I

De una habitación, salen tres jóvenes que han bebido. Quieren aroma de ciudad. Si adentro de casa era todo ritmo, afuera se volvió todo discusión.  Uno de ellos, una uva, en desarreglado acto, se detiene a la mitad del puente por el que pasan peatones y carros de amenazante velocidad y vocifera sosteniendo un libro al viento:

¡La religión es el opio del pueblo!

Sus dos compañeros atónitos vieron recorrer en el aire un libro de tapa verde y hojas cremas. El paso de los autos impidió oír el aterrizaje. El autor era un tal Gustavo Gutiérrez, el libro se llamaba Teología de Liberación. Perspectivas.

 

II

Hace dos semanas estuve en Huancayo. Acompañaba a un amigo que se está mandando como congresista para Junín; va con Gregorio Santos. Me quedé en su casa, un departamentito pequeño pero acogedor de la ciudad de Huancayo. Su madre, una luchadora docente de colegio, también fue. Ella llegó con todas las ganas y deseos que tiene una madre: velar por su hijo, recibir los aires que tanto bien le hacen a su salud, enterarse de las dinámicas políticas del lugar y… leer. La señora es lectora empedernida: a horas de viajar, estando en el Centro, por Malambito, la cuadra de libreros cercana a 2 de Mayo, adquirió un libro solvente de viajeros a solo un sol. El autor, Julio Verne, llegó con ella al departamento. Vi el volumen y me gustó, tanto la tapa como sus hojas. Era grande.

–Qué bonito libro, seño– le dije.

El día que vi el libro fue el jueves. Para el lunes ya lo había terminado la señora lectora, quien dijo que quien coge ese libro no lo suelta. Fue esa elección que me dejó servido otro libro ubicado en un estante, libro que me puso como perro de Pavlov. Lo vi y mis ojos adquirieron un cristiano brillo: era el libro de tapa verde y hojas cremas que en algún momento, un demonio lanzó desde un puente al suelo. Lo vi, lo ojeé como se debía. Un orgasmo intelectual: Gramsci, Trostky, Marcuse, Marx, Schumpeter, Fanon, Mariátegui, Lukacs, Hegel. Desarrollo, estructura, clases sociales, pobreza, espíritu, psicoanálisis, capitalismo, revolución.

¿Qué piensan del que cita mucho?”, preguntó con ironía, envuelta en seriedad, mi amigo el payasito Kiki Saurio, que estaba sentado a mi costado. A espaldas de él, un cielo celeste, nubes con formas de osos pardos.

–No, no –dije–, si digo eso es porque me parece alucinante que en un libro de religión existan este tipo de autores.

Y es eso lo que me atrae de la Teología de la Liberación: su interés por el estudio de la estructura social de manos de teoría tan diversa como la marxista o el psicoanálisis, y el empleo de estas armas teóricas para su fin de liberación material y sobre todo espiritual en peleadora clave cristiana.

Amablemente, la señora me prestó el libro con la promesa de que lo devuelva bien leído. Estando en el carro ya de regreso a Lima, sin embargo, no me pasó lo que le pasó a Francisco Miró Quesada, quien se leyó de un tirón el libro mientras viajaba por el interior del país. Yo me quedé vencido por el sueño, y por el dolor de barriga que me ocasionó la mezcla fatal de pan con chicharrón y una cerveza estupendamente helada.

 

III

Llegado a Lima, me entero de que el jueves 31 el padre Gustavo Gutiérrez, el peruano autor del libro, estaría dando una charla de apertura del año académico en la facultad de Derecho. Había que entrar a la facultad en la que se maneja el poder y a la que a muchos estudiantes se les obliga asistir por deberes familiares. Eran las 12 y ya el auditorio estaba relativamente lleno. La mayoría estaba vestida acorde a la facultad: vestidos que a las mujeres las hacían parecer damitas modernas, y hombres con ternos tan impecables que parecían seres de cartón cuando se movían. Yo los miraba y veía mi short. Mis piernas con algunas cicatrices y el fresco que les da a los vellos de mis pantorrillas.

Va a empezar todo. Me viene el temor cuando veo a una enfermera que conduce a un señor que está en silla de ruedas, pero me vuelve la calma: no es Gutiérrez, es un señor que pese a sus años, ha venido a escuchar la ceremonia. Unos minutos después hace su entrada un señor algo encorvado, que camina lento apoyado en un bastón. Es Gutiérrez. Se sienta al extremo de la mesa, alejado de la puerta de donde ha ingresado. El decano de Derecho, el señor Villavicencio, empieza a hablar.

Del señor Villavicencio, prefiero cuando escribe. Recordaré el valiente artículo que compuso en contra de la Ley Pulpín, pero no voy a recordar esta charla en la que no se le nota ningún ángel para con el público, así cite a Ribeyro en su discurso. El ángel está al otro lado, al otro lado de la mesa.

En tanto, dos señoritas de lindos vestidos se toman su selfie a mi costado, Gutiérrez empieza a hablar. “Se parece al maestro Yoda”, me comentó mi madre días después de este encuentro; en tamaño y voz sí que guardan cierto parecido. También en sapiencia. Si Galeano rememora que nunca tomará en serio a nadie que no se tome en serio a sí mismo, a Gutiérrez hay que confiarle todo. El señor hacer reír al público con mucha naturalidad.

 

IV

Es hora de hablar de política y Gutiérrez cita a Norberto Bobbio, el intelectual italiano de los sistemas políticos. “ ‘Qué, por qué, quién y dónde se toman las decisiones’ es algo que deberían saber los ciudadanos”, nos dice el padre. Habla también de la desigualdad y las trabas con las que afrenta al país, aquellas que hasta ahora hacen imposible que en esta nación nos sintamos como los que nacen de un solo lugar. Es un país en el que se duda si se respeta la dignidad, la diversidad, los más elementales derechos.

¿No será un mendigo tonto?”, pregunta al traer a colación la frase “atribuida” a Antonio Raimondi. Gutiérrez va hacia las raíces, hacia las ideas que han venido trayendo los intelectuales sobre esta patria. “Perú, país adolescente”, “Perú oficial-Perú profundo”, “el Perú como síntesis viviente”; también comenta sobre este concepto harto curioso para él: la peruanidad.

–¿Uds. han oído hablar de la colombianidad? Hasta tenemos una radio que tiene una frase con el término…

El sacerdote prosigue: “La unidad peruana está por hacerse”, “el Perú, problema y posibilidad”, “país de todas las sangres”, idea arguediana que inclusive ha sido adaptada por Francisco para el contexto latinoamericano. Según nos cuenta, “América, región de todas las sangres” trata, entonces, de ver cómo el país sigue siendo una promesa.

Pero el país sigue en sus brechas, y el mundo también. “900 millones de personas sufren hambre en el mundo, de acuerdo a la FAO”, golpea este sacerdote viajero que ha caminado mucho. Luego arremete con serenidad aunque su homilía tenga flama: “Y eso en un mundo que se considera… post socialista, post capitalista, post industrial. A la gente le encanta poner ‘post’. Cómo me gustaría vivir en un mundo que tenga post-pobreza”.

Empieza a hablar de la Conferencia Episcopal de Medellín, la del 68, esa que trajo de Europa las ideas transformadoras del Concilio Vaticano y “las acriolló” (Padre Garatea dixit). En esa conferencia, se declaró a la pobreza como otra cara más de la violencia estructural, que es la peor. Hay tipos de violencias, la directa, la física, pero la estructural está en todas partes y lanza a los desgraciados a un irremediable torbellino de caídas. Más adelante, hablará de la violencia cultural, aquella que confirma y legitima la situación de opresión; también hablará de la contribución fatalista de la religión a todo esto; esa que dice: “No, no se puede cambiar nada en este mundo…”.

Habla también de Keynes, el economista británico que apuesta por el gasto público en  tiempos de crisis económica. Recuerda una conferencia (Posibilidades económicas de nuestros nietos) que dictó  hace casi 100 años en España. En ella el economista fustiga al ansía por la acumulación de cosas; señala que cuando venzamos eso podremos abandonar principios pseudoimportantes.

–El amor al dinero como posesión será reconocido como lo que realmente es: algo morboso y desagradable –menciona Gutiérrez.

Pero cuidado, todavía no estamos en ese momento –recuerda el Keynes de hace casi un centenario–. Todavía es tiempo de que el mercado sea nuestro dios, donde la avaricia siga siendo ley y lo razonable y justo, no. El tiempo deberá avanzar, se asegurará la subsistencia vital y nos transformaremos: “Porque hemos sido entrenados demasiado tiempo para luchar y no para disfrutar”. Pero de ello son casi 100 años, y aún nada.

 

V

A pesar de todo, el cristianismo de Gutiérrez le hace optar por la misericordia, palabra que siendo desmenuzada nos da cordia, de cordial, de corazón que puede ser, claro, una palmada en la espalda, pero va más allá, va al compromiso, uno que sea directo e inmediato. Pide, por ello, justicia y misericordia, que no son elementos contrastantes, sino dos elementos de una única realidad, una en la que lo legal no siempre impere, pues, ¿dónde cabrían las personas que no tienen derecho a tener derechos, como denominó Hannah Arendt a los pobres? Hace falta otra justicia.

Intentando dar cuenta de esta justicia divina, Gutiérrez relata la parábola de Mateo 20, los obreros de la viña:

Un hombre necesita trabajadores para sus viñas. En busca de ellos, encuentra a quienes están desocupados. Les dice que trabajen para él, les pagará un denario. Aceptan. A la hora sexta, a la hora novena, el señor vuelve a salir y con otros hombres, conviene el trato: “Vengan, pagaré lo justo”. A la hora undécima, sale de nuevo.

–¿Qué hacen aquí?

–Nadie nos ha llamado, señor.

–Vengan a trabajar. Les pagaré lo justo.

Al caer la noche, el señor envía a su mayordomo, indicándole que pague pero empezando por el final. Los que llegaron al último recibieron un denario. Al ver eso, los primeros trabajadores pensaron: “Si ellos, que han trabajado poco, reciben un denario, nosotros recibiremos más”. Pero ellos, al recibir la paga, recibieron como los otros un denario. Protestaron.

El señor les escuchó, y le dijo a uno: “Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?”.

Desafío o locura, esta es otra justicia que solamente pocos entenderían, que solamente algunos pocos realizarían.

 

VI

Cerca de una hora, Gutiérrez va a finalizar. Dará un mensaje a los jóvenes. Se corrige una vez que ve que frente a él hay personas de cabellos blancos: “Bueno, a los que se creen jóvenes”.

Uds. jóvenes, son la esperanza del país, pueden hacer algo. Y es verdad… Pero a mi generación también le dijeron eso… Poco a poco, parte de mi generación fue abandonando los ideales de los veinte años. Así que sí, ustedes son la esperanza del país pero según lo que hagan con sus vidas. Gracias.

 

06-04-16