La gente va abandonando el Centro, el cual, a estas horas, se ha vuelto tierra de nadie. Chiquillos que, en bicicleta, se mentan la madre por la avenida Tacna (“Si muere uno, morimos todos, oe conchatumáquina”); jóvenes enfundados en ropas negras, y uno de ellos que pasea a su bravío pitbull; una mujer que duerme alcoholizada cerca de una calle donde funciona un paradero clandestino de carros que van para el este de la ciudad: imágenes del Centro cuando pasan las 11:00 pm. Cerca ya a 2 de Mayo, la cuadra de los transexuales luce desolada. Paso cerca de ellas (¿o ellos?) y me miran de manera indiferente. Volteando la cuadra, un hombre, lo que sería un proxeneta vestido de manera poco agraciada para alguien que ejerce sus funciones, mira hacia el otro extremo de esa calle desolada, sucia y abandonada. A estas horas, todos caminan con ceños fruncidos preparados para cualquier eventual ataque.

En 2 de Mayo, solamente los vehículos y los llenadores de combi dan vida. Decido subirme a una combi pues, con el tiempo, uno se da cuenta de que el paradero “oficial” que une a la Colonial con esta plaza no es respetado, que tanto en la sección que está cerca del Embarcadero Sur del Metropolitano como en aquel rincón hay igual de hampa, igual de suciedad, igual de dinero por sobre todas las cosas. Ante la similitud de opciones, me subo. Además, es completamente tarde.

El carro es llenado con prontitud. Es más, nadie quiere estar ni un segundo más fuera de él. Pese a la gran camioneta de policía estacionada entre Colmena y Bolognesi, sé que la gente camina con cuidado en esta zona en la que las luces no vaticinan seguro alguno. Por eso, la gente anda presurosa hacia los autos, a las combis.

Pero en las combis nada garantiza que se vivirá un momento de integridad.

Subirse a una Lima-Callao puede convertirse en el pretexto perfecto para, primero, analizar el sistema de transporte masivo y, segundo, para levantar las críticas hacia él.

El destartalado e incómodo carro vuela. Se sienten las llantas, el motor despegar por las lustrosas calles de la avenida Colonial. Una mujer sentada detrás de la cobradora suspira y muestra una risa nerviosa. Sus cabellos le vuelan por el vertiginoso aire que se cuela por las ventanas abiertas. Todos lo sienten: este carro despega.

Para mí, es una constante de los últimos meses y que, debo decirlo, se me hace que se debe a que el aire de impunidad en las calles aumenta conforme se sabe a quién tenemos en la alcaldía. Este sesgo, naturalmente, debe ser confrontado con investigaciones. Prosigamos.

El carro vuela y aunque para algunos (como es mi caso) beneficie, no debería ser así. La cobradora, que sube los precios por la hora (más de las 11:00 pm.), mira al conductor y le dice que baje la velocidad con el susurro de su voz. Este ni escucha. No la escucha ni a ella ni a la mujer que está a su costado. Ella lleva unas pronunciadas pestañas postizas, como también ojos delineados de negro. Ella se atreve a vivir en riesgo: lleva un bebé en sus brazos y, acomodada como está en el asiento, no se ha puesto el cinturón. Y es lo más “sensato” a riesgo de no dañar el cuerpo de su bebé. Pero esta salvedad no se compensa para nada dado que quien maneja la combi lo hace con un apuro endiablado.

Él no viste a la usanza de la vieja guardia: gorra, camisa y pantalón de vestir. Porta aretes, su corte de pelo es rapado con una pequeña franja en la parte superior de la cabeza y tiene delineados los contornos de la patilla. Usa, hasta donde se ve, una casaca negra con tiras blancas que emula –o es de- la marca Adidas.

Pareciera que la mujer sentada a su costado ha oído a la señora, pues le dice que baje la velocidad. “Pisas mucho…”. El chofer la mira y no atina a decir nada. Es más, mira el espejo de la derecha del carro, a poquísimos centímetros de distancia de la chica –dado que el espejo retrovisor está chueco (es decir, malogrado pues ya lo habría puesto en su lugar)- y arroja el carro a la velocidad de la presión de su pie. El carro se mueve velocísimo y la chica solamente lo mira entre extrañada y temerosa.

En la siguiente que le dice a su pareja: “Bájale…”, este voltea y le dice, dando una respuesta inapelable en estos tiempos: “Si no piso, no hay dinero; no hay bolsa…”.

La mujer calla, el carro vuela, pero esta vez la mujer empieza a apretar con mayor fuerza a la criatura que cuida entre sus brazos.

29-04-15