I

Jala la silla y siéntate en el piso -me dice Gastón Garatea cuando me presento en su oficina.

– Prefiero la silla -respondo cortés.

He llegado con una inquietud donde el Padre Gastón Garatea. Me llama mucho la atención la labor que han realizado personajes de su Congregación, la de los Sagrados Corazones, en Lima. Pienso en Hubert Lanssiers, el sacerdote belga que pasó las de quico y caco en los penales y en los barrios pobres de esta ciudad, pero que siempre trabajó, pese a todo, por ayudar al individuo -como prefería hablar él- en los momentos de mala soledad e injusticia. Le pregunto, por ello a Garatea, qué de peculiar tiene su congregación, para qué acoger a este tipo de hombres. Para esto, le voy mencionando el caso que llegó a mis oídos de que fue en los 80’s que estudiantes de universidades como la Villarreal o la San Marcos se acercaban a las instalaciones que tienen los SS.CC. en Plaza Francia y hacían de ese lugar un bastión de “resistencia”, del testimonio del duelo y lucha, de…

– Te han contado la historia bonita de la película – corta.

Quedado. Él aprovecha y cuenta cómo fue. Me dice que fue el Sutep que visitaba Plaza Francia y que incluso se oficiaron misas por el día del maestro.

Le pregunto si fue por Horacio Zeballos, el docente moqueguano que puso el hombro para crear el Sindicato Único de los trabajadores de la Educación Peruana (Sutep), por las que se daban esas misas, ideando así una vinculación más entre el movimiento social y esta congregación de religiosos. “No”, me responde su mirada. “El Sutep iba a Plaza Francia porque era menos rochoso que ir a Plaza San Martín y tener poca gente; ya si había gente entonces se iban a Plaza San Martín“, me dice.  Sin embargo, considero que no me he hecho entender. A lo que yo me refería era más que nada al edificio de la congregación ubicado al costado de la Iglesia, no tanto a la plaza.

Se lo hago llegar.

– Sí -me dice pero continúa.

Entonces le pregunto sobre quién tuvo la iniciativa de esas misas y me dice que un sacerdote, pero no uno de la Congregación. Nuevamente pregunto si el Sutep influenció en él y Garatea me responde que, más bien, fue el cura quien influyó en el Sutep. En cuanto a Lanssier, que he referido, no era de ir a Plaza Francia.

II

Camino al grano y le pregunto sobre qué puede distinguir a su congregación.

Él me responde que ha sido importante lo humano, la perspectiva del ser humano como lugar en que se encuentra a Dios. Es, afirma, el Evangelio en donde se habla del ser humano como encuentro de Dios.

Para esto, me menciona que el día de ayer (06/10/15) la palabra de Dios trató de la parábola del Buen Samaritano, aquel texto de gran potencia ética en la que tanto un sacerdote como un levita pasan frente a un judío que fue dejado por ladrones casi muerto en el camino. Les da igual a esos dos, van apurados. Cuando pasa por el mismo camino un samaritano, al verlo, pese a ser su enemigo cultural, se detiene, le cura las heridas, lo lleva a una posada y deja unas monedas por él. Se hace su prójimo.

Esa es, centralmente, la labor de los de la Congregación: velar por el prójimo.

Garatea prosigue en su intención de responder sobre los valores de su Congregación. Menciona la gran influencia que ha tenido en ella dos personalidades en la memoria compartida de los SS.CC.

La primera es Damian de Veuster, un sacerdote belga que arribó en 1873 a Molokai, una isla habitada por leprosos, para poder cuidar de ellos, muriendo él también de esta enfermedad. La otra persona es el holandés  Eustaquio Van Lieshout, un sacerdote holandés que viajó a Brasil en 1925, “experto en problemas humanos” y que laboró por los más pobres y necesitados del Brasil.  Ambos marcaron con sus historias la senda de la Congregación de los Sagrados Corazones.

¿Hay un perfil de sacerdote?le pregunto entonces como si la Congregación de los Sagrados Corazones fuera una empresa y el de la vocación, un postulante.

Puede que sí. Si la vocación consiste en velar por los desdichados, los pobres, sobre todo estos pues en el Perú “si eres pobre, estás fregado”.

Pienso, por momentos, en una película que vi el domingo y que me impactó: Indiferencia (2011). Adrien Brody hace de profesor en una escuela pública. Por alumnos tiene a una generación perdida, personas con las que nada puede hacerse, pero que dentro ocultan un dolor profundo, la huella de la nada, por la incapacidad para generar relaciones fructíferas o por la incapacidad para sentirse comprometidos con sus vidas. Le pregunto, entonces, por qué tipo de pobreza trabajan.

– Por lo que se entiende por pobreza, ¿no?me dice.

– ¿Y la pobreza del espíritu? -retruco.

El padre no se anda con rodeos: “Ah, esos son unos sinvergüenzas“, me responde. “Los corruptos son otra cosa“, sugiere.

Recordando el caso de Lanssiers, digo que los terroristas no son precisamente personas de pobreza material.

El Padre Garatea me explica que ellos son de un campo distinto por su situación difícil. Me comenta el caso sonado de Peter Cárdenas, el segundo del MRTA recién salido. Purgó prisión por 25 años, pero los primeros cuatro de ellos consistían, cuenta Garatea, en un encierro absoluto con la sola posibilidad de salir al aire libre por 15 minutos durante las 24 horas. Este tiempo se acortaba según el humor del celador o podía variar según el comportamiento del reo, llegando a darse en las madrugadas. “¡Para volverse loco!“, dice. Y yo le acierto.

Continúa diciendo que  Cárdenas cumplió sus 25 años y que ya puede salir, que otra cosa es el seguimiento que pueda hacer la policía.

– Pero ahora él ha hecho “la cosa más cuerda”.

– Irse a Suecia.

Me dice que sí, pero esas ventajas no la pueden tener todos los ex presos por terrorismo.

III

Garatea prosigue contándome que su labor consiste en estar con los marginados, los oprimidos, “los piña”, “los brutos”, los pobres de cultura, los que tienen 30 años y no saben leer (“¿Qué van a hacer, si no saben leer?”).

Entiendo lo que me dice, pero le expongo una inquietud: “¿Y quién se preocupa por ustedes, padre?

Ahí se encuentra la utilidad de la Congregación“, me responde, “pues en ella los hermanos se encargan de cuidarse“. Práctico.

La conversación prosigue y le comento, en esta tarde de grabadoras en vacaciones, sobre un antropólogo norteamericano, que además de ser homosexual, es comunista y para colmo, artista. Este científico social cuenta que les resultó más fácil a sus padres aceptar su condición de homosexual que de artista. Establezco este paralelo pues si ser artista no es algo rentable en nuestra sociedad actual, mucho menos el ser… sacerdote.

Me cuenta que, en efecto, no reciben nada, que han hecho votos de pobreza, que viven con lo justo para comer, para la ropa y que lo que ganan lo destinan a un bien común.

¿Y por qué entonces insisten en esta profesión o labor? -pregunto pensando en las madres o padres que quieren que sus hijos sean abogados para que la casa se sostenga.

– Somos raros. -me dice- Lo más humano que puedes hacer es trabajar por el otro.

– ¿Cómo hacen para mantener esa fe, esa seguridad? -pienso en voz alta.

– Es indispensable la oración, si te relajas, fuiste.

El padre me dice que oración y trabajo van de la mano, son inseparables. El uno con el otro se retroalimentan o vinculan.

Y si se pierde, queda el gran pecado del mundo que es el egoísmo“, me dice. Garatea ve mi chompa roja y de cuello V. Suelta un ejemplo: yo tomo tu chompa, que es tuya, e invento argumentos legales para legitimar la posesión. Tú, ahora tienes un polo y yo una chompa; tampoco tienes la capacidad para darme pelea. El caso contado de desigualdad me recuerda ahora la lucha entre Máxima Quispe y la minera Yanacocha. Esta, con todos los medios legales, no pudo vencer en la lid de la ley a Quispe en el asunto de la posesión de su casa. Sin embargo, con la aquiescencia del Gobierno, la policía la siguió amedrentando.

IV

Es precisamente este pensamiento matizado por el contexto social que me lleva a preguntarle por las implicancias de la 36 Asamblea Episcopal Peruana (1969), surgida al calor de la II Conferencia Episcopal de Medellín (1968), que a su turno estuvo promovida por el Concilio Vaticano (1965).

La historia de estos encuentros puede remontarse a una mañana de 1959 cuando al extravagante Papa Juan XXIII se le ocurrió, mientras se afeitaba, la idea de convocar a un Concilio Universal de la Iglesia. En tiempos de posguerra y guerra fría, los conservadores de la Iglesia lo tomaron por desatinado. Sin embargo, Juan XXIII no cejó en su empeño y se enfrentó a esa Curia Romana, una suerte de poder legislativo, judicial y ejecutivo del Vaticano,  que buscaba complotar este Concilio Universal.

Y como el motor del cambio es la valentía, pero también la locura, el Concilio se dio. En el discurso inaugural, en el año 1962, Juan XXIII les dijo a esa curia: “profetas de desventuras”. ¡Asu!

Sucedía que este II Concilio Vaticano buscaba modernizar las bases de la Iglesia, hacerla más atenta a los cambios de la época y discutir, por ello, nuevas formas en que debía relacionarse con la realidad. Se discutieron muchos temas que eran tabú, y gracias a ella, las misas ya no se dan en latín y con el padre dándole la espalda a los fieles, entre otras cosas. Este Concilio, de pretensión universal, reunió a cerca de 3000 obispos del mundo. Sin embargo, tuvo dificultades, como las que relata el periodista Juan Arias.

Cuando Arias entrevista al primer cardenal de la Iglesia en África, Laurean Rugambwa, este le explica lo complicado de plantear propuestas de carácter universal sin contemplar las particularidades del entorno. Una de las cosas que le dijo fue: “De qué sirve que los cristianos de mi diócesis cumplan un celibato obligatorio si esto les es incomprensible y hasta humillante“.

Quizá por estas razones, el Papa Pablo VI, quien presidió el fin del Concilio Vaticano II tras la muerte de Juan XXIII, ocurrida un año después de iniciada esta cita mundial,  convocó a una reunión con el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) para que América Latina no estuviera al margen del espíritu de esta “primavera de la Iglesia” y sean sus propios representantes quienes discutan las soluciones que la Iglesia podía brindar a las críticas condiciones latinoamericanas. Así, tres años después, en 1968 se inaugura en Medellín la II Conferencia Episcopal de Medellín con el tema “La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II”.

– Medellín acriolla el Concilio Vaticano II -me dice el padre Garatea.

En ese contexto, se celebra la 36 Asamblea Episcopal Peruana, la que fuera “la primera reunión episcopal en América Latina para la aplicación de la orientación del espíritu de Medellín”, de acuerdo al libro Sacerdotes y transformación social en el Perú (1968-1975) de Jo Young-Hyun. Cabe decir, no obstante, que desde el año 1965, por el influjo del Concilio Vaticano II, empezaron a surgir movimientos populares de sacerdotes de tendencia progresista como “Movimiento Sacerdotal para el Tercer Mundo” (MSPTM)  en Argentina; “Los 80” -que luego se llamarían “Cristianos por el Socialismo”- en Chile; “Golconda” en Colombia; “Convención Nacional de Presbíteros” en Ecuador; “Confederación Nacional de Sacerdotes de Guatemala” en Guatemala, y “Sacerdotes por el Pueblo” en México.

Es en esta 36 Asamblea que se denuncia la injusticia en el país, representada por “la concentración de los poderes económicos y políticos, el  imperialismo internacional del dinero, ligado a la oligarquía peruana y el feudalismo colonial que aún subsistía en determinadas regiones”. De otro lado, a nivel de propuesta “se expresó con claridad la preferencia de la Iglesia peruana por defender los derechos de los pobres y oprimidos, en particular de los indígenas y campesinos, que formaban la mitad del pueblo peruano y que vivían en condiciones infrahumanas”.

V

Hubo un momento en la rápida revisión histórica que hizo Garatea que me llamó la atención. Al hablar de Juan Pablo II, lo describe como un tipo muy conservador y gran anticomunista. Sin restarle mérito como eximio comunicador y preocupado por los pobres, comentó que Wojtyla no asumió la mística del Concilio Vaticano al ocupar la silla de Pedro en 1978 y que más bien el conservadurismo recupera viejas posiciones. En contraste, el Papa al que “no le dan boleto”, Benedicto XVI, sí empieza a difundir lo que se trabajó durante ese Concilio, aunque su papado pueda ser recordado más por su irregular lucha contra la pederastía, uno de los cánceres de la Iglesia.

Al respecto, comenta con agrado la presencia de Francisco en el Vaticano. Simpatiza con las palabras que brinda a sus fieles: “La Iglesia es madre y una madre no deja botados a sus hijos”. En cuanto a que pierda esa vitalidad por los años -Bergoglio tiene 79-, no es tanto problema para Garatea pues, como dice, “a la Iglesia siempre le ha ido bien con los viejos”. Dice eso y me río.

Como mencioné, hubo algo que me llamó la atención. Respecto a su comentario sobre Ratzinger, recordé que cuando este se aparta de su cargo, hubo un personaje que dijo algo así como “la cruz está para cargarla, no para descender de ella”. Al referírselo a Garatea, este comentó que fue un argumento proveniente de la Curia que también se hizo en momentos en que Juan Pablo II se encontraba muy mal de salud en sus últimos años de papado. Si la idea tiene algo de romántica y de digna, no lo es tanto en el plano político, pues lo que se buscaba con este argumento era impedir cambios y mantener el poder dada la imposibilidad de toma de decisiones del papa enfermo. Pasó con Juan Pablo II, que abandonó la vida en pleno papado, mas no con Ratzinger que dejó su cargo por motivos de fuerza mayor y hoy es un papa emérito que sigue estudiando teología o tocando música de Mozart.

Para entender el tema de la Curia, Garatea se manda con una lección de teoría política. Me indica que cuando los poseedores del poder, se cierran, se siente más el poder. Mas cuando se comparte se pierde. Parece sencillo.

En cuanto a la Curia Romana, le pregunto cuán difícil se la puede poner a Francisco. Él me dice que ya lo hace. Sin embargo, este se les enfrenta. No solo les ha mandado una lista de las enfermedades que sufre, sino que les ha dicho también: “¿Son pastores? Entonces huelan a ovejas”.

No se sabe si hay condiciones para un III Concilio, pero que sí que busca una reforma de la Curia. En lo que va de su mandato, iniciado en el 2013, ha ordenado la reforma de esta y ha convocado a 9 obispos para que evalúen eso. Asimismo, ha convocado a un sínodo para estos días brutalmente difíciles en la Iglesia. Este trataría sobre la crisis de la familia.

– La gente no se casa -me dice el padre Garatea. Y me comenta que no se trata solo de la crisis de la familia basada en el ideal burgués sino en el de todas las formas. “¿Cómo se va a sostener la sociedad?”, interroga preocupado. La explicación de su temor es la siguiente: “En la familia se educa uno. Sin esta, no hay valores, y toda sociedad, en rigor, se basa en ellos. Ahora la gente no se casa, no se une, y cuando dice esto lo señala por el fruto de la unión: no hay un compromiso por educar a la nueva vida”.

A esto, le señalo que, más que la necesidad de casarse, no hay una responsabilidad por la nueva vida, la cual está al margen de si uno se casa o no. Aunque claro, puede que sea más sencillo (o problemático) casarse.

VI

Cambio de tema y retomo la vocación: cómo mantenerla o incentivarla en tiempos de instrumentalización e imperante economicismo.

Me dice que es un tema de cultura, un paso arriesgado, pero que debe velarse mucho por que la vocación no se pierda, entendida esta pérdida en el hecho de que las personas piensan en el resto pero luego se ponen a pensar en sí mismas. Por ello, retoma la idea del Concilio Vaticano II y su “vuelta copernicana”: ya no será el feligrés el que sostenga al sacerdote, es él quien vive por sus feligreses, acentuando más el dramatismo de su condición.

En estos términos me pongo a pensar en el capitalismo. Él me dice que es la mayor expresión del egoísmo.

Hablamos de política y comenta que los actuales candidatos no son del pueblo, “son unos derechistas”. En cuanto a la izquierda, no tiene partidos, siguen siendo cuatro gatos. Lo que se necesita, más bien, es sacar a los corruptos, y poner a alguien honesto o, mejor aún, a un equipo honesto.

La conversación va finalizando y recalamos en la labor política de la Iglesia. Para él, su función debe ser la de dar una opinión crítica sobre un estado de cosas, y para mí es la organización, una que sea casi similar a la que se ve en su Congregación. Percibo, y se lo señalo, que si se puede vincular este cuidado por el individuo con la búsqueda del poder de las agrupaciones de izquierda y me responde que sí, que se puede dar.

Pienso, ya solo, camino a algún lugar, que  este no es tanto su rollo, es más de los que están en política en su acepción más común.

Me despido, y agradezco a Garatea por el buen rato de la conversación sin grabadora.

– Gracias -entonces digo.

– Gracias hacen los monos -responde. Él y su compañero de oficina se ríen.

 

Fecha de la entrevista: 07-10-15