“Lamentablemente, muchas bibliotecas de colegios nacionales alrededor del país se han convertido en un depósito de libros. Por eso, desde el primer momento en que decidí comenzar con este nuevo proyecto, quise apostar por una biblioteca diferente, una biblioteca en la que mis estudiantes puedan sentirse como en casa”, me comenta Edison Zegarra, mientras conversamos observando el cerro San Cosme. Mientras tanto, cuatro alumnos suyos se encuentran dentro de la biblioteca acomodando las mesas, buscando los tableros de ajedrez y preparándose para una partida rápida. “No están buscando libros”, fue mi primera impresión.

La imagen de una biblioteca escolar normalmente es la de un lugar cerrado, excesivamente silencioso, con un bibliotecario gruñón y, sobre todo, vacío. Sin embargo, en la hora del recreo, esta biblioteca puede convertirse en un imán de personas, en donde los estudiantes del colegio José Martí pueden divertirse y aprender de muchas maneras: buscando libros, comics o revistas, viendo películas, haciendo sus tareas, o con juegos de mesa. El amor por los juegos de mesa creció tanto en el colegio José Martí que Edison decidió seleccionar a un grupo de alumnos, quienes participarán en los campeonatos interescolares desde este año. Por este y muchos otros motivos, Edison no solo es el bibliotecario, es mucho más que eso. En un par de años, se ha ido convirtiendo en un amigo para muchos estudiantes, a quienes les dedica la mayor parte de su tiempo.

Edison ha trabajado en la Biblioteca Nacional desde julio del 2013 hasta diciembre del año pasado, fecha en que renuncia para poder ser bibliotecario en el colegio José Martí, en donde, paralelamente, ha trabajado como auxiliar de educación desde el 2015. La historia nos dice que el colegio nacional fue creado el año 1961 en el gobierno de Prado. Inicialmente, brindó el servicio educativo de nivel primaria, pero con el pasar de los años y a petición de los padres de familia, crearon el nivel secundario. “En los meses en que yo decidí irme de la Biblioteca Nacional, me han seguido llamando, incluso con un sueldo mucho más alto que el de un colegio. Mira, cualquiera no habría dejado ese trabajo, no solo por el sueldo, sino también por el lugar. Pero algo hizo que yo decida venir a trabajar aquí”, comenta Edison.

–Dijiste: ¿Voy a probar suerte?

–No. En los años en que he trabajado en José Martí como auxiliar de educación, he podido conocer cuál es la verdadera situación de este lugar. Pude conocer un montón de historias bonitas, pero también otras muy difíciles. Además, sabía que carecían de una biblioteca bien implementada y que les sirva en realidad. Yo quise comenzar por ahí. Por eso he rechazado otros trabajos.

–¿Te encaprichaste?

–Por supuesto (se ríe).

Decidió combatir esas historias tristes con todo lo que su biblioteca pudiera brindar a los alumnos. No solo ha organizado las distintas clases de libros, también ha realizado talleres de lectura y cuentacuentos con ayuda de otros trabajadores. Además, está pensando en realizar un taller de inglés con unos amigos extranjeros. Su propuesta se basa en innovar. Sabe que las estrategias de la vieja escuela no sirven: “si tú sabes que los alumnos se aburren leyendo libros de literatura clásica, por qué no decirles que traigan sus propios libros, algo que a ellos les guste. He tenido alumnos que les gusta la poesía, otros que les gusta Harry Potter. Hay uno que me está pidiendo el último libro de Dross”, añade.

–El último de Droos…¿La segunda parte de Luna de Plutón? –pregunto–.

–Exacto –responde–.

– ¿Y qué haces cuando falta un libro que te piden?

–Yo sé que acá todos son peloteros, así que organizamos campeonatos de fútbol y cada equipo aporta una cantidad determinada para la inscripción. Así, con lo recaudado podemos comprar nuevos libros, libros que el Estado no necesariamente nos va a dar”.

– ¿Crees que el Estado remodele la biblioteca?

–Hasta donde sé, están planeando remodelar todo el colegio, pero, siéndote sincero, para eso van a pasar muchos años. Pero yo ya tengo planeado pintar la fachada. Tengo un amigo que es muralista y que puede hacerme el favor. Quisiera que sea la imagen de Mafalda en la que dice que “vivir sin leer es peligroso, porque estarás condenado a creer en lo que te digan”.

Mientras habla, puedo ver la esperanza en sus ojos, esperanza que va reviviendo cada vez que un alumno sonríe leyendo un libro o jugando algún juego de mesa.

***

Cuando terminamos de hablar, entramos nuevamente a la biblioteca. Jhon, Martel, Luis  y Royan aún siguen en la partida de ajedrez. Me quedo observando mientras trato de recordar las épocas en las que yo también lo hacía, solo por diversión. Hasta que, de pronto, uno de los alumnos de Edison me llama y me pregunta si quiero jugar una partida con él. Al principio me sentí intimidado, pero luego me vi ordenando las piezas negras sobre el tablero.

Mientras jugamos, los demás me van diciendo que en los recreos (que duran 20 minutos) el ajedrez es el juego preferido, y que la biblioteca es el lugar que más se llena. De alguna manera, ese amor que los cuatro niños sienten por su biblioteca se ha ido forjando desde la llegada de Edison al colegio de San Cosme. “Nos cae mejor como bibliotecario que como auxiliar de educación”, me comenta uno mientras los demás se ríen. Otro agarra un libro de los estantes del fondo y empieza a leerlo en voz alta. Cuando le pregunto qué novela es, me responde que no es una novela. Que es un libro de poemas.

De pronto, empiezo a sentir que el ambiente no está para nada callado. Se empieza a llenar de nuestros pensamientos, el sonido de las piezas de ajedrez que van desapareciendo una por una, y las palabras que salen del libro de poemas de Vallejo.

Para cuando vuelvo a la normalidad, una voz me dice “¡Jaque mate!”.