La palabra ‘infancia’ viene del latín ‘infans’ que significa ‘el que no habla’, basado en el verbo ‘for’ (hablar, decir).

En los últimos días he estado pensando mucho en la educación que reciben los niños y niñas de hoy en día. En especial, sobre la enseñanza literaria que se les imparte -o mejor dicho, impone- en las nuevas aulas: los hogares. Sucede que, al menos en el caso peruano, sumergidos en la coyuntura actual, plagada de crisis y fatalismo, es evidente que se han descuidado las costumbres literarias. Es decir, la estimulación de la lectura infantil, ya sea por parte de los padres o profesores, está paralizada. Inmersos en estas circunstancias, la situación actual no se posiciona como un factor favorable. Evidentemente, esto acarrea un gran peligro al que se le resta importancia.

Sé un niño bueno y vete a leer”, “el que lee, sabe; así que tú te callas”, “lee, no duele, te lo aseguro”, “mira como lee tu amiguito, él es obediente”, “lee, para que luego no seas un ignorante como ese”

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Las frases que se pueden leer arriba no las he inventado yo. He sido testigo de cómo las personas mayores inculcaban a niños, de forma muy agresiva, la orden de leer. Pareciera ser, entonces, que el hábito de leer es más cercano a un castigo, que a una experiencia agradable. Se articula, entonces, un discurso de la lectura como agente de cambio, de “culturización” -palabra mal empleada, por cierto-.

En este sentido, es a nivel intrafamiliar donde más se presenta este panorama. Los padres no leen, pero inculcan en sus hijos la lectura como un deber que la escuela exige. Entonces, la relación entre la lectura -obligación y lectura- y el goce, se hace, por tanto, inexistente para los niños.

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Para los padres, cuando los niños están en formación inicial, inculcar la lectura infantil supone detenerse frente al niño a captar su atención; pero “no… para eso está Disney TV, ahí les cuentan cuentos y todo“. Cuando los niños llegan a la primaria y se enfrentan al plan lector, pareciera ser una pesadilla doble: libros que son un gasto considerable al bolsillo de los padres y alumnos que no toleran la idea saber lo que “les va a hacer leer la miss de comunicación“. Luego, la situación se torna insostenible, desde la experiencia escolar, los alumnos conciben la lectura como un mal necesario.

De ahí que, el trabajo de inculcar la lectura se convierta en un compromiso exclusivo de los maestros. En tanto la familia rompe con la responsabilidad y desconoce que la lectura infantil contribuye al desarrollo social, emocional y cognitivo del niño.

“Para qué lees, mejor ven y ayúdame”, “te encierras con esos libros y no compartes con tu familia”, “lees y ya te crees todo tú, todavía eres muy pequeño”

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La “cultura del libro” y la “onda académica” han creado trampas retóricas que criminalizan tanto el desinterés por la lectura, como a las mismas personas que mantienen este patrón. Hoy en día, nos enfrentamos a las nuevas aulas, si bien antes el colegio o la universidad era “el segundo hogar”, ahora es el mismo. En medio de una pandemia, la lectura deja de ser una prioridad -de hecho, nunca lo fue-, pero en mayor medida, las nuevas aulas se transforman en un desafío.

No es debido generalizar; sin embargo, es la realidad de la mayoría del país. Después de todo, no en vano se presentan las cifras del año pasado: en promedio, en el Perú se lee menos de un libro al año; el número de lectores  peruanos a penas creció en 6% de 2017 a 2019; situaciones que acaso se reflejan en la última prueba PISA de 2018, que nos posicionó en el puesto 64 de 77.

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Existen iniciativas que se pueden aplaudir. La reapertura de bibliotecas, el préstamo de libros en las estaciones del Metropolitano, e-books y clubes de lectura impulsados por la Biblioteca Nacional (BNP). Como decía, son ahora las nuevas aulas donde los proyectos deben continuar. Hoy más que antes, para que la lectura continúe se necesita que el niño lea lo que le resulte agradable, que encuentre un libro favorito, que deje de ver a la lectura como una tarea para la próxima prueba.

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