Ahora entiendo como su mínima figura se alzaba entre las cosas cuando sus dedos se hundían en el violín. Ahora entiendo, además, cómo José María Arguedas confió su irremediable muerte en una canción salida del genio de este hombre. Él era Máximo Damián.

Quizá, por fin, la melodía traspasó el umbral de la Tierra y hoy decidió explorar dimensiones ocultas. Su pasión abarcaba la sensibilidad ganada por cambiar el país, en hacernos cada vez más justos entre peruanos, en buscar la igualdad perpetua. Eso era: un hombre predestinado a llegar a las entrañas, y hacernos un revoltijo de sensaciones sin decirnos nada, tan solo valía la energía de su furioso violín.

San Diego de Ishua, su pueblo natal, allá en Ayacucho, era su mayor inspiración; de hecho, se presentaba siempre como “el violinista de Ishua”. Nació el 20 de diciembre de 1936 entre una familia de campesinos y músicos. Aún las grandes carencias materiales, encontró responso en su padre, un violinista curtido de la zona. Pese a la inicial negativa de él, terminó por aceptar que su hijo aprendiera a tocar escuchándolo y, tras una travesura imperdonable, Máximo viajó con su tío hacia la costa: primero a Nazca, luego, a Lima.

Si bien no pudo acabar la escuela primaria, la sensibilidad por el arte fue pródiga con él, a tal punto que sabía de memoria 4000 notas musicales sin necesidad de partituras, convencionalmente urgentes para un músico que se precia de serlo. “El conservatorio de Música quiso escribir en papel las canciones mías, pero no pudieron por los quiebres que hacía”, me confesó una vez en su casa de San Miguel.

Ya en Lima, hacía las veces de guardia nocturno o de trabajador doméstico. Su arte estaba en franco declive, si no fuera por la insistencia de sus paisanos asentados en la urbe. Bajo la venia de ellos, inició una carrera paralela a sus labores tocando el violín. La recepción obtenida fue impresionante. En esos andares es como llega a él José María Arguedas, quien le propone dedicarse en cuerpo y alma al arte. Muchas veces Arguedas lo motivaba a persistir en sus raíces, en su talento nato; de esta forma se volvieron más que amigos, fueron hermanos.

Posteriormente, tras la muerte del literato, su vida viró de manera abrupta, llegando a la marginalidad, al olvido de una ciudad con ojos foráneos. Con terquedad siguió cultivando la música, él y el violín eran un diáfano cuerpo. Con ello, su esposa, Isabel Asto y su hijo lograron colocar, en su morada, una tienda de abarrotes, motivo para un sustento seguro. Así lograron persistir en los años.

En el mundo: una figura descollante; en el Perú: un recuerdo borroso. ¿Por qué? La respuesta es privativa de estudios pormenorizados que resultan en más preguntas que respuestas. Lo única certeza es que ser artista en nuestro país es casi un acto de inmolación, cuya soberanía radica en la pompa que en el barro creador. Por eso Máximo es un héroe, un extraño entre los suyos, un luchador por la memoria musical de esta tierra. Cuando todos se dieron con esta evidencia, el reloj jugaba al malintencionado, Máximo Damián yacía enfermo y desprovisto de toda mano. Así nos dejó, como un héroe cercano, con un arma sublime, su grandioso violín. Máximo Damián es una eterna canción.