Editado por Massiel Román Molero

Hace unos meses, di un break largo a esta serie que, tanto o poco, me emociona: The Walking Dead. Quizá ya ha pasado de moda. Tal vez no tenga más de qué hablar porque murió ya Carl o porque sacaron a patadas a Rick.

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Chandler Riggs como Carl Grimes

Me parece infantil ver cómo las cifras de seguidores, quienes se hacían llamar “fanáticos” de la serie, no ha parado de ir en picada desde que Negan decidió jugar con Lucille, y las cabezas de uno y otro personaje favorito nuestro –digo nuestro por aquellos que, al menos, se han dignado a ver unos episodios más–.

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En fin, conforme ha ido pasando el tiempo, The Walking Dead me ha hecho llorar menos. Ha tenido episodios malos, muy malos, de rellenos; algunos buenos; y unos tantos entretenidos, en los cuales había muchas tripas, sudor y sangre. Ya saben, lo que nos venden en las portadas que claman el porvenir de un nuevo capítulo o temporada.

Conocí la serie hace unos 9 años atrás cuando mi tío vivía conmigo y estaba a cargo de la casa (excepto los fines de semana). Mis padres trabajaban demasiado. Mi madre residía más en Gamarra que en casa y mi padre, si no era mandado de viaje a Asia, pasaba su tiempo en Edelnor. Entonces, como les decía, éramos mi tío y yo.

En una de nuestras cortas aventuras por Polvos Azules decidió cambiar la típica ruta que teníamos. Nos acercamos a un stand y compró una caja llena de vídeos. “Ya, Isa, la mitad de la caja es mía. La otra es tuya”, me dijo. Recuerdo que elegí varias películas animadas de Disney, esas que me encantaba reproducir unas diez veces a la semana. En cambio, a mi tío le gustaban las películas de fantasía y acción.

Mientras seguíamos seleccionando vídeos, el chico encargado de promocionar sus productos audiovisuales nos preguntó: “¿No se llevarán nada de terror? Tengo una serie buenísima de muertos”. Fue así que The Walking Dead entró a mi vida. Todos los días veíamos unos cuantos episodios, ya que a mi madre le causaba gran repulsión ver muertos vivientes. Así que, los almuerzos o cenas eran los momentos perfectos para escabullirnos en el mundo de Rick Grimes.

Andrew Lincoln como Rick Grimes

El tiempo pasó. Las personas se enamoran y establecen familias. Mi tío hizo lo suyo. Se fue de la casa con su hija y esposa. Por mi parte, quedé dolida. Sentía que me habían arrebatado no solo a mi confidente de vida, sino también a mi compañero de comida y películas. Cuando eres puber, las emociones se sienten más intensas, pegan más fuerte. Fue así que dejé de ver la serie por unos largos meses. Sin embargo, las promociones de los nuevos episodios invadían mis redes como no tienen idea, así que terminé tentada a regresar a ese refugio, pero esta vez sin que nadie me sujetara la mano.

Cada vez que veía un nuevo capítulo me sentía sola. Sin duda, la estaba pasando mal. Traté de convertir a mi padre en un fanático para que pudiera reemplazar a mi ex acompañante. No lo logré. Mi padre siguió la serie, sí, pero a su manera. Luego conocí a Mayra. Ella es otra de las personas que también dejó de verla, al parecer. Lo mismo pasó con Rataly.

Intento tras intento solo me permitió darme cuenta de algo: era momento de dejar atrás ese peso y continuar. Los meses pasaron y se fue dando poco a poco. Llegaba a mi casa, después de la universidad, todos los lunes unos 10 minutos antes de las 10 p.m. para ver la serie que parecía que nunca terminaría. Me servía mi cena y prendía la tele. Cada vez que mi madre pasaba por mi lado siempre decía: “Isabu que desagradable es verte comer cuando ves puras tripas y sangre volando”. A mí me gustaba repetirlo, como un ritual, con más ahínco, solo para joderla.

Unas veces, Randú, mi hermano pequeño, me acompañaba en las transmisiones. Otras, estaba Héctor. También tenía días en los cuales no estaba nadie y ni siquiera Dasi, porque ella detesta oír los rugidos que hacen los muertos al caminar. Dasi para las orejas y se pone modo alerta. Cada que doy play al capítulo, y comienza el rugido, huye. Quizás este es el único momento que no compartimos, pero ahora ello no importa tanto.

Mi obsesión por los muertos o zombies con el transcurso de los años ha ido creciendo, y eso se lo debo a mi tío. Tanta ha sido mi devoción hacia estas criaturas que decidí llevar un curso de maquillaje para aprender a caracterizarme como estos seres. También me he dado cuenta que la mayoría de mis trazos con lápices garabatean seres con ciertas características degradantes. En mis tiempos libres me la paso buscando materiales audiovisuales que tengan como protagonistas a cualquier tipo de muerto: El amanecer de los muertos, iZombie, Fear The Walking Dead, Santa Clarita Diet, etc. Y es que me he ido dando cuenta que mi vida sin sangre ni tripas no es divertida.

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Norman Reedus como Daryl Dixon

Ayer retomé los episodios que había dejado pendiente hace unos seis meses atrás gracias a mi pesada tesis. Héctor vino a acompañarme y trajo una botella de vino para hacer más entretenida la historia. Los primeros segundos de la temporada 10 me dieron un golpe en la cara al ver que los personajes que había conocido cuando tenía 13 años han dado un giro tremendo de personalidad. Los tiempos cambian, sí. Y no solo para las películas, sino también en el mundo real.

Mi tío ya no está conmigo. Ni un bus ni avión me llevarán a él. Eso se debe a que en el mundo de los difuntos aún no se crean algunos tipos de movilidad o conexión con los vivos. Sin embargo, eso no debería importarme tanto porque yo he encontrado una manera de siempre tenerlo cerca: ver The Walking Dead es solo una de ellas.