Esa noche llegó al antro de mala muerte como tantas otras veces. No recordaba cuándo se inició en el hábito de ir a ese recóndito y oscuro bar donde el aire caliente se mezclaba con olores de sudor, tabaco y bebidas dudosas. Tomó asiento en la mesa de siempre y se dedicó a mirar alrededor: los mismos borrachos ahogaban sus penas y gastaban hasta el último centavo en olvidar. Veinte, quince, cinco minutos para las diez. Se sabía de memoria la rutina de aquel trozo de infierno. No faltaba nada para que saliera la única atracción de la noche.

La presentaron como Hotaru. No se sabía si ese era su nombre o solo un invento de la audiencia. Sin embargo, un nombre que en algún idioma lejano significa “luciérnaga” parecía tremendamente apropiado para ella. La figura subida en la tarima era la de una niña obligada a crecer demasiado rápido, con capas de maquillaje y un vestido viejo de lentejuelas que se ajustaba a su cuerpo adolescente. No se había borrado la inocencia de sus ojos con el mar de borrachos que cada noche la escuchaban cantar la misma triste canción. Era un pequeño punto de luz en medio de semejante oscuridad, y eso podía ser, quizás, lo único que la mantenía amarrada a la realidad.

Podría haber elegido pasar sus noches en cualquier otro lugar. Un autor de best-sellers en su mejor momento, joven y con dinero para viajes, alcohol, drogas y sexo con las mujeres más bellas, parecía tan fuera de lugar en semejante antro de la misma forma que Hotaru, quién no debía pasar los 18 años. Quizás era por eso que volvía siempre, porque lo único real en su vida era un par de ojos negros que cada velada se apagaban un poco más. Sus versos ya estaban vacíos después de embriagarse en tantos elogios y premios. Ya ni recordaba por qué escribía, sus días se encontraban tan carentes de sentido inmerso en la misma aburrida rutina.

Las música empezó a sonar. La sorpresa lo alcanzó cuando la voz aguda de Hotaru no llegó a sus oídos,  esta vez fue reemplazada por una canción entonada por la dueña del local. ¿Dónde estaba la pequeña luciérnaga? Alzó los ojos, giró desconcertado como saliendo de un profundo sueño de años, y buscó por todo el espacio los ojos negros que lo atormentaban cuando deseaba conciliar el sueño. De pronto, un sentimiento de angustia se agolpó en su pecho. ¿Qué había logrado tantas noches observando desde su cómoda esquina sin hacer nada?

 Dejó un billete sobre la mesa y corrió hacia el mostrador a preguntar por ella. Le dijeron que desapareció sin dejar rastro. Salió apresurado y empezó a correr sin saber a dónde se dirigía. Empezó a llover, sus pasos aceleraron desesperados por encontrar lo que tanto buscaba. La letra de la canción empezó a sonar en su cabeza, algún relato de un amor perdido años atrás. Recordaba cada palabra como un grito ahogado de libertad, supo que Hotaru había ido a perseguirla, que ella se había dado cuenta antes que él que las cosas no podían seguir así.

Siguió corriendo sin rumbo fijo, sin saber a dónde iba, con la intención de cambiar algo. Sabía que el pecho le dolía por la culpa, pero que tenía una última oportunidad de hacer las cosas bien, de encontrar una dirección que seguir entre tanto caos. Siguió pese al dolor en las piernas y el zumbido en los oídos. Llegó al muelle sin esperanzas de encontrarla, solo con la determinación de hacer algo distinto por su vida. Fue entonces que divisó la misma figura delgada de todas las noches apoyada en una baranda.

Él no creía en el destino ni en el horóscopo ni en la suerte. Todas esas cosas carecían de sentido y lógica, eran tonterías que la gente inventaba para justificar sus acciones o hacer de sus vidas un poco más interesantes. Nada lo había preparado para el torrente de emociones que lo invadió en ese instante. Por su lado, ella se trepó con inesperada agilidad en la baranda, parecía tener toda la intención del mundo de saltar al agitado océano. Él sabía que ese frágil cuerpo mal alimentado no iba a resistir el golpe de las olas.  Lo invadió un golpe de pánico cuando la vio soltarse.

Corrió más rápido de lo que un cuerpo adormecido por el alcohol podía lograr. Saltó al agua helada, gritó con todas sus fuerzas buscándola en la oscuridad. Divisó la mota de cabello flotando unos metros más adelante. Puso todo su empeño en alcanzarla. La tomó entre sus brazos y luchó contra el frío para llegar a la orilla.  La sintió helada que lo paralizó el terror de haber tomado acción demasiado tarde. Rápidamente trató de reanimarla pidiendo a los dioses de todas las religiones – si es que en verdad existían – que, por una vez, le hagan caso y lo ayudaran a recuperar el único rayo de esperanza que había conocido.

Ella se estremeció, tosió una, dos veces y abrió los ojos negros que él adoraba. Lo miró confundida, asustada. Él lloraba, no era capaz de decir nada, al poeta se le habían escapado todas las palabras. Se limitó a abrazarla, a estrecharla dejandole el corazón. Hotaru guardó silencio, no supo qué decirle a aquel hombre que siempre miró de lejos y que nunca tuvo el valor de acercársele. Le había salvado la vida y ella no entendía por qué. La pequeña luciérnaga encontró sus ojos negros, como dos orbes brillantes, que la miraron cómo nunca se imaginó. Eligió no preguntar nada. Simplemente lo abrazó de vuelta.

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Ilustración: Diego Salazar