Never Rarely Sometimes Always es cine en su estado más urgente. Es cine sin demasiada pretensión, sin ornamento técnico o incentivos mercantiles. Son apenas principios básicos: una cámara y su objeto, en un tono de alarma, en un estado de suspenso permanente, en realismo y revelación. Si el cine tiene algún tipo de deber social, el film de Eliza Hittman lo cumple a la medida: toma prestado uno de los temas más controversiales de la actualidad -el aborto seguro y gratuito- y lo representa valientemente; empatía y sencillez en la pantalla. Con cámara en mano, una trama sin excesos, y tensos momentos en close up, deja que la audiencia se involucre casi en primera persona  en el drama que significa ser  mujer, joven y necesitada. Polémica, incisiva y lastimera, su visionado, como todo buen cine, no deja tranquilo. 

Never… comienza como muchas otras tragedias: con esperanza. La esperanza de Autumn quien, a pesar de su inseguridad e impopularidad en la escuela, decide tocar en el show de talentos frente a todos. La esperanza que, luego de afrontar su embarazo, se vuelve ingenuidad. Con una madre ausente y un padre inquietante, Autumn no sabe a quién recurrir. Hacerlo por ella misma no resulta. La esperanza se hace desesperación. Se vuelve nulidad. Entonces, ante la desidia de su familia -y de buena parte del gobierno- no le queda otra chance que viajar al otro lado del país y pedir un aborto en Nueva York. La acompaña Skylar, prima y amiga, de un corazón enorme y mayor ánimo que su compañera. Toca Planned Parenthood y un poco de ruego. Nueva York, sin embargo, no es un lugar de esperanzas. Al menos, no a la primera. O la segunda.

La cámara de Eliza Hittman, como decíamos antes, no es estática. No puede serlo tampoco. Sus protagonistas están en un frenesí constante. Están enfrentándose a la presión e indecisión. Los valores técnicos del film están en lo correcto. La puesta en escena es precisa. Deja espacio a las palabras y, más que las palabras, las emociones. Comienza el viaje.

Lo primero que hace Never Rarely… es interpelar. Interpelar una “sociedad libre” que parece no serlo. Preguntarse por qué el acceso al aborto no es seguro ni justo. ¿Es un film político? Digamos que sí. Digamos que apoya al lado pro-choice del espectro. Pero, más allá de eso, el film asume el status quo -en el que el aborto es un derecho- y se pregunta qué está mal allí. Sin mayor ánimo de denuncia, se filma el tortuoso camino por un aborto seguro. Autumn no tiene padres comprometidos y, al parecer, parece involucrada en una relación tóxica y abusiva. Al asistir a un centro de crisis -vinculado al movimiento pro-parto- recibe una atención cordial, pero intrusiva, e incluso manipuladora. Las llamadas no cesan. La información es censurada. Quien atiende no es una villana, sino una mujer y una convicción. Su convicción, por supuesto, se traduce en presión para Autumn. La información sesgada arruina sus chances. Así, la convicción moral de unos se traduce en daño a otros.

Es así que el film expone la intrincada dispuesta ética alrededor del aborto. Y Nueva York no es ajena a ello. Allí, vemos las consecuencias al desfalco de Planned Parenthood. Sin dinero, las intervenciones se hacen costosas. Sin dinero, Autumn no puede sino deambular en las calles, esperando al día siguiente. Por más que haya tacto y cercanía, Autumn parece quebrada. El daño es profundo. No sabemos cómo recuperarlo. Ella tampoco. 

Never Rarely Sometimes… funciona porque, dentro de todas sus intenciones, siempre privilegia la empatía. La mirada de Hittman es conciliadora, meticulosa, sutil. Las escenas se filman sin sonido, en primer plano, en pocos cortes. Nuevamente, cercanía, intimidad. La intimidad incomoda. Lo que nos dice Autumn, también. Hittman inteligentemente deja muchos detalles en misterio, solo para entrampar a la audiencia y forzándola a no dejar la mirada en otro lado que no sea la protagonista. Entonces, un interrogatorio. El guion recoge lo cotidiano y le da un valor alarmante. De igual forma sutil, Autumn revela cosas que la audiencia, a pesar de todo, no pensaba escuchar. Duele. El rostro contrariado de Sídney Flannigan, con pocas lágrimas, dice más que cientos de páginas de texto. Al final, solo quedamos nosotros y el silencio. Nada más. Nos duele que la realidad sea tan real.

Nuevamente, parece tragedia. Pero, ante todo, se mantiene la sororidad, La relación entre protagonista y su prima funciona. Nos preguntamos por qué. Quizás porque los personajes no se exageran. Quizás sean las fallas. Autumn y Skylar son torpes, ingenuas, confundidas. Lo mejor que tienen es el amor a la otra. Eso las motiva -u obliga- al sacrificio, con todo lo que eso implica. Nuevamente, por más que el film funcione compactamente, son las escenas individuales las que marcan la experiencia. Cuando Skylar  se ve forzado a ceder ante las pretensiones románticas de un extraño, con tal de recibir dinero para Autumn, se nos escarapela el cuerpo. ¿Acaso es la primera en ceder frente a la egoísta presión del hombre, disfrazado de “buen samaritano”? No. Esto no tiene nada de diferente a cientos de testimonios, algunos más desgarradores que otros. La historia de Skylar es una historia más del montón, de sacrificio y sufrimiento. Solo que esta vez está filmada.

Y allí la empatía. Autumn, entre la culpa y la preocupación, se acerca a Skylar y le extiende la mano. Un gesto cualquiera, filmado de forma cualquiera. Y nos conmueve. Nos da fuerzas. Hay una cierta dialéctica en lo que vemos: hay algo artificioso en lo que vemos -por la estética que plantea-; pero, a su vez, frente a la caótica vía de emociones, no podemos sino sentir algo espontáneo, natural y que, juego fílmico o no, nos parece tan honesto.

Never Rarely Sometimes Always cierra como una fábula, solo que no queda tan clara la moraleja. ¿Habrá que creer que, luego del procedimiento, la vida de Autumn será mejor? ¿Habrá que aferrarse a la sensibilidad? ¿Habrá que comprender el fenómeno del aborto desde una arista diferente, más humana, irónicamente, también más de mujeres? Podemos hacer todo eso, o simplemente agradecer por una experiencia como esta. Podemos pensar si existe otra Autumn allí afuera, de corazón abierto y mucha sinceridad.