Siempre he creído en la capacidad de los videojuegos para la transformación social a través de los mensajes que son capaces de transmitir con su propia peculiaridad lúdica. Metal Slug no es una excepción. Decidí volver a jugarlo hace unos días, ya que el tiempo libre me permitió desempolvar mi vieja consola de Playstation.

Hasta hace poco, creía que Metal Slug era un excelente juego que no necesitaba de un argumento trabajado, solo uno que fije un contexto de guerra, pues su mayor fortaleza se encontraba en la emoción proporcionada de correr y disparar contra cientos de soldados. El vértigo corría por mi sangre en cada uno de esos cortos 40 minutos. HEAVY MACHINE GUN, resonaba en mi mente.

Estaba equivocado; y mucho. Durante todo el juego, mientras uno se dedicó a matar y morir; subirse a tanques; salvar hippies que otorgaban regalos escondidos en sus pantalones; coger miles de frutas, animales, monedas, y todo lo que proporcionara mayor puntaje; no fui capaz de captar —nunca— lo que realmente sucedía allí.

Una vez derrotado el jefe final, se esperaría un gran ending, en el que se reconozca la gran valentía de tu personaje que acaba de salir airoso del combate. Sin embargo, la escena final nos muestra a un solitario soldado enemigo que lanza un avión de papel el cual empieza a recorrer los diversos niveles por los que pasamos.

Es allí cuando vemos el rastro de nuestra ardua batalla: autos destruidos, soldados muertos por todos lados, algunos quemados, otros aplastados, incluso algunas tumbas con los cascos colocados en un palo enterrado en el suelo. Esta escena va acompañada de una música que confunde, pues es triunfante, pero el ambiente no va de la mano con ello. Súbitamente, el tono de esta cambia, se hace más lenta, más oscura… y es entonces que la vemos, una mujer lamentándose frente a la tumba de un soldado, el viento le quita el sombrero, ella se abraza con frío. El avión sigue su curso y nuevamente la música vuelve a la tonada inicial y el avión se despide en medio de la noche para que en la pantalla los créditos terminen con un “FIN”.

Qué excelente giro nos proporciona Metal Slug. Mientras uno se enfocaba en destruir todo lo que veía a su paso, era incapaz de reflexionar acerca de lo que estaba haciendo. Aunque claro, la animación del juego, incluso las muertes propias y enemigas, resultan graciosas; pero eso es lo que engrandece la forma en que se trasmite el mensaje final, pues oculta el lado atroz de la guerra por medio de una emocionante lucha.

Con el ending es posible detenerse a pensar en la perspectiva del otro y dejar de ver la propia. El juego logra humanizar al enemigo, hacerle ver al jugador las consecuencias de la guerra. Una vez entendido esto, ciertas cosas cobran sentido. Durante el juego, hemos recogido muchos objetos por puntos extra sin reflexionar en lo que simbolizan como las cartas que soltaban los soldados que matábamos, los cuadros de fotos o las muñecas de trapo. Todos estos remiten a recordar a sus seres queridos.

PEACE FOREVER, es el último mensaje. Es increíble como un juego arcade de 1996 tiene un mensaje tan sugerente por la forma en que se transmite, oculto entre la propia diversión, lo cual ciega al jugador de percatarse de algo más profundo. Los videojuegos son tan misteriosos, emocionantes y envolventes que nunca dejo de maravillarme.

Metal Slug es, sin duda, una obra maestra.

Link del ending: https://www.youtube.com/watch?v=ukBzGrsA1Ds