I

Le queda un ciclo más de estudio en la universidad. Eso significa un año más. La universidad es una inversión, una larga inversión que no se sabe si resultará en los mejores frutos. Da igual, la educación desclasa. Pero es un año más.

—¿Cómo que un año más? ¡Te dije!

—Pero, ma, voy a chambear.

—¿Te estás viendo? No digas.

¿Qué puedo hacer?”, piensa luego de ver a su madre beber café mientras ve el horizonte del mar sureño, “soy bueno para las letras, me gusta leer, y tengo facilidad de palabra como dominio del pulp, público diré. ¿Qué hago?”.

Reluce, de pronto, una publicidad de escuela. “Eso”, piensa.

Dejando de lado la natural molesta materna, se enfunda el uniforme de trabajo. Un jean negro y una camiseta de la que una muchacha cuestionaría: “¿No eres gay?”.

Va a su destino, desenvuelve su ingenio, bota sus miedos. “Si eres joven, muévete, haz algo. Que se mueva el cuerpo y tus ideas”. Llega a la escuela, ahora es moderna, de su techo cuelgan jóvenes caras, el futuro, los nuevos cachimbos que reclamarán al país y al mundo lo que merecen. Traga saliva. Ha terminado el colegio hace 8 años. ¿Se acordarán de él? Para su suerte una vieja cara. Lo mira con atenta seguridad. La autoridad lo mira también, lo tasa, le dice:

—Tú… —dice mirándolo—, tú… Tú has estudiado acá.

Viejo alumno, integrante de la primera promoción, se presenta, le devuelve la palmada.

—¿Yquétalcómoestásquéesdetuvidaquégustoquédicetupromo?

—Bien, bien, sigo viviendo al frente…

—Ah —le dice a sus veintitrés años—, ¿todavía no te independizas?

—Para eso vine.

—Ah… —va cambiando lo que fue una cara que quiso ser pedante-.

—Sí —retoma las riendas— ahora estudio Ciencias Sociales, en la Universidad Popular. Y, bueno, manejo Literatura, Filosofía, Geografía y, mi fuerte, Historia.

—Ah, mira tú…

—Y quería ser asesor por las tardes.

—Oh —cambia la posición del juego— pero tú sabes que las asesorías solo son de números.

 

II

Dicen que es la mejor universidad de la región. No se lo creen sus autoridades —que mandan a estudiar a sus hijos a Europa o a EE.UU. y lucran con ella cuando se les antoja. Es normal: es la universidad humanista—. Sí se la creen los alumnos que se visten con el nombre de su centro de estudios y saben emplear muy bien el argumento de “somos mejores que las nacionales, estas son una bicoca”, ahondando con ello viejas brechas, surgidas, como se sabe, en las más ineptas de las lógicas de la competencia.

Poco a poco, determinado comportamiento asalta a sus alumnos. Te conocen, pero no te saludan. Los ojos se cruzan, pero solo por instantes pues la permanencia molesta y saludar es cosa de otras épocas patriarcales, pre-modernas, tan cojudas como la imagen de la mirada huidiza que con lentitud penetrante se hace parte del modo de vida de este lugarcito.

Wau…”, dice quien aprendió a ser indiferente y pechofrío a la fuerza, como piedra horadada por la lluvia, “otra temporada entre los hielos”.

El autor de este “wau” dibuja. Y la poquedad de la gente, no obstante, no lo ha privado del todo del calor. Cuando se da la oportunidad, no deja de perder un buen abrazo, una buena charla, una buena compañía. Se olvida de que no todo es dinero, vestimenta, estatus y posiciones y simplemente es. Hay que verlo en ese estado.

Particularmente recuerda el día en que, estando en una capacitación laboral, detrás de él estaba un amigo que se perdió. Ramón, se llamaba. Y le gustó verlo, sobre todo emparejado como estaba —tan ingenuo, tan embobado, tan gil como un enamorado—. El tal Ramón se había encontrado.

“Lo dibujo”.

No costaba, tenía práctica. Un trazo por ahí, otro por allá. El lapicero negro hacía lo suyo simplemente. Dos minutos, listo.

—Mira.

—¿Es él?

—¿Qué crees?

—Mira.

—¡Oye…!

Al turno de Ramón, el pecho de este se engrandece, la respiración cede un tantito, a la cara le surge una sonrisa temblorosa, de esas que son inevitables para un tipo que pretende ser duro. Se satisface —al final— plenamente y sin ver al dibujante, corta con cuidado la página en la que está el retrato. Abandona lo inservible, o sea, las notas de la capacitación, y se queda con su dibujo. El dibujante está satisfecho. De pronto, Ramón recuerda algo y saca el dibujo, lo mira, al dibujo, lo mira, al dibujante, sonríe y con voz de niño de barrio maleado que ve la luz, le dice:

—Oe, pon tu firma, pe mongol…

III

Hay veces en que el cerebro aturde, se vuelve un soplo huracanado, las venas un río candente y la única manera de dominar no es el tranquilo yoga, sino el caudal que produce el ejercicio físico.

Salir a correr para borrar las cosas, salir a correr para esclarecer la mente, salir a correr porque ves sin nitidez al parque y eso te hace alucinar que eres un indio dispuesto para la caza. El sudor te apacigua, el dolor y el esfuerzo de tus músculos aun más. ¿Existen los héroes? Puedes ser uno. Nadie te mira, solo los ojos insondables de tu alma. Te curas, lo necesitabas. El huracán se vuelve calma, una limpia laguna a la que ninguna piedra la hará ondear sus aguas. Agradeces, es un renacimiento. No puedes volver atrás, si pecas, te levantas. Suena simple, a ver cúmplelo.

Con la camisa regada de sudor, con la cara de abuelo salido del infierno y que conoce el cielo, piensas en que tus contradicciones son otro lenguaje, un tanto malo, un tanto duro, un tanto malandrín de decirte: “¿Qué esperabas, que te la pondría fácil?”.

Y te oyes, y oyes a un tal Isak Dinesen que dijo, mientras veía un rumor de esperanza, una sangre de alegría: “Todo se cura con agua salada: con sudor, con lágrimas o con el mar”.

 

 

Foto: Ingrid Campaña

03-03-16