Texto dedicado a la juventud entregada, a Rocko, al cabello largo de Flavia, a la gentita valiente de Bellas Artes (¡Grissel!), a los periodistas queridos de la Bausate, a Pamela, a Wilder y su chalina ambigua, a Kiki y su máscara de la victoria, a Carlos Valverde y su intención de aprender a cazar peces, al chofer del bus que tocó el claxon, a Andrea Cier por tener tanto control de sí, a los que caímos en la trampa de Wilder, a Wilder por mentirnos, a Patita por enseñarme a llevar debidamente la mochila en las marchas, a los que salieron, y a mí mismo por valerme del deber… Gracias para quien se encuentre en estas líneas, gracias por haber luchado. 

 El hombre llega para partir de nuevo.

 

Fue hace exactamente un año que la juventud peruana abandonó la ropa de moda y la piel atendió a la dignidad. Abrió la puerta de las casas, se enfureció por redes y en el cara a cara y tomó las pistas, calles, plazas, de su boca hizo un volcán. Hombres y mujeres. Tal cual se lee, nunca “pulpines”. “Pulpines” nos dijeron los inocentes que se quedaban en la zona de confort. Porque yo siempre tuve mis miramientos cuando a los que marchaban les decían “pulpines”. Pulpines, o sea, pavos, eran los tecnócratas que diseñaron la ley del infecundo nombre. Sí, contradictorio: actualmente ellos son los que cortan el jamón. Y se cayó la ley y vino la guarecida ley Pulpón pero…

Fue hace un año cuando, saliendo de la chamba, me comí un rasta, aquella hamburguesa de dos soles del Tío Bigotes y, haciendo caso omiso a mi incredulidad y dejadez, y a las presenciales brasas de la mañana del lunes 26, me fui al Centro.

La quinta movilización ya había salido de la Plaza 2 de Mayo y yo esperaba darle el encuentro. Llegando a Quilca me llama mi amigo el cuentacuentos Kiki Saurio, diciéndome que ya llega, que viene con una tropa de poetas. Espero al Kiki en la caliente Plaza San Martín, mientras me acerco a los periodistas que están esperando la llegada de señal para reportear algo. Intento informarme de cómo marcha la marcha, pero solo escucho que un tío les grita “vendidos” y otras cuantas perlas más.

–Nosotros sí informamos –dice el sospechoso de la prensa. Nadie le cree. Debe saberlo: está en territorio hostil.

Al rato, llega el amigo, rodeado de esas extrañezas humanas llamados poetas. Portan una bandera negra y latas de aerosol. En el piso de material negreado recrean una frase después de deliberar: “Más poesía / Menos policía”, mientras botan a la prensa que se acerca como hienas. Es poca eso sí, pero eso no evita que nos repelan sus soeces gemidos. Mas uno de los poetas se queda, un tal Piero Ramos.

patita esss(Foto: Patita És)

– Ese posero, conch… –dice afectado otro poeta de enrabiado y anarquista pelo rizado, aunque sus ojos no evidencien tal malestar cuando se posan en Ramos, que parece tener talento para hablar por cámaras.

Después de hablar con los viejos y curiosos, vamos por toda Colmena hasta Abancay, en donde, al poco rato, conectamos con el grueso de la marcha que, a mediodía, soporta el calor del sol. En esos momentos me pregunté si la marcha tendría los efectos deseados: maniatar a la previsible red policial que defendería el Congreso y asediarlo hasta que la ley diga: ¡No voy más!

La llegada de la comitiva de poetas y amistades fue oportuna, pues le fue sencillo tomar parte de la delantera. El tramo parecía libre pero, terminando El Hueco, apareció un cerco policial compuesto en su totalidad por mujeres policías con manos envueltas en guantes blancos. Urresti, ministro del Interior en ese entonces, quería dárselas de subliminal y decirnos que no intentáramos nada. Pero era puro floro para el aparato mediático y para la psique: detrás de ellas se situaba un fuerte contingente de tombos que en las anteriores oportunidades se había portado realmente mal. Ojos a la espera del ataque y un gatillo que lance al aire la bomba que nos hace lagrimear.

patita es(Foto: Patita És)

Los emisarios de los grupos marchantes se pusieron a discutir y yo pude ver cómo los periodistas hacían “coleguismo” y les valía madre la marcha. Ramos, nuevamente, se buscó un espacio y frente a todos recitó un poema de Vallejo, “Piedra negra sobre…”, que me impresionó no por sus dotes actorales, sino porque lo hizo con puro asco, con puro hígado, con puro verbo enardecido. Ahí me cayó bien Ramos y desde ese entonces me aprendí el susodicho poemita.

El sol era infernal, ya era hora del almuerzo y la marcha que se había hecho creciente ocupó los dos carriles de la Abancay. Logré ver, en esos idas y vueltas interminables, a una compañera de antropología, Sandra, que me saludo, me habló una cuantas cosas y se alejó suave como vino.  Yo me quedé muy felizmente sorprendido, la loca se iba donde su zona, la 9, que comprendía Pueblo Libre, Jesús María, Breña y Lince. Se dirigía al carril de venida de San Juan de Lurigancho, que era donde se puso la mayoría de la gente y de las zonas; o para ser más exactos, en la generosa franja que deparaba la sombra del edificio de la Corte Superior de Justicia de Lima, la cual abarcaba, ciertamente, ambos carriles. El buen margen en el que daba la luz solar quedó casi desierto y por esa vía fluía un viento díscolo. Las banderas de las zonas, colocadas en el intermedio de la pista y de algunas paredes cercanas bailaban al son del aire, como posesas. En ese momento quise aprovechar mi soledad y ganarme con el vozarrón refrescante. Solté mi cabello como se suele hacer en las películas, pero como no me había bañado, el tieso pelo ni cedió. Me lo amarré al instante.

patita ess(Foto: Patita És)

– Oe, ¿dónde estás? –me foneó un tipo que, al día de hoy, torpemente se olvida de escribir poemas.

– Ahí, ahí –le imprecisé mi dirección.

Nos encontramos, y con uno de sus amigos decidimos llenar el buche. El chifa de sonrojada carne procesada no nos convenció, así que caminamos un poco por el Hueco, hablando y riéndonos. Cerca al penal San Jorge, vimos la salvación: pescado frito. “¡Ay qué ricooo!”, exclamó en verso nuestro poeta en peligro de extinción.

10612749_10205891419108499_7649394356131363141_n(Foto: Joan Abrill)

Y comimos, comimos rico y felizmente no nos dio la bicicleta. Volvimos, descansamos en un lugar en el que solo una vez a las quinientas o por una ley espuria se da la oportunidad y el poeta se perdió con su acompañante. Yo me quedé esperando a ver qué ocurría. Al poco rato, se produjo un conato de bronca al que una treintena de personas se acercó corriendo, excitados y anhelantes de emoción. No era nada: a un chibolo lo habían confundido con un terna. Yo hice lo posible para decirle: “No la cagues, tío. Todos están tiquitiqui ahora. Suave”, pero creo que no le dije nada. Solo lo mire.

Al rato, en una hora que se olvidó por el jolgorio, se dictaminó: ¡La ley Pulpín cayó! Y todo fue un solo salto, una sola unión, una tremenda emoción. No hubo quien no festeje, quien no grite y quien no salte cantando. Se arrojó agua y empezó el pogo menos violento pero más político que se haya podido ver.  Todo fue hermoso. Unos avezados querían fregarla intentando mecharse con la tombería –al parecer eran del Movadef o afines–, pero la sangre no llegó al río porque ya la marcha, presurosa, se enfilaba feliz y plena, hasta la histórica Plaza San Martín. Al pasar por el Parque Universitario, el chofer de esos buses verdes que pasan con tranquilidad por el Centro tocó la bocina varias veces en señal de solidaridad con el pueblo joven. Yo le hice como suelo hacer cuando estoy bacán: la movidita de manos de Ronaldinho.

La marcha dio vueltas a la San Martín. Yo estaba nuevamente solo y me encontré con Wilder, un líder de masas, y a su musa de entonces, Pamela, la periodista de la Bausate. Hicimos click rápido –en el sentido amical– quizá porque empecé a improvisar arengas en las que mencionaba a futbolistas como Messi, entre otros. Me sorprendí de mi capacidad para mezclar fútbol y política en unas cuantas rimas y me aluciné como potencial animador de eventos marchísticos. La marcha, como les digo, siguió, y cuando llegó toda al interior de la plaza misma, se volvió un carnaval. Hombres y mujeres vestidos de rata bailaban en un círculo y una mujer de tez clara empezó a bailar como si intentara despertar a viejos espíritus; se le sumaron otras mujeres, igual de auténticas, pero la belleza salvaje de la primera quedó perenne. De otro lado, algunos voceros de las agrupaciones de las marchas hablaban a la juventud, pero no se puede afirmar si se les escuchaba. En medio de la plaza, todos bailaban en ronda, frenéticos, y no fue hasta que a este redactor se le ocurrió que De San Martín y su caballo se podían integrar a esta, que la ronda fue verdaderamente inclusiva con sus héroes patrios: la jubilosa ronda le dio toda la vuelta al inmenso monumento.

10968466_1563034397301653_248800819553551927_n (1)(Foto: Supay Fotos)

La fiesta continuó por otros cauces, los grupos se dividieron para celebrar más en confianza. Algunos fueron a beber a Quilca, otros hacían la chanchita y se quedaban chupando en círculos. Yo me quedé con mis nuevos amigos de la Bausate y a Dios gracias que no había algún tipo que no aguante pulgas pues los agarré de punto a los bisoños periodistas. Fue ahí que me tuve mis 15 minutos de fama pues salió una matriarca preciosa de pelo amarillento y cejas y ojos de Venus que, mostrando el ombligazo, pidió que un valiente baile con ella. Emocionado por el momento, me puse a su disposición y le mostré mi saoco. La Yahaida, que hacía de las suyas en ese tiempo para el extinto diario El Panfleto, osó pasar por ahí y eternizar el instante en que, entregándome con todo, le dije con mi cuerpecito a la mujerota que si deseaba, podía convertirme en el animal a ser sacrificado.

10945387_1566796793565976_7252671193959713310_n(Foto: La Yahaida)

No era de nunca acabar. Atendiendo una nueva llamada de mi compadre Kiki, fui a Quilca, en donde pude ver a ese señor de la San Martín que parece rasta por su sombrero abultado en la parte de la nuca y con una pequeña visera protectora. Pero resulta que no es rasta, sino un simpatizante más de Sendero Luminoso. Por alguna razón le hago el habla y me invita su cerveza virgen. Descubro la felicidad pues un envase de sus dimensiones margaritas es vendido a 6 soles. La vida. Lo bebo y regreso a Plaza San Martín, donde veo que estudiantes de la UNI han apelado a la billetera y hecho sus propios muros de contención: uno de ellos se apoya en un bloque del deseo formado por numerosas latas de cerveza. Una mujer camina y baila como una amazona, y nos demuestra que el equilibrio corporal no es propiedad de los pacíficos practicantes de yoga, sino de los que luchan y gozan la vida. En su cabeza se contiene la armonía universal: una lata tintinea lo sexy.

–Cuidado que se cae –cojo la cerveza y doy un sorbo.

Ya es de noche, y la gente va preguntando a dónde irá a seguirla. Viene Wilder y le dice al grupo de Bausate, que poco a poco enflaqueció, que hay tono en Lima Norte. Es el mes en que se origina mi desconfianza a Wilder pues él moviliza a un promedio de diez personas (y algo más) y, repuntando la medianoche, nos lleva hasta un parque olvidado de Los Olivos, cerca, como a cuatro o cinco cuadras, de la municipalidad.

– ¿Y la casa? –pregunta el fastidiado grupo mientras las manos palpan el césped.

– Puta, cholo –dice echado sobre el pasto, en otras, y creando un matupoema con la luna y las estrellas, y quizá un gato negro en decepción– no le dejan poner su jato a mi causa. En dos horas dice –termina, con su voz de chibolo castigado en cuerpo manganzón.

Lo mandamos todos a la mismísima al pobre Vildercito y nos vamos. El taxi cogido me deja en la Universitaria, me subo a una combi, y ya adentro, siento tierno a mi corazón, mi ropa está seca pero huele a sudor mío. Fue un inmenso día, conocí a valiosísimas personas que hoy por hoy dónde estarán –los quiero– y, cuando miré al cielo, al celeste tardío de ese lunes, vi con claridad que un perro nos aullaba de felicidad, cuando corría endemoniado por las nubes de su edén.

10290_10153260693356120_6656404413387991207_n(Foto: Patita És)

27-01-16