Es famoso el estado de negación al que suele incurrir la mayoría de políticos al momento de referirse a resultados de encuestas que no les favorecen en absoluto, a pesar de que meses antes, las hayan usado como pruebas irrefutables de su supuesto eficiente accionar. “Nosotros trabajamos pensando en el pueblo, no nos dedicamos a ver encuestas“ y “a mí solo me interesa hacer obras, las encuestas nos distraen del verdadero objetivo” son un par de frases recurrentes; otros, con un notable despliego de osadía e ingenio, concluyen lo siguiente: “¿Encuestas? Quién cree en ellas, a mí nunca han entrevistado, ¿o acaso a usted sí?”. Mentiras. El poder mediático que ostentan las encuestas genera una influencia enorme en la vida cotidiana de cualquier político que se jacte de ser tal, hasta el punto de sacar lo más bajo del inconsciente, y mandar una candidatura al poto (¿sí o no, Lourdes?) cuando estas dan un empate técnico entre dos competidores que se llevaban más de treinta puntos de diferencia en la intención de voto.

En tal sentido, algunos especialistas afirman que las encuestas representan una fotografía del momento. Si es así, no sería absurdo plantear una analogía en la que la clase política muchas veces opta por la estrategia de ignorar o atacar a las encuestadoras, en lugar darles la importancia debida y justa; tal cual adolescente que se desetiqueta de la foto en la que sale virolo o desparramado en el piso luego de una noche de juerga, o cuando decide putear a su amigo, instándole a que elimine la imagen de una maldita vez. En efecto, resulta poco creíble concebir que una persona involucrada en política, no analice los resultados que arrojan diversas empresas encuestadoras, y si no lo hace, debería preocuparse seriamente. Desde esta tribuna no se promueve un gobierno que actúe a partir de lo que indique la mayoría según una empresa como APOYO o DATUM, sin embargo, por más críticas y cuestionamientos que puedan existir hacia aquellas, tales son fuentes mucho más fidedignas que las percepciones particulares del entorno cercano de un político (el cual suele tender a una actitud de felpudo, y no de un ente que critique y cuestione) o las supuestas muestras de cariño que recibe cada vez que intenta tomar un “baño de pueblo”(como si no supieran que la gente hace lo mismo con la mayoría de políticos que suelen visitar la zona, por más rivales que sean estos últimos). Ergo, las encuestas brindan datos fácticos sobre grupos poblacionales, los cuales permiten crear estrategias políticas y de comunicación más eficaces, y así menguar la fuerza de puntos contrarios que afecten neurálgicamente los planes puntuales del Gobierno o de un partido político cualquiera.
Asimismo, no está de más agregar que una alta aprobación no es una garantía inexorable de una buena conducta o gestión; y viceversa, una paupérrima aprobación no es sinónimo de una mala gestión. No obstante, si el político cae en la funesta lógica de “todos están equivocados, menos yo”, no hace más que cavar su propia tumba, puesto que cae en un solipsismo que le impedirá cambiar ciertos puntos de su gestión. Por eso, mal harían Ollanta Humala o Nadine Heredia1(o quién realmente gobierne), en caso sean ciertas sus últimas declaraciones en relación al descenso de la aprobación de la pareja presidencial (aquel ente bicéfalo con banda presidencial al cual la prensa y clase política peruana le asigna una gran cuota de poder), a pesar de que antes no dudaban en agradecer y ponerlas como foto de profile en Facebook.