Las cosas que más marcan nuestras vidas suelen darse bruscamente, de la noche a la mañana, o en un abrir y cerrar de ojos. Cosas que traen dolor, pero que también nos enseñan a ser más fuertes y mejores personas. Perder a un padre, o a una madre, es uno de los procesos más tristes y más significativos de la vida misma. Súbitamente nos damos cuenta de que somos parte de un ciclo natural, y encima de ello, nos encontramos frente a un futuro radicalmente distinto del que teníamos hacía unos segundos atrás. A partir de entonces nuestras decisiones son más nuestras que nunca. Pero algo especial permanece para siempre en nuestro interior, algo que nos protege y de alguna forma encamina.

Cuando fui a ver Mamá Volvió en el Teatro Larco, el viernes 28 de agosto, me sentí casi instantáneamente conectado con la obra en cuanto a la situación que planteaba. Un hijo (Óscar López Arias) visita un día la tumba de su madre (Grapa Paola) y le revela que está pronto a casarse. Es ahí cuando la madre sale de la tumba exigiendo conocer a su futura hija política (Karina Jordán) e inicia un fantasmal monitoreo al hijo, quien ahora se ve obligado a ocultar ciertas cosas que, en vida, habrían molestado mucho a su madre.

La obra toca un tema muy profundo y conmovedor basado en uno de los arquetipos más intensos que existen en la dramaturgia: la relación de jerarquía entre madre e hijo. ¿Cuándo dejamos realmente de seguir los lineamientos impuestos por ellas a lo largo de nuestras vidas? ¿Cuándo dejamos el nido atrás y volamos fuera del alcance y de la vista de nuestras madres, de sus dominios y de sus ideas? ¿Es eso posible solo en el momento en el que ellas abandonan este mundo? ¿O tal vez ni eso sea suficiente? En la obra, el personaje del hijo ve todas las cosas que ama en su vida peligrar súbitamente con el simple hecho de que el fantasma de su madre lo haya empezado a seguir fuera de la tumba. Es así como se va abriendo camino a través de la confusión sobrenatural y se embarca en una serie de toma de decisiones que marcarán una vez más su vida, pero que también funcionarán a manera de umbral, el umbral entre la juventud y la adultez.

Esta adaptación de David Carrillo de la obra Volvió una noche, del argentino Eduardo Rovner, ha sido bien dirigida por Giovanni Ciccia y ha tenido la suerte de contar con excelentes actores. Con un código de comedia muy sólido y muy característico de las obras de Plan 9, y especialmente blandido con firmeza por Óscar López Arias y Omar García, Mamá Volvió constituye un espectáculo que produce la risa en los espectadores con mucha fluidez y naturalidad, resaltada por el ritmo elevado de la obra. Esto último me llamó particularmente la atención; el texto volaba en la boca de los actores, sin que ninguno de ellos se atropellase por hablar, lo cual también demuestra el desarrollado nivel de escucha entre ellos. Sin embargo, considero que en determinados momentos la obra avanzó con demasiada velocidad, lo cual no dejó tiempo suficiente para digerir y desfragmentar la evolución del problema hacia el momento del clímax de la obra. La transición entre comedia al drama fue poco notoria, un tanto brusca. Sin embargo, ambos momentos por separado tuvieron una gran fuerza, lo cual termina por compensar esa falta de transformación.

Sé que se los he dicho antes, pero hoy me veo en la necesidad de volver a decirlo: Lo que siempre quise fue ser futbolista. Yo, que me considero un hombre de muchos vicios, podría jurar que el jugar fútbol estuvo entre los primeros de ellos. Yo me imagino que si los eventos clave en mi vida temprana no se hubiesen dado en la forma en que se dieron, probablemente estaría en el Chelsea de Mourinho, o en el Barcelona, haciendo calentar la banca a Messi. O bueno, ya, a lo mejor en Ayacucho FC, pero al menos hubiera sido futbolista. Sin embargo, un día perdí a mi madre y el panorama entero cambió. Ahora no soy futbolista, y estoy realmente lejos de llegar a serlo algún día. Pero a cambio, tengo a los mejores amigos que la vida me pudo dar, he vivido muchas cosas por las que estoy agradecido, y tengo un nuevo sueño: Convertirme en escritor. Está en manos de uno mismo decidir qué hacer con la vida propia; si se toma el reto con responsabilidad y buena voluntad, entonces seguro que conseguimos nuestros sueños.