Espero que no se me acuse por el hecho de no hablar, centralmente, sobre los huaycos y cambios climáticos en el Perú en esta entrada. Me solidarizo por la situación al cien porciento con todos los que están sufriendo. Apoyo tanto a todos los grupos que se están encargando de la recolección de víveres como a los medios nacionales e internacionales que le están señalando al ojo público qué es lo que pasa. Hoy Perú es más que nunca un conjunto de noticias internacionales. Siento que escribiendo, sin embargo, sobre esto, mi aporte será insuficiente. Por lo que trataré de ayudar de otras maneras dada la inmediatez de la cuestión.

De lo que quería hablar hoy, hay mucha información y reciente relevancia también. Hace algunos días, se han celebrado las elecciones en los Países Bajos y, para dar la contra a las encuestas previas y cualquier tipo de predicción de un ganador fijo, el populismo no obtuvo los resultados esperados. No logró las victorias presidenciales ni en una mayoría en escaños. Este es un fenómeno actual. Tan actual es como el famoso concepto de posverdad del cual ya se ha hablado o del otro famoso término compuesto de dos palabras llamado fake news (“noticias falsas”). Las victorias como la separación del Reino Unido de la Unión Europea o como la de Trump en Estados Unidos, aparte de la aparición de candidatos populistas a las presidencias de varios países que han sido paradigmas de democracia o al menos de funcionamiento político estable por los últimos años, parecían darle el mismo destino a todos los países: gobiernos populistas de extrema derecha. Las encuestas en los Países Bajos que mostraban un número alto de votantes por el candidato populista, anti-Unión Europea y nacionalista, Geert Wilders, sorprendieron al mundo, pues uno de los países de mayor caracterización liberal en el mundo iba a tener a un presidente que estaba en contra de algunos de los ideales que constituyen el liberalismo. El efecto de posverdad esta vez no se cumplió. El respiro de alivio en los defensores del anti-populismo se sintió. Que no pase con al menos con un país indica, usando el método lógico, que no es necesario que siempre ganen los gobiernos populistas. Es una tendencia, pero solo eso. No obstante, las encuestas sí se ligaban a todo lo que no pasó, al menos, hasta hace dos meses. ¿Por qué las encuestas, hasta hace dos meses, no reflejaron correctamente la realidad próxima? Esta breve entrada intentará dar respuesta.

Para fines de la entrada, debo anunciar, primero, que hay una película alemana llamada “Free Rainer: tu televisor te miente”, en la que un grupo de personas cambiaba los datos del rating que se publicaban para que la gente pensara que lo que más alto salía en la lista era lo que más se veía. Este hecho causaba que la gente comenzara a ver los programas que salían al comienzo de la lista. Las masas y el uno están muy ligados en esta película. Como podrá uno darse cuenta rápidamente, esto puede relacionarse con las encuestas políticas.

Las encuestas, con su margen de error, sus limitaciones y fórmulas variadas que facilitan la precisión que, en esta publicación, no mencionaré, son reflejo de la voluntad de la gente. Si un gran grupo de gente encuestada votará por el presidente A, entonces saldrá primero y su legitimidad subirá. No solo eso, sino también se hablará de él más en los medios y, así, las posibilidades de que sea presidente pueden subir una barbaridad. Las encuestas, entonces, ayudan y apoyan muchas veces a los candidatos que se sitúan en los primeros lugares. Y, así, además, quienes se sitúan en los últimos lugares pierden, con más rapidez, la opción de subir o de ganar. La cuestión que aquí se presenta es la siguiente: la polémica que existe cuando hay disputados dos candidatos en los primeros lugares. Uno puede despegar y repuntarse. El otro puede caerse y desaparecer. Recordemos la derrota de Keiko Fujimori durante las elecciones del 2016 en el momento en que estaba muy adelante en las encuestas. El tema aquí se repite en los Países Bajos. Hasta hace unos dos meses, el candidato populista Geert Wilders y su partido eran los temidos primeros puestos por algunas encuestadoras europeas. La Unión Europea estaba corroída por el temor de otro gobierno populista más; esta vez, dentro de uno de los países más liberales. Aparentemente, el carácter reafirmador de las encuestas que hemos visto no sirvió necesariamente aquí. Es más, luego de un tiempo, las encuestas indicaban un segundo o tercer lugar para Geert Wilders y su partido. Incluso hubo el mismo día en las elecciones un caso de fake news. Una encuestadora había afirmado que había ganado este último. Al día siguiente, la victoria del actual primer ministro Mike Rutte sería conocida. Fake news, posverdad no funcional, encuestas erróneas: este es el dinamismo de nuestra actualidad.

Sin embargo, la derrota de Geert Wilders tiene dos grandes implicancias. Lo primero que implica es aquello otro que pueden causar las encuestas en la gente. Eso otro que ocasionan las encuestas es muy propio de la naturaleza del hombre: el miedo. Muchos votantes de Países Bajos tenían cierto o bastante miedo a la victoria del populismo. El miedo, que según Thomas Hobbes (visto aquí como importante teórico político más que como filósofo) nos mantenía en paz en tanto prolongaba una situación de conservación de la vida y de la inevitable convivencia en una sociedad, guió a muchas personas a conservar la situación de los Países Bajos de hoy. Lo primero que nos demostró esta encuesta es, entonces, que el miedo del cambio –cuando las cosas están bien y tienden a ir mejor– le dio pie al continuismo. Es continuismo cambiado, de hecho. El parlamento tendrá mayores divisiones y, con esto, viene la segunda implicancia. El partido de Geert Wilders ha conseguido el segundo lugar en la cantidad de escaños obtenidos cuando, en elecciones pasadas, había obtenido el tercer lugar. Tanto hay tendencia de cambio como la hay de continuismo. Estas elecciones han sido un espejo de que Europa quiere, con sincera voluntad, una transformación, nuevas opciones, sobre todo por las crisis de todo tipo. Lo peligroso es que esas nuevas opciones hallan formas, muchas veces, que no son sinónimos de solucionar nada. Son sinónimos, sí, de darle a lo inmediato un alivio. Ese miedo que le da a la gente un panorama amplio para que vote por eso que en realidad desea también es ese miedo que materializa sentimientos más nacionalistas, populistas o extremo-derechistas en varias ocasiones.

Entonces nos podemos quedar en esta entrada con que esta victoria que la verdad sigue estando al final (incluso después de la posverdad), pero nos demuestra también que los cambios son de indefectible existencia aun cuando el continuismo sea la opción más sensata o más acorde a la voluntad del país. Posiblemente, al contrario de lo que dice la película citada, “el televisor [no nos] miente”, sino que nosotros mismos nos mentimos. Sabremos en algún momento, no obstante, que la verdad es inevitable.