Cada vez que escribo esta columna, siento que estoy desconectada del mundo. Tal es así que, peco de indiferencia y -acaso- de conciencia ciudadana. Las personas que me conocen no me lo han dicho, pero yo lo noto en sus comentarios, muchas veces atinados. Intentan, pues, explicarme la importancia de la coyuntura: esa palabra que tanto odio emplear.

Ernesto Sábato decía que “lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente”. Con estas palabras pretendía, durante una conversación con Borges, explicar la banalidad de hechos pasajeros e huidizos. Y es aquí donde me detengo, con curiosidad noto el peso que actualmente poseen los medios.

Pero no estoy aquí para explicar la importancia y efectos de la repercusión social dentro de la narración de la “coyuntura”; sino para explicar su relevancia literaria y el papel que posee dentro de lo que la RAE ha decidido llamar «el arte de la expresión verbal».

Dentro de una definición técnica, la literatura es la composición de las obras escritas en prosa o verso. Después, podemos encontrar definiciones más acertadas sobre literatura desde la óptica de diferentes escritores; ya sea como arte, expresión, mimetismo, etc… Por mi parte, solo puedo limitarme a pretender explicar cómo es la literatura, porque me es imposible decir qué es. Quizá es al revés, y la literatura es lo que nos define a nosotros.

Así, dentro de este concepto aún sin acuerdo, se han erguido innumerables escritos proclamados “obras literarias”; muchas por excelencia, otras como textos desapercibidos. Las obras más reconocidas tienen la característica de explicarnos a nosotros mismos, y por ello son, muchas veces, difíciles de comprender.

Además, el proceso para articular ideas y jugar con el lenguaje está destinado no solo a maravillar a lectores, sino a entendernos: somos tan complejos como aquel verso que para cada uno adopta un significado diferente, en distintas etapas de la vida. En pocas palabras, están destinadas a problematizarnos, a confundirnos, su objetivo no tiene por qué ser moralizador ni una fuente de respuestas.

Piénsese en una canción; cuya letra y tonalidad pueden llegar a ser tan apropiadas y precisas para caracterizar una experiencia e, incluso, una persona. Pero, ¿qué sucede con los artículos periodísticos, con los diarios, con los noticieros? Claro, es indudable su valor social dentro de la gestión de lo cotidiano. Sin embargo, de alguna manera, la redacción de su mensaje está formulada para el olvido. De ahí que Borges mencione, en el mismo texto, el papel de “los temas permanentes” dentro de la estructura literaria.

No obstante, en esta misma línea, Sábato formula una pregunta que a simple vista pareciera trivial:

¿Cómo puede haber hechos transcendentes cada día?

Tal y como él ejemplifica, “la crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió”. Y tiene razón, no está lejos del plano literario: cualquier hecho relevante o coyuntural puede ser el origen de una obra literaria. Sin embargo, no se sabe si este hecho coyuntural marque tal trascendencia inmediatamente ocurrido o mucho después.

Ciertamente, muchas obras están inspiradas en hechos coyunturales; pero ninguna (o muy pocas) tratan el tema coyuntural en sí; simplemente, utilizan este escenario como el impulso que guía su escritura. Por ejemplo, Albert Camus, influido por la II Guerra Mundial, recibe el premio Nobel de literatura cuando escribe El Extranjero; obra que ni siquiera menciona la II Guerra Mundial.

A lo que voy, pienso no solo en artículos periodísticos, sino en libros que se arman en torno a un hecho de actualidad, para tratar este hecho como tal y no como fuente de inspiración. Así, aunque estos se incluyan dentro del abanico literario, no calan en la sensibilidad artística que caracteriza a lectores de producciones del arte.

A pesar de ello, es importante mencionar que tampoco tiene por qué hacerlo, al fin y al cabo, la narración de algún artículo del periódico del día esta destinada a informar el momento. Es literatura para “el día”, que no atormenta el pensamiento cuando uno no puede dormir en la noche porque, después de todo, al día siguiente nosotros nos encargamos de renovarlas y contárnosla.