Veintiún años atrás, un doce de setiembre fue capturado el líder del grupo Sendero Luminoso, el hombre que inició con su ideología la que fue, y me atrevo a decirlo sin duda alguna, la época más oscura y dolorosa de la historia peruana: Abimael Guzmán. Con su captura se iniciaba el fin del llamado “Terrorismo” y el Perú comenzaba a despertar de la terrible pesadilla en la que se había sumido por más de una década…

Sin embargo, tanto tiempo de dolor, angustia y llanto tenía que dejar un saldo. Y este era mucho más grande que el número de víctimas que se iban acumulando con el pasar de los días, meses o años. Sí, el tiempo del terror había acabado en la realidad, pero los testigos y afectados directos por esta situación llevaban ese sentimiento vivo aún en su corazón: eran un conjunto de vivencias que necesitaban ser expresadas, compartidas con el resto de la nación.

La creación de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el año 2001 y la organización de audiencias para recoger los testimonios de los afectados les dio la oportunidad, a las personas más directamente afectadas por el conflicto, de alzar su voz y hacer de sus vivencias parte de la memoria colectiva, para que quede el registro de que nunca más debía infringirse así el bienestar de los integrantes de este país (ni de ningún otro).

Así pues, en el marco del IX Encuentro de los Derechos Humanos, la Oficina de Promoción Social y Actividades Culturales de EEGGLL organizó una serie de actividades relacionadas a las víctimas, sus familias, sus historias. El evento fue nombrado “Para recordar” con el objetivo de crear consciencia y sensibilizar a los estudiantes de nuestra universidad, en especial a los de Estudios Generales Letras, acerca de este tema.

“Para recordar” inició el lunes 9 de setiembre. Ese día fue posible observar, ya instalada en la rotonda de Letras, la exposición itinerante “Arte, memoria y testimonio”, un compilado de diferentes muestras hechas por varios artistas (tales como fotografías, piezas en arpillera, etc.) que transmitían el testimonio tanto de familiares de las víctimas del terrorismo como de comunidades enteras de personas sobrevivientes.

Los pasillos de la facultad se llenaron de gigantografías que nos presentaban fotografías y testimonios recogidos durante las audiencias públicas instauradas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Cada historia mostrada en “En nombre de los ausentes: memorias de guerra (IC)” encierra una denuncia, un pedacito del dolor que fue provocado, un vistazo a la vida de aquellos que se atrevieron a hablar.

El día de ayer, jueves 12 de setiembre, tuvo lugar el taller “El testimonio como campo de batalla”, que buscó generar reflexión entre los asistentes a partir de los testimonios recogidos en las audiencias de la CVR y proseguir a elaborar una pieza artística al respecto.

Finalmente, se llevó a cabo el acto simbólico “Un clavel para la memoria”. Su finalidad era dar a conocer los lugares dedicados a la memoria en la PUCP. Se le entregaba un clavel a cada asistente, un papel con la foto e historia de una persona fallecida en el CAI y se le pedía que fuera a la placa de la memoria ubicada cerca del café 338 de EEGGCC para depositar el clavel ahí y decir adiós a aquellos a los que la violencia se llevó.

Actividades como esta resultan de gran importancia dentro de la PUCP porque nos ayudan a darle una mirada a un problema que muchos podemos no sentir directamente como nuestro. Probablemente estábamos enterados de lo que sucedió por reportajes ocasionales, lo que pudieron contarnos nuestros padres o algún libro que leímos, pero leer el testimonio mismo de una persona es casi como palpar el sufrimiento que la inunda, ver a través de sus palabras lo que sintió y vivió.

“Episodios como la época del terrorismo nunca deben repetirse en nuestro país” es algo que he oído (o leído) con frecuencia cada vez que alguien se refiere al tema. Sin embargo, a poco más de dos décadas después, varias personas parecen haber ya olvidado o nunca haberse enterado de lo que sucedió. Por supuesto, reprimir parece mejor que afrontar porque nos mantiene a salvo, en paz con nosotros mismos.

A nadie le gusta la violencia. A nadie puede gustarle revivir lo que fueron días llenos de angustia, desesperación de saber si podías ser el siguiente o el temor de que algo que sentías lejos pudiera llegar de la nada a ti. Nadie quiere enterarse de la manera en que maltrataron, torturaron o mataron a otra persona, pero si decidimos dejar todo lo malo de lado corremos el riesgo de que se vuelva a repetir. Y entonces, por más doloroso que pueda resultar el proceso, debemos recordar para no volver a dejar que suceda: recordar para no volver a vivir.

Fuentes: Blog de OPROSAC