humanos, aunque a nosotros nos haya tocado verlo desde nuestras pantallas y no vivirlo a tales niveles.

La única validación que tenemos ahora son las interacciones virtuales. De cierto modo, para ser nosotros necesitamos que los demás nos vean ahí, en sus pantallas, que noten nuestra existencia para nosotros valorarla y sentirla. El episodio Caída En Picada de la temporada 3 de Black Mirror distorsiona este aspecto de la vida humana contemporánea a tal punto que todos los aspectos de la sociedad se encuentran determinados por las calificaciones que las personas reciben en una red sociales, de modo que, quien posea la mayor cantidad de reacciones positivas, posee un mayor status social. En la realidad esto se da sin que nos demos cuenta: uno se ve en la necesidad -o en la curiosidad- de ser visto -y ver-  por personas en el mundo de internet y así, recordar que nos encontramos vivos ahora. Estamos más atentos a la manera de ser de las personas en internet que antes, porque es la única manera de recordar quiénes somos y para quiénes somos. Esto es  lo que tenía en la mente Jean Paul Sartre al escribir su obra No Exit. Se centra en tres personajes: Estelle Rigault, Joseph Garcin, Inéz Serrano. Ellos tres son condenados al infierno. Para bien o para mal, este lugar no es como lo describe de Dante Alighieri en su Divina comedia, sino que es una sala sin espejos. Así, la única percepción que cada uno de los tres condenados puede tener de sí mismos es a través del otro. Y despliegan toda su vida así, desde amor, hasta odio, desde rencor hasta manipulación. El clímax de la historia ocurre cuando se le abre la puerta a Joseph para salir del infierno, pero no lo hace. Se ha vuelto dependiente de quién es para Estelle y, sobretodo, Inés. La obra termina con la famosa frase ‘’El infierno son los otros’’, faltando agregar, tal vez, que el infierno no puede ser tan malo a comparación de nada, de no ser nadie. Internet ya no es solo un medio para contactarnos, ha pasado a ser una realidad por sí misma -y, a veces, un infierno del cual nada se puede borrar-.

Y así, cada episodio de Black Mirror nos demuestra que los escenarios más distópicos que provocan que veamos bizarramente al progreso de la humanidad con la tecnología no se encuentran tan alejados de la realidad. La ficción enfermiza que nos presenta esta serie está entremezclada con la realidad a tal punto que, en tiempos como estos, es muy fácil de abstraerse de lo que ocurre, y sentir -también desear- que todo sea una enferma fantasía, una pesadilla de la cual todos despertaremos y podamos recuperar el tiempo vacío.

Pero, antes de cerrar, es necesario resaltar que la cultura en la cual las consecuencias de todo esto son más extremas se encuentra en Estados Unidos probablemente. El American dream no tiene límites, ni siqueira en pandemia: los centros comerciales ya se encuentran funcionando, la cuarentena ha sido denominada voluntaria y los estadounidenses ahora más que nunca aman su bizarra libertad que los lleva hasta el punto de aplaudir su propio genocidio. Protestas para abrir gimnasios o peluquerías, amontonamientos en playas, afirmar que salir a la calle sin máscaras es muestra de su libertad. Lo peor es que no hay manera de hacerlos verse con los ojos de otros. Esta sociedad muestra en su punto máximo cómo la racionalidad no es una facultad de la cual podamos confiar siempre, que la razón a la cual le venimos atribuyendo nuestros más grandes logros como especie nos ha traicionado desde el comienzo. Aquí vemos en su punto máximo a la  sociedad el espectáculo. La libertad que ellos tanto aprecian solo la viven en su mente cerrada por todo lado de la cual, sin duda, será la más difícil tarea de la humanidad salir. Para entender mejor esto, se puede recoger de los libros el concepto de Michel Foucault de biopolítica. En la recopilación de clases titulada Nacimiento de la biopolítica, el autor nos introduce al neoliberalismo, y cómo este se ha separado de su antecesor al dejar de configurar explícitamente las reglas del libre mercado, para configurar una sociedad funcional a él. Así, el neoliberalismo es una bio-política en tanto configura la vida de cada uno de los individuos -su manera de ser y pensar el mundo- en favor de un correcto desarrollo del libre mercado. Estados Unidos, según el autor, es de cierto modo el origen más profundo de esto, ya que aquí el neoliberalismo no fue impuesto, sino que nació de la misma cultura y espíritu de su comunidad. Por eso, los estadounidenses celebran hoy una  libertad que, en momentos como este, los condena aún más a una ola de muertes, desempleo y miseria humana en defensa y servicio de su gran-economía. Como diría George Orwell una vez en 1984: ‘’La guerra es paz, la esclavitud es la libertad y la fuerza es la ignorancia’’ y ‘’Hasta que ellos sean conscientes no se van a rebelar, y no van a ser conscientes hasta que se rebelen.’’