Editado por Astrid Crisóstomo

¿Tercera Guerra Mundial? Esta pregunta, que vino flotando más por ánimo que por razón, se afincó con fuerza en la opinión pública e, incluso, en el debate especializado. De igual manera, la condena masiva hacia la administración Trump y la miopía hacia la complejidad de los hechos hicieron creer que nos encontrábamos en una espiral de violencia que podría desencadenar un enfrentamiento de grandes proporciones. Desde este espacio analizaremos con más detenimiento los hechos, sus razones y lo que podría pasar.

El general Qasem Soleimani, arquitecto de la política regional iraní y considerado héroe nacional, fue responsable de asesinar a una gran cantidad de estadounidenses durante años, dirigió y entrenó milicias consideradas terroristas en Líbano (Hezbollah), Siria y Yemen (Hutíes), y planeaba nuevos ataques contra altos funcionarios del gobierno norteamericano. Darle muerte fue considerado por las administraciones de Bush y Obama, pero el hecho de hacerlo implicaba siempre una directa declaración de guerra para Irán que tornaría Medio Oriente aún más inestable. Entonces, ¿por qué Trump lo hizo?

Si bien la justificación oficial fue “evitar una guerra, no iniciarla”, el asesinato de Soleimani debe de entenderse sobre todo como un intento de Estados Unidos por recuperar prestigio y reafirmar su rol en la región. En junio del 2019, Irán derribó un drone estadounidense; en septiembre, rebeldes Hutíes atacaron instalaciones petroleras en Arabia Saudita; en diciembre, milicianos chiítas bombardearon una base estadounidense y mataron a un contratista norteamericano; a pocos días de iniciado el 2020, la embajada de Estados Unidos en Bagdad fue asaltada. Estados Unidos estaba perdiendo cara, tanto para sí mismo como para con sus aliados regionales. 

En términos geopolíticos, Medio Oriente es una zona de suma importancia para las potencias debido a que en ella tienen lugar una serie de correlaciones de fuerza y proyecciones de poder. El hecho de que Estados Unidos pierda primacía regional implica dejar desprotegidos a sus aliados (Israel, EAU, Arabia Saudita), retroceder en la lucha contra el terrorismo islamista, dar terreno para el avance de potencias como Rusia o China, y dejar de tener influencia en el establecimiento de las “reglas de juego”. Para un país que aún se considera como el hegemón y principal potencia esto es impensable. 

Por otro lado, el asesinato de Soleimani ha dado un nuevo aire a Irán. Esta afirmación puede sonar controvertida de principio, por lo que es preciso retroceder un poco en el tiempo. En noviembre de 2019, Irán atravesaba una ola de protestas civiles que tuvieron como punto de partida la situación económico-social y el anuncio de aumento del precio del combustible. Las demandas escalaron hasta el cuestionamiento del ayatolá Jamenei y del modelo teocrático en sí. El gobierno respondió: corte de acceso a internet, decenas de muertos y cientos de detenidos.

De la mano con la represión, el régimen culpaba a gobiernos extranjeros de querer desestabilizar el país. Pero sobre todo, colocó como principal responsable de la situación a Estados Unidos debido a las sanciones económicas impuestas luego de que Trump abandonara el acuerdo nuclear. Si bien la retórica anti Estados Unidos ha sido una constante desde 1979, el asesinato de Soleimani ha logrado opacar los reclamos económico-sociales y unir a prácticamente todo el país en un solo objetivo: la búsqueda de venganza.

La respuesta de Irán dejó desilusionado a más de uno. El ataque a bases militares no estadounidenses fue advertido al gobierno iraquí, por lo que no hubo bajas de ningún bando; asimismo, los daños materiales han resultado ser poco significativos. Sin llegar a ser la tan aclamada venganza, el movimiento puede considerarse como una respuesta más pomposa que real que con un buen manejo de propaganda podría satisfacer los ánimos y otorgar legitimidad. A pesar de ello, su significado es bastante claro: Irán sabe cuál es su posición en la región, es consciente de sus capacidades y limitaciones, y sabe que Estados Unidos puede atacar con total eficacia el objetivo que desee.

Ahora, y aprovechando la cohesión política producto del asesinato de Soleimani, Irán aún desea la salida total de Estados Unidos de la región y ha etiquetado a su ejército de terrorista. Asimismo, cuenta con la capacidad de realizar proxy wars y un nada despreciable sistema de misiles, lo cual pone en alerta a los aliados norteamericanos en Medio Oriente. Sin embargo, las cosas ya están dichas y las ansias imperialistas persas han sido aplacadas.

Estados Unidos no va a retirar sus tropas, ya que hacerlo implicaría dejar un gran vacío de poder y caer en lo que trató de subsanar con el asesinato de Soleimani. La estrategia más sensata sería fortalecer vínculos de seguridad con sus aliados y generar un escenario de distensión que permita, incluso, la renegociación del acuerdo nuclear, pero ya en otros términos.

Con el mensaje de Trump luego del bombardeo a tierra queda claro: el asesinato de Soleimani fue una acción necesaria para reafirmar poder en la región y contener una posible ansia imperialista en Medio Oriente por parte de Irán