Desde que era pequeña me ha interesado el tema de los derechos de las personas. Leí todo un libro para niños que recogía gran parte de los documentos que las Naciones Unidas han realizado a favor de estos. Me impresionó, en especial, el tema de los derechos de la mujer. Era casi imposible pensar que, hacía menos de un siglo, yo no habría podido votar ni acceder a propiedades ni desarrollar una carrera. O podía hacerlo, pero teniendo como fecha de jubilación el día de mi boda. Definitivamente, hay mucho por lo que debo estar agradecida, y eso que todavía falta bastante (en algunos países árabes, las mujeres no pueden manejar, y en muchos países occidentales las mujeres no ganan lo mismo que los hombres).

Me sorprendió bastante, por ello, ver comentarios de mujeres en contra de la Unión Civil. Sus argumentos: “no estoy de acuerdo”, “los niños no lo van a entender”, “inserte versículo bíblico aquí”.

Hay pequeñas cosas que puedo entender. Entiendo perfectamente que la mayoría de pro-vida (del feto) sean hombres porque no tienen el factor “qué haría yo”. Aun si los violaran, nunca tendrían un embarazo como efecto colateral, ni verían afectado su progreso estudiantil o laboral. O puede haber cierto machismo, ya que una mujer debe ser una madre, más allá de lo que ellos mismos hagan cuando sus novias les dicen que no les viene.

Pero siempre me costó entender por qué las minorías no tienden a hacer frente común. Me recuerda a esa división entre los nativos y los esclavos de la colonia, ambos maltratados pero nunca viendo al “enemigo” común. Ahora, hay mujeres trabajadoras y cuyos cheques son solo suyos, que sacan argumentos anti-gay de la misma fuente de la que muchos se referían para negarse a verlas en una oficina. Los niños no podrían entender que su madre trabaje y los deje en la casa. “La mujer ha de mantenerse callada” (Pablo, el primer fanático). No me parece que la mujer no obedezca a su marido.

Supongo que lo hacemos para alejarnos del “otro” marginado, cual negación. Es el otro el que no tiene derechos, el que es maltratado, no yo. Asumo que ayuda a elevar la autoestima para dejar atrás el fantasma del rechazo que hemos recibido y sentir cierto poder, o sentirnos en control. No lo sé. Pero casi nunca he visto grandes muestras de solidaridad entre todos.

Ayer volví a ver la mitad de “The Normal Heart”. Es terrible ver cómo se morían todos los amigos de los personajes principales o sus amantes, y ver cómo la respuesta era condicionada al número de heterosexuales contagiados. Luego uno piensa en cómo el resto de minorías han sido consideradas personas de segunda categoría y no se hacía nada por ellas. Y uno piensa, ¿qué importa el color, el sexo? Merecemos las mismas chances de todo. Merecemos sueldos basados en nuestros méritos. Merecemos podernos casar, si queremos, o no, casarnos. Un niño merece un hogar amoroso en vez de un centro de menores. Hemos avanzado mucho, pero todavía falta. Hay guerras que solo necesitan unas cuantas batallas más, hay otras que recién empiezan. Los que están en contra no pueden detener la historia y los fanáticos tendrán que seguir obviando fragmentos (única explicación para que no lapiden a sus hijos maleducados).

O, claro, podrían ver bien sus textos y ver que sus héroes (no los hombres que los seguían) eran personas excelentes. “Al que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

No sé si veremos un mundo justo. Solo sé que, de niños, se nos dijo que éramos el futuro. Quizá son palabras vacías que se les dicen a todos los alumnos de primaria o, la verdad, ya depende de nosotros.