Y sobre las divisiones difusas

Una de las imágenes recurrentes del gobierno de Ollanta Humala ha sido el rostro de la Primera Dama, Nadine Heredia. Aun en campaña, ya en segunda vuelta electoral, fue parte importante en la victoria del autor del levantamiento en Locumba. Entonces, su presencia pasaba por ser un comentario en los diarios, noticieros y en las redes sociales. Hoy, estos comentarios se han convertido en notas enteras, en especiales y en debates en todos los niveles de la opinión pública.

Dicen algunos que, desde el principio, ella y él han buscado esta suerte de “reelección conyugal”. Estos algunos, por un lado, señalan que desde un inicio Nadine Heredia y Ollanta Humala se enrollaron en un plan estructurado con genialidad para eliminar a todos los candidatos que pudieran hacerle frente a la actual primera dama en las elecciones del 2016. Siguiendo su línea de deducción y sus palabras, tanto la Megacomisión y el Caso Ecoteva son parte de este plan. Por otro lado, y sobre todo, aquellos algunos, señalan que esta “reelección conyugal” es ilegal y violadora de la democracia. A partir de allí, todos los actos realizados por Nadine Heredia han sido sugeridos como parte de su campaña presidencial y como una muestra de gobierno paralelo que usa al presidente Humala como un títere/cómplice para ganar en el 2016.

Sostengo que, en toda aquella lógica habría ciertos porcentajes de verdad y de exageración. Empecemos por la exageración. Nadine Heredia, por más que hiciera las mismas actividades que sus antecesoras u otras primeras damas del extranjero, era y es tildada de proselitista y violadora de la ley. Asimismo, para la oposición, todo acto de investigación fundado y no fundado es un ataque político mentiroso.

Considero que existían, aquí, tres tipos de críticos: 1) el machista, 2) el que se aprovechaba del machismo peruano y 3) el institucionalista paranoico. Como se podrá entender, pienso que ha existido y existe una extrapolación infundada en torno a la existencia pública de la Sra. Heredia. Con respecto al porcentaje de verdad, considero que es preocupante y digno de ocupación.

El caso objetivo de este porcentaje de verdad es la renuncia de César Villanueva a su cargo de presidente del Consejo de Ministros. Fue evidente que, desde el comentario como vocera de gobierno y, por ende, de desautorización al premier por parte de Nadine Heredia, hasta el más que impuesto y nuevo gabinete Cornejo, la misma raíz fue la dupla Heredia-Castilla o Castilla-Heredia (no existe claridad, ni ciencia cierta, para saber qué apellido colocar primero). Lo cierto es que el orden de los factores no afecta el producto y que el producto es la nulidad, la inexistencia, la eliminación, no solo de nuestro fantasmal presidente Ollanta Humala, sino de la institucionalidad misma, la cual ahora es defendida desde el fujimorismo hasta los partidos más democráticos, desde la izquierda hasta el aprismo alanista.

Es decir, a aquellos tres tipos de críticos se le sumó un crítico que le ha dado legitimidad a la misma crítica sobre Heredia: el analista objetivo que, a partir de la objetividad, realiza comentarios con una subjetivación en pro de la estabilidad político-social del país.

Siempre ha existido, pero, a partir de lo sucedido con Villanueva, existe, más que nunca, dos divisiones difusas. La primera división difícil de visualizar es de dónde termina la exageración en pro de intereses privados sobre las acciones de la primera dama y de dónde empiezan los elementos objetivos para señalar que existe una violación a la institucionalidad. Del mismo modo, existe la segunda división que se está eliminando de manera polémica gracias a las violaciones institucionales generadas por Heredia. Esto puesto que, al ver qué partidos apoyan con el voto y el discurso a la institucionalidad, podemos ver cómo un partido de raíces antidemocráticas, como el Fuerza Popular; partidos corruptos y cómplices de corruptos, como Solidaridad Nacional y el Partido Aprista; y partidos, hasta ahora, democráticos, como el PPC o Perú Posible, se han visto unidos, mezclados y revueltos de una manera confusa. Es así que, innegablemente, la combinación de exageraciones y verdades nos ha llevado a una situación difícil como Estado. Es así que el voto de confianza que alcanzó el gabinete Cornejo al Congreso es incierto en legitimidad.

Intentado dilucidar las percepciones sobre dichas divisiones difusas, considero que, dentro del discurso de la oposición que en principio se negó a darle el voto de confianza al gabinete Cornejo, se escucharon diversos argumentos. Por un lado, se dejaron escuchar los comentarios basados en ese porcentaje de exageración. Aquí, se señalaron las actividades de la primera dama siempre como negativas. Sobre todo, el sector alanista y fujimorista -ambos- fueron los grandes oradores de la exageración. Por otro lado, se dejaron oír, también, los argumentos basados en aquel porcentaje de verdad que hacían referencia a la violación de las instituciones. En esta intencionalidad discursiva se puede ver como actor a PP y al FA-AP. El mismo Daniel Abugattás realizó un mea culpa sobre el tema que vino acompañado de una acusación descabellada sobre Alan García, que finalmente fue recogida por Mario Vargas Llosa. Abugattás y Vargas Llosa señalaron, pues, que García estaba consiguiendo, con el apoyo del oligopolio de los medios, que se sigan los pasos para que, en un futuro cercano, se cierre el Congreso por su miedo a la Megacomisión. Con esta afirmación, Abugattás demostró que la exageración es contagiosa.

Se ha dicho que esta es una crisis no igualada desde la caída de Fujimori. Debatible. Sobre todo, se ha dicho que lo más preocupante, la mayor crisis, es la no muy lejana posibilidad de que el presidente Humala y la ahora llamada (a lo “compañero” aprista) compatriota Nadine Heredia, presidenta del Partido Nacionalista, hayan estado cerca de cerrar el Congreso, como si fuera cercana la comparación con el 5 de abril de 1992. Esto es falso. La mayoría de congresistas no merecen poseer una curul. Ellos mismos lo saben. Siendo objetivo, debe señalarse que un otorongo no sabe de harakiri y por ende no se arriesgaría a censurar dos gabinetes seguidos para que, legalmente, lo expulsen del Congreso. Por ende, la conclusión evidente es deducir que, en el futuro cercano, no habrá crisis a la democracia como régimen oficial. Sin embargo, la más evidente de las conclusiones es que, aunque hoy 17 de marzo se dio la confianza al desdibujado gabinete, las abstenciones del viernes 15 fueron un llamado de atención que ha sido representativo y que se espera no sea desentendido por el Ejecutivo y que se espera no sea triunfalista para los medios en general.