Mamo pecho, celo incesto

Cuando empuje con todo mi peso la puerta del departamento supe de su óxido y antigüedad. Mi madre me seguía detrás con escobas, ollas y cajas de crayones, una miscelánea de mudanza. Llevaba puesto un gorro azul y rozando en mis piernas un robot plateado, me senté en el rincón vació que pronto sería la sala, el comedor o ambos con algo de una cocina también. Extendí mi atención en silencio hacia mi madre que desempacaba y acomodaba. Por fin se animó a levantar en peso bruto el viejo televisor, con esa gran barriga de cinco meses. Encendió el luminoso aparato. Eran ya las siete de la noche, salían titulares de noticias, los vi todos, hasta la última nota de sangre, quería acompañarla, no dejaría que llore sola esa noche.

Era invierno en Abancay y yo me quedaría compartiendo casa por semanas con un primo y su prima. Yo tenía once y ellos un año menos, eran dóciles y distantes a lo que decía. Pero Sofía, Fernando y yo mermaríamos la falta de sangre mutua, quebraríamos floreros, graficaríamos animales coloridos en la pared nueva y sobre alimentaríamos a los hámsters blancos. Con amenazas de desintegrar nuestro trío supimos encubrir nuestras travesuras. Había tenido aprecio por Sofía, y en una semana ella regresaría a Ica con el señor Domingo, tío de Fernando.

Con días de dietas de congestión azucarada, escapes a las veredas de la calle y maquillaje dispuesto en peluches de monos, mi madre entendió que la vida independiente de su niño no tomaría curso a los ocho años. En el departamento de una habitación rondaría una muchacha de Huancarama, eso me dijo mi madre antes de salir con el uniforme de enfermera sin planchar. Mientras descartaba canales donde asomarán señores encorbatados hablando de robos y un tal “Choledo”, recordaba que la “chica” llegaría a las once, su nombre era Dalila, tenía que preguntárselo antes de abrir la puerta.

Luego de un almuerzo que indigestamente terminaba con gaseosa, Fernando y yo eludimos a nuestros cebados padres y fuimos donde Sofía, que estaba jugando con plantas y ropas de muñecas, no le gustaba la carne de cuy. Nos repartimos a su alrededor y nos delegó piedras y ramitas ornamentales. Con torpeza decoré una “Barbie” y mis dedos se aburrieron, mi vista se redirigió a un pequeño mentón y ojos llenos de negro, que se ceñían al agregar detalles a la muñeca. Casi caí cuando quise tocar su cabello amarrado con ligas turquesas, ella no lo notó.

Mi impresión por el mar de esos ojos, la traslucidad de sus mechones recortados y lo níveo de su piel -casi pecado andido- no me sorprendieron tanto como el vendaje grueso en la oreja derecha de Dalila, la “chica”. Llevaba tocando la puerta buen rato, mientras yo hacía un “zapeo” compulsivo de los canales animados. Cuando me sentía escéptico del todo por su apariencia; interpuso un elemento familiar, la desafinación y falla en la “i” por la “e”  de la voz quechuahablante. Pero su cara despistaba, aún más sus tobillos recorriendo la casa. Blanco.  Sus celestes manchas en las dos canicas perfectas que tenía por ojos sedaron mis escapes a la hora de la comida y profanaban mi autodeterminación.

Con poca capacidad logré generar a Fernando un Jaque Mate, pero estipulo autómata que la jugada estaba viseada y reordenó las fichas.  Creo que relamíamos dos horas la ficha rey de mi primo, cuando Sofía me susurró al odio que el alfil estaba limpio de paso y ataque, aunque era obvio que la torre marcaría, elevé la pieza rápido, que piensen que fue inconsciente. Fernando predijo más partidas cuando regresara de buscar caramelos del bolso de mi tía, pensé en más humillación. Sofía se desplomó en la mesa, rendida por la mala racha. Le propuse jugar a las escondidas, que el devorador de tableros trate de encontrar pista de nosotros cuando regrese sin dulces, ni siquiera uno seco. Al pasar detrás de mí en dirección a las cortinas, mi mirada ya estaba fija en su barbilla y sus hoyuelos, entonces antes de que aguante la respiración y se estatice “invisible”, la previne que bajo la cama sería más placentero perder el juego, pues podríamos espantar al pedante ajedrecista. Dejé que se adentre primero para despejar dudas sobre telarañas, luego apresuré en doblar mi cuerpo bajo el catre, la perdí de vista hasta que  un rayo de luz saltó en sus ojos. El juego de esconderse entró en la fase inmóvil y muda, su cuerpo me decía que ya no podría moverse y la besé, relamí todos sus dientes, ella hizo lo mismo. Aún no me crecía un canino por lo que corté el acto y broté del colchón, asfixiado.

Comíamos pollo a la brasa de noche, mi mamá tenía turno completo y Dalila me haría compañía hasta que la tele dejara de ser decente. Abrazado a ella, mi vista infantil se fatigaba, a punto del desplome me dejó subirme encima suyo, dormí cerca de sus pechos grandes, que yo imaginaba tenían una pepa de oro en la punta. Al día siguiente, mi madre llegó y planteaba en una hoja la liquidación de Dalila, dos mil soles por seis meses. Me contó que regresaría con su familia, yo exigí más abrazos por no estar avisado, cuando me acerqué a su cara no me distraje de sus ojos por minutos y me dejó besarla en la boca. En su última semana la besé y rebusqué en sus pechos adolescentes. La cicatriz en su oreja aún me asustaba, mi madre curaba ese pedazo faltante de hélix cada semana. Cuando la recuerdo imagino un elfo, que se configura luego en ninfa erótica por su piel lechosa.

Corrí al cuarto de Sofía, cuando en una escena irrisible, me abalancé sobre unos bultos bajo sábanas, eran mi primo y ella, y si algo sé, las penas de celo que ahora comprendo iniciaron ahí. Amenacé a mi primo cobarde con dedicar lloriqueos sobre un incesto a su severo padre, corrió llorando del cuarto. Cuando me dirigí a Sofía a plantear la previsible pregunta, me respondía yo primero, con razones raciales por la piel blanca de mi primo, o ese diente, evidente espacio negro ¿Lo besó también?

En resolución que me pareció justa, cuando Sofía se fue, privé de un diente delantero a Fernando cuando jugaba a quitarme la pelota. Dalila dejó de interferir en fetiches raciales cuando comprendí que nació en un pueblo minero intervenido por migrantes europeos insaciables de cholitas. Se casó y tiene hijos claros como sus pechos. Sofía y su piel morena me tienen perdido de noticia alguna.

Sexmenio Robles, Chumbivilcas

 

La primera semana

Con nostalgia para S. T.

Saori no respondió inmediatamente y sospecho que suspendió su respiración por unos segundos, quizás también su corazón al mismo tiempo. “Me gustan los chicos y la semana pasada follé con diez”. Nuestros cuerpos se imitaban sin ensayo, ambos sentados frente a frente con las piernas cruzadas sobre la grama tibia detrás de la biblioteca, mirándonos como si nuestros ojos fueran otra ficción del verano. “Eres la primera persona a quien se lo digo, ¿sabes por qué, no? Te quiero mucho, eres mi mejor amiga”. Mi inocencia entonces no lograba entender que su silencio era el último grito de un amor eterno que jamás volví a gozar de otro ser que no compartiera mi sangre. Deducía que su presencia constante en mi vida era por simpatía a mi soledad, muy parecida a la de ella, ambos nos sentíamos despreciados sin razón aparente; al menos sabíamos que estábamos excluidos del catálogo de caras bonitas reservadas para la revista cultural que se publicaba todos los lunes en el campus. Un día irrumpió en mi cuarto, se lanzó a mi cama y me jaló a su costado, “¿y si hacemos otra cosa mientras vienen tus tíos?”. Me reí por su travesura, me reí porque era evidente que estaba bromeando con fino sarcasmo. Sin duda, siendo una mujer de exquisita inteligencia, se había dado cuenta a esas alturas que a mí me gustaban los chicos. Incluso hoy insisto en que ella lo supo antes que yo. Por mi parte, tuve que tirarme a diez en siete días para concluir que, efectivamente, lo mío no era una curiosidad del momento. Pero tan pronto me asumí con valentía quise librar mi primera batalla declarándome ante Saori, como todo un caballero, y decirle que su amistad me daba las bases del nuevo edificio desconocido que empezaba a habitar. “¿Cómo que a diez?”, dijo con una sonrisa helada, despertando de un sueño espontáneo, “¿cuándo ocurrió esto?”. La semana pasada, Saori, lo mencioné al inicio, pero ahora entiendo que tu segunda pregunta era para descubrir cuándo había dejado de amarte, cuándo habíamos acabado esta relación que a juicio de todos era evidente, tú eras yo y yo tú por donde nos vieran, hasta caminábamos igual y nuestras zapatillas se parecían tanto. Esa tarde sobre la grama intentabas convencerte de que tu amor hacía mí correspondía a un egoísmo involuntario que se escapaba de mis labios, inconsciente de las heridas que te causaban con cada detalle de mis aventuras. Pero escuchaste tranquila, historia por historia, haciendo sutiles gestos de vecina sorprendida por el cotilleo del día, hiciste lo que esperaba que hicieras, otra vez, quizá como última ofrenda de despedida a cualquier sentimiento que nos unía. No sé si en ese momento ya habías decidido perpetrar lo que luego perpetraste, o si mientras me escuchabas tu espíritu cavilaba las probabilidades de vida que tenía nuestra amistad después del disparo. Después de tu confesión en aquella reunión con nuestros amigos, a la que no fui porque estaba tirando con el último del rosario. Y digeriste sin asco, cada pene, testículo, culo y semen regado en los espacios que jamás hubieras imaginado que era posible regar. Tu rostro solo cambió cuando te dije que ya me sentía lo suficientemente marica como para exponerle a mi familia los resultados de mi nueva investigación. “Te juro que no les dije antes porque ni si quiera yo estaba seguro, es más, creo que les diré que también me gustan las chicas, pero con cierta predilección por los chicos, ¿mejor así, no?”. Sin embargo, bien sabías que yo, firme en la convicción de patear la puerta del clóset, era incapaz de contarles sobre los otros diez investigadores, tú estuviste de acuerdo con que esa parte no se pusiera en la bibliografía. “Solo lo sabré yo”, me dijiste despacio y miraste tu reloj de pulsera, “todavía no cierra el centro médico, vamos a sacar una cita”. Es cierto, después de tanto puterío lo más sensato era hacerme una prueba de VIH, los dos estudiamos Comunicaciones y uno aprende que no hay película sin tráiler. “Pero siempre me protegí”, refuté en ese momento sin darle crédito a tu preocupación. Te mientes y crees mentirle a ella, pero su perspicacia la ha vacunado contra tus historias. No sería la primera vez que le mientes, solías inventarle cuentos como si en verdad te hubieran pasado, claro que al final le confesabas que eran ficciones concebidas para hacerla reír antes de que empezara la clase. Imagino que hubieras querido que aquella tarde fuera precedida por otra lección de pregrado, y me incluyo en tus deseos de entonces ahora que veo tus fotos desde Canadá. ¡Cómo me dueles, Saori!, y siento culpa, lo admito, pero no arrepentimiento, mi silencio te hubiera insultado públicamente al momento de enterarte por otros de que yo andaba jugando en los baños de hombres del pabellón . Me llevaste de la mano a que me saquen sangre porque escuchaste con atención mi última historia y no se te escapó el detalle de que con él no usé forro. ¿Pero cómo querías eso, Saori?, ¿cómo usarlo si él era el hombre con el que había soñado desde el primer ciclo en la universidad? Quería entregarme en cuerpo y alma, así pelados nomás, ¡entiéndelo! Además, él sería incapaz de contagiarme nada, y si fuera así no me importaría, al menos me quedaría algo más que su secreto indigno a espaldas de su inoportuna novia, que era mi amiga también. Saori, no le cuentes a nadie sobre mi primera semana como cabrito, recuerda que cuando la jaula se abre sale uno saltando con descontrol, sale uno con sed de cualquier líquido. Recuerda tu promesa, por favor, que nadie sepa del hombre casado, del adolescente de quince, del chileno viajero, del brasilero telenovelero, del extraño del baño, del profesor de sociología, del poeta del bar, del venezolano pintor, del otro venezolano del paradero y, menos todavía, en especial ruego te lo pido, del músico amigo de ambos que le hace el amor a su novia pensando en mí. No, no estoy delirando, estoy sano, quédate tranquila, ayer recibí mis resultados y estoy limpiecito, me darás la razón cuando escuches los versos cantados por él. Sus canciones están en Spotify, reprodúcelos mientras paseas por Ottawa asesinando lo último que queda de ti en mi memoria.

***

Juandiego Delgado
18/10/2018