Los carros pasan raudos, como el viento que golpea nuestros cuerpos. Es helado, justa realidad del aire marítimo. Son más de las once, los choferes del Metropolitano y del Corredor Azul enrumban a sus lechos. Lelé y yo caminamos por una cuadra de la Av. 28 de julio, hablamos, discutimos, ponemos algunas cosas en cuestión. El tema, si es que estamos vendidos desde ya al sistema, viene gentilmente aderezado por unas cuantas copas de vino, cortesía de un conversatorio, fugaz pero intenso, organizado por el proyecto Clima sin Riesgo, que se centraba en experiencias que oscilaron entre la gestión de los riesgos en la vida urbana y la organización política de base en barrios de Colombia, Chile, El Salvador, Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, etc. Latinoamérica estuvo unida esta noche y hay motivos para la resistencia, sobre todo desde las regiones de Argentina y El Salvador, que fueron las experiencias que sus mujeres dejaron más en alto, por lo organizadas y concientizadas de sus gentes.

Los argumentos van y vienen de parte mía y de Lelé. Es amigable la pelea, sobre todo viniendo de un tipo que pareciera que hace del estudio y la discusión un modo de vida. Ni bien llegó al conversatorio, noté que tenía un libro, como suele suceder en él, en su bolsillo. No era alguno de Mariátegui, sino de Manuel Scorza: Redoble por Rancas.

Recordé el puñado de páginas que leí y el enlace que hice de ellas con una crítica avistada: un aire al expresivo realismo mágico del tiempo en que fue concebida dicha obra. No se diga más: yo dejé el libro ante las primeras fantasías.

–¿Lo has leído?

–No… No me vacila. Muy masticado –le digo.

–Ah, pero a Carpentier sí lo lees, ¿no?

Justo en el nacionalismo, pero tengo –debería…– tener mis razones.

Es así como hablamos, con chispa pero con respeto- Por eso, y porque teníamos la sazón en la vena, no nos agradó cuando desde un carro nos llegó bien adentro un grito de corte mandón, castrense. Era como un baldazo de agua fría, ¿de estar rodeado de gente con aspiraciones, un docente de cola de caballo enamoradiza, un ex trabajador de la ONPE que sentía un apocalipsis inminente en el agro peruano, una muy guapa arquitecta lideresa en su barrio norteño, etc. a los hijitos de papá con caña que se creen los miserables dueños del mundo y de sus calles?

El carro siguió su marcha, pero los ojos del joven de tez blanca se incrustaron en mi cólera macerada. Su mirada comechada y su mano empuñando una botella de lo que al parecer era cerveza. Sombras en el asiento trasero, sombras con igual posesión etílica. Sigue el carro y ese grito, si bien amorfo en su contenido, nos paraliza, nos extiende un aire de miércoles que no respiraremos.

Pero se detiene, por obra y gracia de un semáforo que quiere acción para sus tres colores. Desde lejos se ve una fiera ingenua, un cuerpo de inquietante inercia. Pero el grito, el grito nos ha dado y goza salpicándonos su malagracia. Lelé y yo nos miramos, no la pensamos. Uno de los dos: “Ta’ huevón, les hacemos la cagada”. Caminamos más deprisa. Total, él es de Barrios Altos y yo chambeo en La Victoria. Bravos de bravos (¿?).

Cerca del carro un casino, también un pensamiento, que es apabullado por nuestras pisadas que son como piezas tecleadas de una sinfonía violenta. Solo oímos el metal de nuestra tensión. A metros de la ventana, mi cuerpo se me hace pesado y rígido, empiezo a remedar a un idiota, remedo al copiloto, balbuceo en alto para que todos me escuchen. Atropello mis palabras de baba imaginaria, de vómitos del peor inepto. Pero siempre, siempre, interpretando con fidelidad al pobre diablo copiloto. Ya ha terminado el primer acto. Es mejor que salga el estrés del trabajo, que bote un poquito al individuo que ensucia mi parque, a los pasajeros que no le dan asiento a las señoras, a los choros que roban impunemente en Isabel la Católica.

–Sí, pituquitodemierdaquéchuchatevienesachoraralagente, yencimaestaschupandoclarocomotienesatuviejoquetevaasacardecanasoloporquetienesplatanotedaverguenzaoegil.

Reconocerá el lector que a nivel comparativo mi griterío es una plegaria frente a la boca de un forajido de calle. Pero igual repertorio repetiría con tal de ver a esa inútil masa de carne, cebo, hueso, billetera y clase alta mirarnos con cara de chancho arrepentido, reprimido al que su mano temblorosa no le quiere funcionar para arrojarnos su cerveza.

–Lanza, pe’, mierda, lanza tu chela –advierte alguien mientras se prepara para cubrirse el rostro o moverse rápido.

El carro vuela, no quiere los problemas que buscó. El que no es violento de por sí, le dice a Lelé: esta vaina es como un triunfo,. Y pienso en los ricos y en los pobres, y en esa cosa que no sé pero que siento como lucha de clases. Pero callo mis palabras, pues pienso en lo objetivamente pírrico que es eso. Ya en el carro, y con un Lelé tranquilo, me doy cuenta de todo: mientras yo me la pegaba de alaraco,  él hacía la imprescindible e inmediata finta de la fulera, esa que simula sacar un fierro de entre el lompa y que es la clásica maniobra de los forajidos del barrio…

21-07-16