“Dame para mi café, pues”, pide el alto y muy delgado hombre al acercarse con pesarosos pasos hacia una pareja de trabajadoras de salud, pulcramente vestidas, que parece que se dirigen a  un consultorio externo. Están cerca de la cafetería principal, a donde van para consumir sus viandas o tomar una gaseosa los trabajadores del lugar. Allí se venden suculentos menús y sándwiches de todo tipo. Voluminosos panes se muestran en la vitrina. Puedes encontrar panes con palta, queso fresco, tortilla y hamburguesa; tambièn un mosquito que cansado de revolotear, se posa en el harinoso alimento a vista y paciencia de todos. Pero nadie lo ve pues la conversación está muy buena y la música de un populoso dial distrae. A las afueras, en medio del resplandeciente sol, un hombre vestido con un viejo saco y zapatos sucios espera sentado, calcinándose, pero a él no le importa.

El hombre alto y flaco, y de nariz aguileña, avanza hacia la plaza llena de hojas de otoño y asientos roídos por el tiempo. Se acerca a mí.

– Amigo, dame para mi café, pue’- solicita.

Imitando las reacciones de otras personas a las que este señor les ha pedido dinero, le digo amablemente que no y le miento que quizá después unas monedas terminarán en su bolsillo. El hombre entiende y se retira de una manera maltrecha. Me he dado cuenta que cojea y que irá a sentarse junto a la puerta de ingreso donde están los vigilantes. Parece que va a conversar con ellos, pero también puede parecer-quizá esto es más factible- que se acerque ahí para ver la calle, las combis y las pocas personas que pasan por la avenida. Cerca también de la cafetería, veo a otro hombre, medio regordete, que se acerca a otra pareja de trabajadoras. Parece que las conoce pues les habla con amabilidad. Les da indicaciones y luego se retira. Minutos atrás también pedía dinero a quien se topaba en su camino.

-Señorita, ¿por qué los señores piden dinero?, ¿no tienen para comer o qué?

-Así son-me dice la enfermera-. Tienen, sí, pero es para su vicio. Para su café o cigarros.

Esos hombres, como cualquier persona, tienen placeres culposos. Esos hombres están internados. Yo me encuentro dentro del Larco Herrera…

Un sector en la sombra

El hospital Larco Herrera brinda dos tipos de servicios para la salud mental: el externo y el interno. El externo es para los pacientes con algún trastorno leve y, el interno, es para los casos más graves como esquizofrenia o psicosis. Las personas que se han visto más consumidas por este mal son las que terminan aquí. En el Larco Herrera los internos generalmente son de una condición socio-económica muy baja, por ello sus familiares no tienen para pagar sus medicinas, ya que estas son muy importantes en las personas que tienen algún padecimiento mental. En el caso de la esquizofrenia, por ejemplo, las medicinas los calman y silencian las voces que dicen cosas terribles. Por eso, cuando no las consumen, los que padecen de esta enfermedad sufren y cometen actos violentos. Quienes pagan las consecuencias –porque el afectado no puede percibir su mal- son los familiares. Muchas familias, debido a esto, se han visto en la obligación de internar a sus parientes, porque ya no pueden más.

Hay casos muy dramáticos, como el de Juliana Tenorio (60). Esta señora, cansada y demacrada, tiene 5 hijos. De ellos, 3 padecen esquizofrenia. Felizmente 2 ya tienen controlada su enfermedad gracias a las medicinas que logran sedarlos, probablemente entregadas por las damas del voluntariado que gratuitamente las brindan con receta médica de por medio. Pero el restante de sus hijos, Pedro, que está internado, aún no está lo suficientemente bien. Pese a que los médicos del establecimiento le han dicho que ya está en condiciones de retornar al hogar, la señora Juliana pide que se mantenga en el hospital. La directora del Víctor Larco Herrera, Cristina Eguiguren, con mucho tino, comentó sobre esta situación y le pidió a la señora que aprenda a sobrellevar la enfermedad de su hijo. Juliana Tenorio día a día tiene que laborar vendiendo golosinas en un colegio cerca de su casa para mantener a su familia. Ella vive en una vivienda muy pobre y duerme en un pedazo de triplay como los otros miembros de la familia. El único que puede recostar la espalda en un lugar cómodo es su nieto de 16 años, quien, como una esponja, es testigo de todo el drama de esta enfermedad en su hogar. La señora Julia Tenorio tiene miedo de que Pedro llegue a su casa y siga cometiendo los mismos actos violentos. Teme por su vida o la de su desorbitado hijo.  (Más información aquí: http://www.larepublica.pe/17-12-2013/madre-de-tres-hijos-con-esquizofrenia-pide-apoyo)

Estos casos se repiten sin cesar entre los familiares de los pacientes del Larco Herrera. Ellos se han reunido y han formado Asfem, asociación que los congrega con el fin de reunirse cada sábado para coordinar acciones y darse apoyo emocional ante el desahucio y la falta de ayuda del gobierno. Los miembros de dicha asociación se reúnen en un viejo pabellón del nosocomio, donde antes se hacían actividades recreacionales que reactivaban al paciente cuando este salía del Hospital. Con las nuevas administraciones, hace más de 5 años esta suerte de verdadera inclusión social se ha perdido.

Los internos siguen siendo la lacra de la sociedad, lo ajeno y lo indecible. Esta condición de locura que nos repele hace que los rechacemos como sociedad. El estigma, la aversión que causan, contrasta con la armonía del Víctor Larco Herrera, donde los medianamente extensos jardines transmiten paz y donde los ruidos de la ciudad apenas llegan. En el Víctor Larco Herrera puedes ver pabellones sumamente descuidados y ventanas de madera rotas para, a pocos metros, observar los muy modernos carros estacionados frente a la sede administrativa.

Ilusamente podría uno creer que este tratamiento a la locura (si bien ha habido mejoras a diferencia de años anteriores) podría deberse a una estrategia del gobierno para inducir a los familiares a que retiren a sus pacientes, como bien declaran algunas leyes. Desorientado como está, el gobierno es capaz de todo; pero eso es errado. Incluso lo que el gobierno pide es que el paciente se reintegre a la familia, en sintonía con lo que pide la psicología comunitaria. Pero esto es muy lejano a la realidad: como se ha dicho, las familias por la humilde condición económica y el fustigamiento de la sociedad, no pueden hacer frente a este tipo de revolucionaria terapia. Por lo menos no todavía

La salud mental, dentro de la lista de discapacidades en el Perú, es la más relegada. A nadie sinceramente le importa; la indiferencia es la máscara con la que la enfrentamos. Ni siquiera calificando la indiferencia como patología, como es que la define la asistenta social del Víctor Larco Herrera, colaboradora también de Asfem.

En una reunión de Asfem a la que pude asistir, a la hora de presentarme, me dijeron que ya no era necesario, que los pacientes ya sabían de mí. En mis pesquisas para ubicar pabellones y saber de situaciones, los internos poco a poco se habían enterado de mí. Los comentarios de que un joven, extraño para el lugar, estaban en el Larco Herrera realizando una investigación llegaron pronto a los internos. Al oír eso, de parte de las señoras de Asfem, una ráfaga de escalofríos me sacudió. Como efecto indirecto, que los pacientes supieran de mi me sirvió para conocer que no son ningunos tontos y que se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor. Imagínense qué pensaran de nosotros, supuestamente en todos nuestros cabales.

 

 

19-12-13

  • Fiorella

    La realidad de los hospitales mentales, en el Pais, es muy triste:desolados, frios,
    como bien dice el articulo presente, no hay ambiente para Ocupaciones Manuales, todo aquello que lleve al paciente a practicar cosas que ya sabe o aprender nuevas, como si hay en las Prisiones.
    El paciente mental, dependiendo del caso, es una persona inteligente, con la medicina adecuada y permanente, puede ser de gran utilidad, para su fam. y para la sociedad….