César no debe pasar de los dieciocho años y es un poco tímido, o eso es lo que aparentaba ser el domingo pasado. El motivo por el cual terminamos hablando fue porque se encontraba un poco alejado de las demás personas, junto a Rocky, su perro. Pertenece a la asociación Rottweiler Lovers Perú desde hace unos meses, pero su historia con los perros se remonta a muchos años atrás. “Para empezar, yo no quería un rottweiler”, me dice a manera de advertencia, pero la forma en cómo lo dijo no denotaba odio, sino todo lo contrario. Entonces continuó: “Ya había tenido uno, pero un día llegué a mi casa y mi padre me miró, y  dijo algo que recuerdo hasta hoy: unos ladrones se lo han llevado. Yo tenía tan solo cinco años. Es por eso que no quería saber más de esta raza de perros; quería un pastor alemán”. No obstante, sus tíos estaban vendiendo un rottweiler así que decidió darse otra oportunidad con esta raza. La felicidad en sus ojos y la manera en cómo acaricia a su perro mientras me cuenta su historia son evidencias suficientes. Quiso empezar de nuevo, volver a llenar el lugar que su anterior amigo había dejado, porque sabía que la ausencia no es una palabra inventada por los animales, sino por nosotros, los humanos. César considera que Rocky es único, porque ha sabido compartir su cariño, amistad y, en especial, su seguridad. A pesar de que usualmente se escapa de la casa y atemoriza a los vecinos, César tiene la confianza de que al regresar después de un día largo y atareado, lo encontrará sentado en la sala moviendo la cola, como si le dijera: “Oye, César, tranquilo. Yo no muerdo, y nunca te morderé”.

Los rottweiler son una raza de perros que se caracteriza por su alta peligrosidad, o  esa es la etiqueta que la sociedad les ha dado. Por este motivo, muchas personas se reunieron en la Plaza San Martín el domingo 28 de mayo, “Día del rotweiler”. Fueron alrededor de veinte mascotas, casi todas sin bozal y acompañadas de sus respectivos dueños, quienes llenaron la tercera parte de la plaza. El objetivo de esta reunión era mucho más simple de lo que la mayoría pensaba, pero con un trasfondo importante. Lo único que querían era demostrarle al mundo que los rottweiler no son una raza peligrosa. Por el contrario, pueden llegar a ser demasiado cariñosos al punto en el que es difícil olvidarlos, todo depende de cómo los eduques. Ellos son el reflejo de su dueño, de su padre adoptivo. Muchas personas se acercaban a los perros para tomarles fotos, acariciarlos, jugar con ellos o simplemente observarlos. A veces se escuchan ladridos amenazantes, pero los dueños saben cómo controlarlos, y no necesariamente utilizando un bozal.

Melissa Huamán, de dieciocho años, también es nueva en Rottweiler Lovers Perú. Su perro, Vodka, tan solo tiene un año y siete meses. A diferencia de César, ella nunca había tenido un rottweiler en su vida, pero sí tuvo muchas mascotas de otras razas. “Lo que les diferencia de otros perros es que si los sabes criar bien, pueden ser demasiado fieles.”, me dice. Cuando le comento sobre su supuesta agresividad, ella me responde sin titubear: “¿Que son agresivos? ¡Por favor! Vodka no muerde, no ataca si no es una provocación extrema. No vas a creerme, cuando vienen personas desconocidas a mi casa, él se les acerca y quiere jugar con ellos. Muchas veces las apariencias pueden ser bien engañosas”. Una vez, me cuenta Melissa, fue a una fiesta familiar en la casa de su abuela y en compañía de su madre. Como su abuela vivía cerca de su casa, decidieron llevar a Vodka sin una cadena para perros. Quizás fue una buena decisión, porque entre copas y cajas de cerveza, su tío había tomado en exceso y estaba a punto de acercarse a su madre, pero Vodka intuyó que algo malo estaba pasando. “Y lo atacó. Estaba bien borracho”, me dijo Melissa.

Esta no es la primera vez que la asociación Rottweiler Lovers Perú realiza algún encuentro entre sus miembros en un lugar público. Desde que se creó, hace cinco años, se han dedicado fundamentalmente a difundir una buena imagen sobre esta raza de perros. Además, realizan caminatas una o dos veces por mes –en los meses de verano, estas aumentan– tratando de frecuentar lugares públicos como centros comerciales y plazas. También brindan ayuda a todo dueño que tenga la curiosidad de aprender más de su mascota. En su página de Facebook, que cuenta con más de tres mil seguidores, se observan avisos de adopciones y de ayuda a perros abandonados.

Carlos fue quien fundó esta asociación. La idea nació porque un grupo de vecinos comenzó a incomodarse debido a la supuesta peligrosidad de su perro. “Lo único que quise hacer era demostrarles que los rottweiler no eran malos. Son grandes, sí, pero no los puedes juzgar solamente por su tamaño”, comenta, orgulloso de su trabajo y de todo lo que ha logrado la asociación en tan solo cinco años.

Mientras hablamos, un perro se me sube encima, coloca sus dos patas delanteras en mi pecho y me hace retroceder unos cuantos pasos. De pronto, saca su lengua y empieza a lamer mi mano. En ese momento lo único que pensé fue: “Los rottweiler no son malos”, y repetí la oración en mi mente como si se tratara de una frase que le enseña una madre a su hijo para que no le tema a los monstruos del armario.

—No te preocupes, no te hará nada.

— ¿Él?

—Ella… –me responde su amiga–. Se llama Athena, tiene diez meses y le gusta mucho tocar a la gente, como te habrás podido dar cuenta.

“Lo que diferencia a los perros de esta raza es que pueden mantener su espíritu de cachorros por el resto de su vida. Son muy engreídos y juguetones. Pero debes criarlos desde pequeños”, me comenta Carlos. Él considera que la edad adecuada –como mínimo– en la que un perro debe comenzar a ser educado correctamente es a partir de los dos meses. Pero lo más importante es la socialización: “debes sacarlos constantemente al parque, a caminar. Tiene que interactuar con las demás personas y perros. Si los tienes encerrados entre cuatro paredes, puedo asegurarte que se volverán locos. Ellos son reflejo de uno mismo, no de su raza”, agrega.

Son las cinco y media, aún no ha oscurecido y me doy cuenta de que el olor de los perros, sobre todo el de Athena, se impregnó en mis manos y en mi casaca. Mientras veo al grupo de gente alejarse y dirigirse hacia el jirón de la Unión junto a sus mascotas, donde harán la última caminata del día, me pongo a contar cuántos rottweiler hay en la Plaza San Martín. Podría jurar que más de veinte.