No queda duda que el cine, como herramienta recopilatoria y producto que permanece en el tiempo, está intrínsecamente ligado a la memoria. Filmamos los momentos más importantes de nuestra vida. Usamos la cámara como tercero objetivo frente a eventos familiares, despedidas, transiciones. Uno podría pensar que, una vez que algo queda inmortalizado en la pantalla, ello queda fijado de cierta forma —cierto ángulo, cierto plano— lo que impone la forma en que lo recordaremos. No siempre parece ser el caso. Así como un recuerdo se moldea ante una nueva subjetividad —una revelación, una decepción o una pérdida— lo que se filma puede cobrar diversos significados, contrapuestos y hasta contradictorios entre sí, una vez que lo vemos de forma crisálida, novedosa. Por supuesto, es un proceso que puede pasar insospechado, casi implícito. Es cuestión de volver a ponerle play.

En el caso de Limiar, pequeña gran película de Corací Ruiz, el cine sirve para confrontar pasado y presente, para reencontrarse con una identidad silenciada y lejana, y, a su vez, para confrontar una nueva identidad aún en construcción. La directora filma su vida tal y como fue: con imágenes de archivo, pasajes de videocasete y una memoria bastante vívida. Se ve a ella misma como una activista de izquierdas, una mujer apasionada por la nueva ola feminista y la llegada de un gobierno progresista a Brasil. No podemos evitar hacer la comparación con The Edge of Democracy (2019), de Petra Costa, film que también lidiaba con la tensión política brasileña contrapuesta con la historia de una familia. En este caso, Ruiz no se preocupa tanto por el exterior como sí por lo que sucede en su hogar. Noah, adolescente, ha decidió transicionar en su género. Nacido niña, se identifica como persona no binaria, en lo que implica un proceso de autodescubrimiento. Ruiz filma cada una de las etapas esta transición, retrocediendo al pasado cuando se debe, también indagando sobre el posible futuro de su familia.

¿Es legítimo que Ruiz se apropie de una historia que no es suya, que haga a Noah su protagonista? ¿Acaso el cine no se volvería una herramienta impositiva, forzando al personaje principal a ceder su intimidad ante la cámara? No nos convence. A fin de cuentas, y como Ruiz mismo lo demuestra, esta historia es compartida: es una historia sin las jerarquías realizador–protagonista; una historia que, lejos de cuestionar con presión, escucha y dialoga con los implicados en ella. Ruiz se reconoce como protagonista: se muestra vulnerable frente a la cámara y detrás de ella. Reconoce, a través del voice over, que lidiar con la transición de Noah no es cosa sencilla. Al verse vulnerable, se aleja de una posición de poder y desconfianza. Además, a diferencia de otros filmes de no ficción, cuando toca filmar a Noah, lo hace sin tapujos ni exigencias. Hace las preguntas correctas, eso sí, pero deja que Noah responda a su ritmo, sin intromisión alguna: no hay música, no hay juegos de cámara ni cortes abruptos. Noah es quien es frente a la pantalla, sin limitaciones. A veces se tarda en contestar, a veces responde de forma escueta, a veces parece contradecirse, lo cual es normal en circunstancias así. El film, por suerte, se toma el tiempo necesario.

¿Por qué nos atrae la historia? Quizás sea lo inusual de su premisa: una madre que, lejos de buscar una infinidad de razones para justificar la transexualidad de su hijo, prefiere discutirlo abiertamente con él. Quizás sorprenda el enfoque: una historia bastante sutil, que no depende demasiado de la narración y que no necesita incluir personajes en demasía, casi como un home made movie que se ha realizado para exclusivamente para la familia y a la que nosotros hemos decidido invadir. Tal nivel de intimidad nos impresiona y hace que la experiencia resulte genuina.

Definitivamente, uno de los principales atractivos tiene que ver la elección del protagonista. Las películas que tratan lo queer desde la infancia se han limitado a muy pocas ópticas, historias filmadas en países industrializados y con mayor apoyo a la comunidad —pensemos, si no, en filmes como Tomboy (2011) ambientada en Francia y Girl (2018) en Bélgica— y que naturalmente excluyen la mirada más interseccional de lo que implica ser trans, sobre todo en espacios que aún son de batalla. Ruiz nos advierte, igual que lo hacía Petra Costa, de la activa conformación entre los sectores ultraconservadores brasileños y los movimientos progresistas, cada uno en enfrentándose al otro en las calles. ¿Es ese el contexto propicio para ser trans? Ruiz se debate entre darle mayor libertad a Noah, lo que implica procedimientos nuevos sobre su cuerpo, y asumir una posición más restrictiva, más propia de una maternidad tradicional, para evitar que Noah tome una decisión de la que pueda arrepentirse.

Primero que nada, Ruiz reconoce que Noah, a pesar de todo, todavía no tiene claro su futuro. La búsqueda de una identidad propia y un género individual —en oposición al género impuesto— parece persuadirnos de su complejidad y, por tanto, de lo difícil que es terminarla de forma satisfactoria. Noah no pasa por un proceso lineal: se identifica como masculino, luego no binario y luego decide asumir su transexualidad masculina a través de un procedimiento médico. No es una transición sencilla. En el rostro de Noah se captan distintas emociones: la felicidad casi ingenua al anunciar su transición, las mordidas de labio que evocan la confusión frente a los cambios que se avecinan, la mirada gacha frente a la gelidez e impersonalidad de la cámara. Mientras más tomas existan, más fácil es para nosotros componer el puzle que implica su identidad y sus emociones.

La alegoría en el film proviene del arte. Noah construye un mundo paralelo a través del dibujo y la pintura, como indagando en la ficción de distintos cuerpos: cuaquiera de ellos bien podría ser el suyo. Ruiz filma en primer plano las obras de Noah, como un mecanismo de escape a una realidad que todavía no se siente genuina, una que, al parecer, aún no termina de ser producida, igual que un dibujo sin terminar ni pintar.

Al final, Ruiz hace las interrogantes necesarias, pone el dedo en la llaga cuando debe hacerlo, pero nunca abandona su mirada empática y curativa. Ella y Noah parecen llegar a un acuerdo: Noah se someterá al procedimiento y, en el epílogo, parece responder bastante bien al mismo. Al igual que cada escena del film, sentimos que este clímax ha llegado en el momento preciso. Parece que Noah necesitaba de idas y venidas, de la guía tácita pero relevante de su madre, para poder aceptar quien es. No podemos sino conmovernos ante su destino. Dado el análisis social que ha delineado Ruiz a lo largo del film, sabemos que su transición y aceptación de una nueva identidad no serán procesos sencillos, no en Brasil. Por supuesto, este film debe terminar aquí, cuando Noah comienza una nueva odisea mucho más propia, mucho más individual y que, a diferencia de la anterior, no tiene a Ruiz como coprotagonista. En ese caso, al ser un viaje solitario, no debe ser filmado. Es el viaje de Noah y debe permanecer así.

Aún así, creemos que el film ha sido suficiente. Solo queda agradecerles a ambos por una experiencia inspiradora y elaborada con afecto y valentía: agradecemos a Noah por dejarnos ser parte de sus memorias, su pasado y su presente; agradecemos a Ruiz por filmar los recuerdos de forma solemne, muy personal, pero también muy universal, si eso tiene sentido. Es el tipo de misterios que elabora el cine.

Limiar fue seleccionada para el Festival Hot Docs en Canadá en su edición del 2020. Asimismo, fue premiada como la Mejor Película Documental en la 25ta edición del Festival de Cine de Lima.