Si el arte traspasa fronteras nacionales, entonces los límites de una pista no son nada para él. Llega, propone, gusta y enamora. Sabíamos que el Centro de Lima gestaba su propio repertorio artístico cuando en una de las primeras cuadras del Jr. Cusco un pequeño muchacho llenaba de estilo las descuidadas calles del lugar. Varios curiosos, sin formar un círculo alrededor de él, se quedaban admirados de la gracia de un chiquillo que imitaba sin mucho esfuerzo la coreografía de Michael Jackson, el atribulado y magnífico Rey del Pop. Con un pasito lunar sacado de los más celebrados videos del dueño de Neverland, el menor lucía la característica chaqueta con botones dorados que hacía que los transeúntes se detengan. Solo le faltaban los lentes y el cabello largo, además de un ingente maquillaje blanco. También le falto el “Auuuu”. Por lo demás, su imitación estuvo muy bien hecha. Puro arte de la calle.

Aquel fue el coherente preludio para la iniciación del XI Festival de Mimos que se celebra desde el día de ayer, lunes 13, en el Auditorio del ICPNA del Centro de Lima, situado en el 446 del Jr. Cusco, y que culminará el sábado 18 de enero. Los horarios van de 4:00 pm a 8:00 pm. A cargo de la Escuela Experimental de Mimos, este proyecto busca que la experiencia artística del mimo se expanda por todo Lima y que la gente disfrute. No solo eso. Como bien se señaló al inicio de la jornada, no solo lo que importa es la transmisión de emociones a través del gesto, sino lo que sucede con él; es decir, la posibilidad de sensibilizar conciencias y ser más humanos. Pues para ser mimo -en realidad, para todo tipo de arte si nos ponemos estrictos-  no basta solo la técnica, como mencionó Fernando Novoa, uno de los profesores de la Escuela,  sino corazón y sensibilidad. Te puede gustar lo que haces, pero si con ello transformas la sociedad, ¡mucho mejor!

Las risas empezaron con las Warmimas, grupo de mimas de la  Escuela Experimental y de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD). Fueron tres tiempos en donde hacían gala de sus dotes artísticas y los desplazamientos corporales. El último tramo, llamado “La pintora y la reina”, fue una muy bonita historia en donde la pintora, una simpática mima enamorada del arte que de ella salía, vencía a los obstáculos que le ponía la vengadora reina gracias al poder de su pincel. Las metáforas de las molestas autoridades y la lucha del artista por hacer lo que hace estuvieron muy presentes. El final es de ensueño: ella y la vaciladora sierva de la reina se van en un imaginario bote surgido de la magia de su paleta de colores.

Le siguió la presentación de quien, para mi gusto, fue uno de los mejores: Rodrigo Núñez, un larguirucho profesor de escuela que en diversos momentos hizo aplaudir compulsivamente a la audiencia y le tomó el pelo a los peores momentos de la vida sumida por el amor. Con música criolla de fondo, Nuñez arrancó carcajadas al respetable. Lo que destacó de  su presentación fue que, al interactuar con el público (tres adultos y una niña que, de puro emocionada, le imprimía una cuota muy natural a la escena, al tomarse bastante en serio lo que frente a sus ojos sucedía), los seleccionados se desinhibían y demostraban que en realidad el teatro es para todo el mundo: ellos lo hicieron muy bien. Palmas merecidas.

La parte social llegó de las manos de Eddy Martínez con “El amor en los tiempos del cólera”, una performance en la cual se relatan las vivencias de los campesinos durante la lucha armada y la presión ejercida sobre ellos por parte de los abusivos hacendados. Se cuenta cómo la Reforma Agraria y la violencia de Sendero Luminoso obligaron al campesino a que migre para Lima. Fuerzas externas e internas que hicieron del campesino un juguete del destino sujeto a todo vaivén. Los asistentes aprobaron el papel de la memoria que esta presentación retoma, ya que las heridas de la violencia, sin duda alguna, subsisten hasta el día de hoy y nos tienen fragmentados. La obra también muestra cómo cierta violencia simbólica se mantiene pues, a juicio de una espectadora, el ”nuevo peruano”, “el peruano chicha” o  ”el peruano de los conos” vive esta realidad. Voces quechuas y melodías andinas acompañaban la teatralización de Martínez.

El cierre llegó a cargo del dúo Piscator, formado por David Novoa y Fernando Ramos. Curtidos en la materia, no fue difícil que, con las pintorescas situaciones que representaban, el público los apruebe con el sonido de sus risas.

mimos

Antes de salir al escenario, logramos pasar por los oscuros pabellones detrás de la tarima para conversar por unos minutos con Fernando Ramos, uno de los maestros de la Escuela Experimental de Mimos y promotor del Festival. Ataviado con el traje de mimo y sin pasar por el maquillaje, Fernando Ramos contó cómo retomó el proyecto de los Festivales de Mimos, una tradición heredada por los grupos de mimo que fue una constante en la década del setenta, tiempo de revoluciones, dictaduras, izquierdas, calle y poder popular. La frecuencia se detuvo y por una década ya no se volvieron a ver más festivales, básicamente, por dos razones que, para Ramos, fueron la irrupción de la Violencia Armada y el Fenómeno del Niño.

La performance del mimo peruano es cuestionadora y aglutina a la gente. Por razones obvias, eso no les gustaba a los directores del país, así que la tuvieron muy difícil. En ese momento, ya se organizaban festivales descentralizados, pero como estos se daban al interior del país, muchas veces, tenían que pasar por “zonas liberadas” por Sendero Luminoso. En una oportunidad en la que el Festival se dio en Cerro de Pasco, uno de los departamentos que hasta el día de hoy sigue siendo muy pobre, los senderistas mataron a un mimo del grupo Barricada. Esos tiempos execrables y sanguinarios también tocaron a los mimos de arte combativo.

El Carguyoc, una especie de padrinazgo que se da en los festivales para que los actores involucrados lo organicen, se vio enfrentado a la impetuosa naturaleza.  El Fenómeno del Niño hacía muy difíciles los desplazamientos a nivel nacional. En ese contexto, la plata no siempre podía destinarse a actividades culturales. Era urgente que se atendieran a los damnificados. Así lo entendieron ellos, pero no de la misma forma las autoridades encargadas de llevar ayuda a los afectados. La corrupción se hizo patente y el más sonado caso fue el de las hermanas del ex presidente Fujimori cuando, sin asco, se apropiaron de donativos provenientes de Japón. Esta realidad insostenible magulló de a pocos la fluida corriente artística de los mimos y el Festival dejó de realizarse. Así, Fernando Ramos y su compañero de escena, David Novoa, tuvieron que partir hacia Colombia para buscársela.

El espíritu de hermandad de los peruanos hizo que no perdieran la ocasión para organizar un evento en tierra colombiana. Ahí tuvieron una riquísima experiencia al ver cómo los artistas de Colombia, Brasil y Argentina desarrollaban sus actividades. De ese modo, Ramos pudo comprobar cómo la performance artística de los gauchos ha avanzado de manera considerable: en Argentina puedes ver a Phd’s que pasan la gorra en las calles. Pero eso en absoluto significa que estos profesionales se dediquen a “actividades menores”, sino más bien lo contrario: que provengan de otras carreras hace que la actividad artística se enriquezca de manera multidisciplinaria. Esto puede verse en la  Escuela de Ramos en la cual psicólogos, sociólogos, entre profesionales de otras carreras, se hacen actores.

Volviendo a la historia, ellos regresaron alrededor de 1994 a nuestro país decididos a seguir haciendo arte. Con ese ímpetu, una vieja casona del Jr. Quilca ( el desaparecido y recordado Centro Cultural El Averno) fue el escenario en donde se creó la Escuela como una respuesta a la inexistencia de escuelas de mimo allá por el año 1999. Con el tiempo, organizaron espectáculos (con más de cinco, uno ya está en condiciones para enviar invitaciones a otros grupos, dice Ramos) y, al calor de estos, se vieron lo suficientemente fortalecidos como para volver a la tradición de la década del setenta: organizar nuevamente los Festivales de Mimos. Y dado que los mimos peruanos, si bien con los necesarios unipersonales a la mano, de manera constante tuvieron en mente la predisposición a organizarse. Así, el Festival fue prontamente hecho realidad y nuevamente se descentralizó.

El teatro  que se enseña en la Escuela Experimental es muy aguerrido. Con un teatro de la calle hecho desde las plazas públicas y que influenció al internacionalmente conocido Teatro del Oprimido del brasileño Augusto Boal, los mimos peruanos son partícipes del cambio social. Uno de los movimientos de la Escuela Experimental, y que probablemente por eso le valió ser considerado Punto de Cultura por el Ministerio de Cultura, es el llamado Teatro del  Desalojo o “la capacidad de subsistir en un ambiente en donde permanentemente te están desalojando”. Con este teatro que demanda desplazarse cual nómada, Ramos y su gente han “roto puertas con pata de cabra y puesto escuelas”, y ocupado espacios perdidos para fomentar los valores de paz y justicia. Ellos estuvieron en una casona en el movido Jr. Tarma del Centro de Lima, una tierra de nadie, enseñando teatro y cultura para el barrio. Sin embargo, la casona en donde se ubicaba la biblioteca del grupo fue quemada y matones de una empresa constructora los desalojaron. Pese a contar con el respaldo de la comunidad, que a gritos pedía esperanza y atención, tuvieron que retirarse del lugar. Sin embargo, la casa de  Ramos, una “casa de cultura”, es el nuevo centro de operaciones del grupo.

Con todo, la Escuela Experimental no flaquea en su intento de seguir avanzando en el largo camino del reconocimiento artístico para llegar a más gente y busca profesionalizarse todavía más. El archivo del grupo que, con un trabajo de hormiga, se hace más grande va en ese propósito. La Escuela ha hecho suya la frase del Amauta José Carlos Mariátegui que el pionero Jorge Acuña, mimo de plazas, lució en una fotografía cuando este cumplía con su trabajo como actor. “La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre…”. Por eso su arte es contestatario y por ello transformador.

jorge acuña

14-01-13