Recuerdo que eran las doce del mediodía. Primera clase, qué alivio que las prácticas no comiencen aún. Era mi segundo semestre en la universidad y -aunque nunca lo quise admitir- aún me sentía cachimba. Aula 205, vaya tiene el piso alfombrado. Así fue que decidí llevar Realidad Social Peruana a cargo del maestro Henry Pease. Son las 12:05 y el profesor no llega, qué raro, ¿habrán suspendido la clase? ¿A qué ha venido ese señor? Seguro nos dirá que no habrá clases.

—Ya está todo listo profesor. Adelante, por favor.

— ¡Oh! Muchas gracias, joven.

— No hay de qué, profesor. Aquí está el micrófono. Está todo listo, solo tiene que hablar. Me retiro.

—  De acuerdo, muchas gracias. Que tenga buen día.

Se colocó el micrófono en la solapa de la camisa blanca. El leve suspiro de cansancio propio de la edad hizo eco en el salón. Se acomodó las gafas y dijo: “Buenas tardes, jóvenes. Mi nombre es Henry Pease y están en el curso de Realidad Social Peruana”.

De todas las clases del 2012-1, será aquella la que más recuerde y no solo por lo tedioso que fue -en ese entonces- aprobarla, sino, sobre todo, por el maestro que la dictaba.

La primera impresión que me dejó Henry Pease fue la de ser un hombre grande e imponente a pesar de los sesenta y siete años que traía consigo cuando lo conocí. De hablar pausado y enérgico, el señor Pease era dueño y señor del arte de debatir; sus clases intercalaban entre los recuerdos de su experiencia en la política peruana y las vapuleadas bien argumentadas que le daba, tal vez sin querer, al juvenil orgullo político que aquellos que iban a la facultad de Ciencias Sociales. Debo admitir que esa era mi parte favorita.

Sus clases, como todo buen maestro, distaban del simple acto de escupir de información y teoría socio-económica a diestra y siniestra. Su teoría, su concepto de la realidad nacional, la formó en la experiencia, en el contacto directo con su reflejo en el espejo: la política. De allí que lo que decía en clase sirviera poco o casi nada para sus exámenes. “Las pruebas son de desarrollo. En ellas, deseo ver su propio análisis de la realidad social peruana. Me gusta que mis estudiantes piensen y para ello tienen que leer. Allí están las lecturas, en los libros, lo que haremos todos los lunes será hablar sobre las lecturas, analizarlas y, sobre todo, debatirlas”. Así las dos horas estaban dedicadas al arduo y tedioso ejercicio de escuchar y pensar: conectar  y constatar lo narrado en clase con lo leído. He allí la dificultad de su curso.

Aún no han subido la nota del rezagado. Solo necesito un ocho para aprobar. Era casi una hazaña digna de reconocimiento aprobar Realidad Social Peruana con Henry Pease. En un pequeño he improvisado sondeo eran muy pocos los que la tenían segura para el final. La mayoría se iba en el mejor de los casos por un once. Correo de la facultad, ya subieron la nota. ¡Bien, carajo, dieciséis! ¡Aprobé!

Al final del semestre, luego de recoger mi examen rezagado, ver mi nota y leer las anotaciones, hice un pequeño recuento del curso. ¿Qué aprendí? Aprendí que ser una personal de moral y ética intachables en política es posible, que se puede ser coherente con los actos y las palabras, que la realidad social del Perú tiene muy internalizada el peor de los males: la corrupción. Sobre todo, aprendí que si hay algo por lo cual vale la pena dedicar toda una vida es el ejercicio verdadero de la democracia por parte de todo ciudadano.

Todo ello me lo enseñó un solo hombre.

Sábado 9 de agosto del 2014. Son las 11:45 de la noche.

Henry Pease ha muerto.