Es una desgracia cuando los políticos y los intereses detrás de ellos atentan contra una sociedad hasta causar una profunda crisis humanitaria. En los últimos años, casos como el de Siria, Myanmar y Venezuela han resonado por el mundo por su naturaleza casi bíblica.

Venezuela resalta entre ellos, no solo por ser nuestra vecina, sino porque, según El Comercio Ecuador, el Perú alberga a aproximadamente 600 000 venezolanos en su territorio.

El 23 de enero, Juan Guaidó se proclamó “presidente encargado” basándose en la constitución chavista. Acto seguido, la comunidad internacional comandada por Luis Almagro, secretario general de la OEA (al quien nadie puede tildar de derechista), inició una seguidilla de reconocimientos políticos al joven opositor como presidente.

La coyuntura de estas últimas semanas quizá haya sido perfecta para el acopio de fuerzas democráticas en pos de la libertad del pueblo venezolano, pero siempre hay una contraparte. Maduro tiene aliados; sí, se llaman Rusia, China, Cuba, Bolivia y algunos más. Estos apoyan al régimen Chavista.

Otro aliado gigante de Maduro son los partidos de extrema izquierda de las democracias occidentales. Partidos políticos como Podemos en España, el Frente Amplio en Perú, hasta declaraciones de líderes como Bernie Sanders respaldan el gobierno de Maduro.

Sin embargo, los argumentos presentados no se refieren directamente hacia la situación trágica e innegable que vive el pueblo venezolano. Muchos se han dejado guiar por las innecesarias declaraciones del jefe de Estado de los EEUU, Donald Trump. Este puso en boga una intervención militar para derrocar a Nicolas Maduro del poder si es que la vía diplomática falla.

Desde Letras al Mango estamos en contra de la intervención militar. También nos vemos en necesidad de expresarnos a favor de la democracia en países donde el aparato estatal es usurpado de mano de la violencia. Los 300 000 muertos por represión estatal durante los gobiernos de Chávez y Maduro son muestra suficiente.

Creemos que el debate entre autoritarismo y democracia no debe redirigirse hacia carices ideológicos. No es un tema de izquierdas, derechas u opiniones en específico, sino el de un pueblo que sufre. Un pueblo que no puede ejercer sus libertades, ni emanar el poder de su ciudadanía, ni dar de comer a sus familias, muchos menos curar a sus enfermos.

Es momento que los países hermanos, como valientemente viene haciendo el Grupo de Lima, luchen por restaurar el Estado de Derecho en Venezuela. No con intereses ocultos ni para ejercer una influencia predominante en el país caribeño, sino para acabar esta crisis que desangra a toda una nación.