De acuerdo a las crónicas, Panquiaco, hijo del cacique Comagre en Panamá, motivó la avaricia de los españoles, recién llegados al Nuevo Continente, al comentarles sobre las riquezas de unas tierras en las lejanas montañas del sur. La zona a la que se refería este indio era el Perú.

Después de percatarse del tesoro escondido que poseían las minas del Imperio incaico, Francisco Pizarro impuso un sistema económico extractivista, cuyo objetivo principal era la extracción de minerales como el oro y la plata. Así, nuestra incipiente economía entró en la historia dependiendo de estos metales.

Ya han pasado cerca de quinientos años desde la invasión española y, en aquel territorio con abundante riqueza mineral, se configuró la nación peruana. Tras múltiples cambios sociales, étnicos y culturales, un punto sigue inalterable desde el establecimiento de Pizarro y sus hombres en el antiguo Perú: la dependencia de la minería.

En la actualidad, los recursos minerales representan el principal producto de intercambio comercial del paíscasi la mitad de las exportaciones totales. A nivel mundial, el Perú es el segundo productor de metales como plata, cobre y zinc y el sexto productor de oro. Lo mencionado evidencia que nuestra economía, tan abierta al mercado mundial, se encuentra a merced de la dinámica financiera de estos productos. Ello ha originado que el crecimiento experimentado por el país dependa, principalmente, de dos factores: el precio de los metales y el rumbo de la economía china.

No es de sorprender que a un economista le interese más estas dos variables que averiguar quién será el próximo presidente de la nación. Ambos factores poseen un vínculo entre sí, pues el ciclo económico en china tiene consecuencias sobre el precio de las materias primas —si a China le va mal, es de suponer que el valor de los metales caerá. Además, las dos variables son independientes; es decir, el Perú no ejerce influencia ni tiene poder sobre ellas. Entonces, nuestra economía se encuentra como un barco a la deriva guiado por el movimiento de estos elementos.

En los últimos años, el contexto internacional nos ha ofrecido una nueva oportunidad para lograr el desarrollo económico y consolidarnos como una economía estable. El notable incremento del precio de los metales originó que, entre el 2003 y 2013, el Perú experimente un ciclo de crecimiento acelerado-esta elevación en el precio respondía a las importantes cantidades de metales que China requería. El boom de los metales activó distintos canales económicos, ello logró que el PBI nacional llegue a cifras astronómicas.

Para empezar, la industria minera se volvió mucho más atractiva debido al alza en el precio de los minerales. Esto causó que los empresarios decidan invertir más en este sector, que abran nuevas minas y que reabran las ya abandonadas; de esta manera, la inversión privada sufrió un empujón. Además, el favorable contexto mundial motivó a que las exportaciones mineras se eleven en gran medida. Los impuestos a las empresas mineras y los ingresos por exportaciones permitieron que la recaudación fiscal del país incremente. Gracias a ello, el Gobierno poseía los recursos necesarios para iniciar numerosos proyectos de inversión pública.

De esta forma, el llamado boom del precio de los metales estimuló favorablemente distintos canales —como la inversión privada y pública, la recaudación fiscal y las exportaciones— que, conjuntamente, permitieron el crecimiento del PBI peruano de un 6,25% en promedio entre el 2003 y 2013. Para un país como el Perú, que salía de una dictadura civil, que se recuperaba del golpe de grupos terroristas y con serios problemas de inflación en la década de los ochenta, estas cifras representaban un cambio casi milagroso.

En resumen, económicamente, al Perú le fue bien: las cifras cautivaron a la mayoría de peruanos y empezó un proceso de santificación a la minería por ser el artífice de nuestro crecimiento; sin embargo, la extrema dependencia de los recursos mineros ha generado algunos problemas que, debido a las atrayentes cifras, han pasado al olvido.

Por un lado, la incapacidad del Estado, de generar un consenso entre las comunidades campesinas y las empresas mineras, ha causado que el número de conflictos socioambientales se eleve; la falta de comunicación y las disputas entre ambos grupos generó que diversos proyectos sean cancelados y que distintas localidades cercanas a las minas se vean afectadas por la contaminación. Por otro lado, la dependencia de nuestra economía por los minerales puede generar que, en ciclos favorables, el crecimiento sea confundido con un proceso de desarrollo económico.

El boom de precios nos ofreció crecimiento acelerado; sin embargo, ese crecimiento tenía que cimentar las bases para edificar sobre él un proceso de desarrollo prolongado. No obstante, el prometedor repunte económico peruano solo fue aprovechado para plantear objetivos a corto plazo.

En conclusión, somos una economía que depende demasiado de los recursos minerales. Si hacemos una analogía, el Perú “baila un vals” junto al precio de los metales y aquel vals es compuesto por nuestro principal socio comercial: China. Con esto, es importante recordar que la dependencia minera no es un fenómeno actual, sino que es el resultado de una serie de decisiones, a lo largo de nuestra historia, enfocadas en la propuesta de un sistema económico extractivista.