Editado por Fiorella Germán Celi

Días atrás, nuestra ministra de Economía, María Antonieta Alva, declaró que “en este país, las personas todavía no valemos lo mismo”. Así, parece que en el Perú aún persiste una distinción de valor entre nosotros.

Para empezar, es necesario definir a qué nos referimos cuando empleamos el vocablo valor. El DLE lo define, en su novena acepción —la más adecuada en cuanto se refiere a la cualidad humana—, como la “persona que posee o a la que se atribuyen cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad”.

Sin embargo, aquella definición peca de indiferencia frente a la compleja composición individual humana y su vínculo con las circunstancias de su entorno, pues ya lo decía el filósofo español José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.

El valor económico de la persona

Nuestras circunstancias actuales otorgan desmesurada importancia al valor económico del individuo. El economicismo de nuestra época nos lleva necesariamente a recibir una valoración económica determinada en cuán valiosos somos para la economía de nuestro país. En otras palabras, la valoración de las personas radica en su productividad y aporte con el agregado productivo de su nación.

Es ya evidente para el lector que aquella condición de valor causa la imposibilidad de alcanzar la igualdad plena entre nuestros pares, pues las condiciones que nos hacen productivos —“más valiosos”— son desiguales. El nivel educativo, la salud, la alimentación, entre otros elementos, delimitan nuestro nivel de productividad y, por tanto, nuestro valor económico. Mientras aquellas condiciones sean distintas para nosotros, será una utopía irresponsable concebir la idea de la igualdad ciudadana. Y el Gobierno tiene mucho que ver en esto.

El valor real de la persona

Por otro lado, existe una definición de valor más compleja y exhaustiva de explicar. Se trata de aquel valor real que dista de la inhumana concepción de la productividad humana. La realidad nos muestra que un joven es mucho más productivo que un anciano; entonces, ¿el primero valdrá más que el segundo? ¿Acaso ambos no deberían poseer una valoración equitativa?

Cuando empleamos estos ejemplos, es notoria la presencia de alguna imperfección en la concepción económica del valor personal.

Así, el valor real de la persona es aquella amalgama de componentes que nos demostrarán por qué un anciano puede valer lo mismo que un joven.

A pesar de los múltiples esfuerzos por equiparar las distancias entre individuos, la experiencia demuestra que la búsqueda de la igualdad general carece de realidad.

Lector, trate de realizar un examen de conciencia para descubrir cuántas veces se sintió superior al resto —puedo afirmar inobjetablemente que fueron muchas—, pero no se subordine a su maligna moralidad, ya que es característica natural del ser humano otorgarse así mismo un valor mayor entre sus pares. No obstante, existirán otras personas que tengan los medios suficientes para materializar, en la escala social real, su “superioridad de valor”; es así como surge la brecha entre una élite que cree “valer más” y el resto de ciudadanos.