Hay concepciones filosóficas que causan mucho agrado. Llegan a ocasionar tanto agrado, que uno se podría poner a hablar de ellas en muchas entradas (como si fueran el único tópico). El concepto que comenzó a ser tocado con muchas ganas después del comienzo de la Modernidad es el de la predeterminación histórica. Filósofos de la historia como Hegel, Kant o Marx, junto a otros filósofos tales como John Locke, Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau han sido partidarios, en mayor o menor medida, de la existencia de una predeterminación que, a modo general, explica los cambios -según cada concepción, cambios necesarios- de la historia. El mundo podría preguntarse qué tan cierto es esto, porque pareciera que, a veces, eso a lo que llaman destino, se vuelve en favor o en contra de nosotros y pareciera que, además, cualquier acción hecha previamente no habría logrado cambiar la situación. Era parte del destino y, por ello, indefectiblemente, se iba a dar.

En la historia han pasado cosas que no debieron haber pasado. En eso, todos estamos muy de acuerdo. La segregación racial, el holocausto nazi, el terrorismo en muchos países, el abuso son solo algunos ejemplos. Muchos filósofos podrían coincidir, no obstante, que esto es causa para una consecuencia que, de manera necesaria, lograría mejorar la situación moral o social del mundo. Marx, por ejemplo, era partidario de la idea de que tenía que (e iba a) haber, fuera cual fuera el medio, una revolución comunista que creara un Estado igualitario. La guerra así podría (y digo “podría”, porque esta percepción es, según yo pienso, totalmente errónea: la historia lo ha demostrado) ser concebida como un medio para la paz. La idea de que existe una característica de inevitabilidad en la historia no convence si lo vemos de una manera escéptica: cada persona piensa distinto, cada persona reacciona distinto y cada persona afronta problemas diferentes en su vida de tal manera que, incluso, cuando los vuelve a pasar, el fin se aleja de ser el mismo en muchos de los casos. Quizá no sea inevitabilidad en muchas ocasiones, sino, más bien, sea un conjunto de casualidades y de contextos lo que condiciona las situaciones.

No obstante, los filósofos no se equivocan en algunas cosas que, al menos según yo, podrían considerarse necesarias en una gran cantidad de gente -la mayoría- dentro de un grupo social. Muchos de estos han conseguido hacer una observación con tendencia a lo objetivo y han podido establecer algunas concepciones, si se quiere, relacionadas a la psicología de la gente, que han sido base para explicar decisiones de las sociedades. Hobbes menciona que los hombres en su estado de naturaleza, cansados de la guerra natural entre ellos, deciden crear un Estado civil que les de miedo. Locke escribe que los hombres, a causa de la propiedad primordialmente, crean un Estado civil para protegerla y protegerse a ellos mismos. Kant y Hegel creen en la creación de un Estado civil para una satisfacción de intereses más amplia de las personas en general. Y no están del todo en lo correcto, pero tampoco están del todo equivocados. Cada una de sus ideas podría ser considerada como una de las contribuyentes a explicar la formación de los Estados civiles en el mundo: cada una a su manera y en cierta medida. Desde esta forma de verlo, no parecen excluyentes entre sí y, para eliminar toda contradicción, podría afirmarse que son “casualidades necesarias”. Necesarias porque, dadas las circunstancias, así se dieron (y así parecían más posibles de suceder) y casualidades porque, dentro de cada percepción de este tema en particular -formación de un Estado civil-, cada una de estas ha sucedido en relación con otras. Entonces, podría decirse que la inevitabilidad de los procesos o los hechos existe en la medida en que las cosas han pasado de ese modo pero deja de existir en la medida en que, si se repitiera el caso con un ligero cambio en las circunstancias, las probabilidades de que sea inevitablemente de otro modo serían mucho mayores.

La democracia actual, en casi todas sus formas, es uno de los tipos de gobierno que pone a la elección como algo principal. La elección por parte del pueblo puede dar cuenta de que, muchas veces, no hay forma de predeterminar algo, al menos políticamente. Nunca sabe alguno en qué momento podría llegar algún misógino, xenófobo y sumamente popular para gobernar a la nación con la mayoría de votos en el sistema electoral de tal país (tal país cuenta con el sistema de “Colegios Electorales”). Hago, pues, clara referencia a Donald Trump. Pareciera que, a causa de las elecciones y las dinámicas que el mundo actual posee, en efecto, este hombre debía convertirse en presidente. Pero su presidencia, tengamos esto en claro, por más que sea reflejo de la cantidad de gente que quiso votar por él y quizá al temperamental mundo actual, siempre está acompañada por otra cantidad de gente que está en contra de que las cosas hayan sucedido de tal manera y tratarán de ser, óptima y esperablemente, una oposición que logre aportar, de todas maneras, en vez de detener. Como diría Kant en su Qué es la Ilustración, “todo aporte del pueblo gobernado debe ser escuchado para que el gobernante mejore en pos de todos.” Claro, esto no parece tan posible que digamos por ahora. Sin embargo, no pensemos que un muro enorme, proteccionismo o conservadurismo son frenos necesarios. Las cosas se pueden dar se otra manera. El punto es hacer una oposición fuerte que dialogue y que demuestre que el interés de todos (al menos, de una gran mayoría), como Hegel podría decir, se asemeje al de cada uno. Para eso, es necesaria (esta vez sí) e importante la diversidad. Si no es reservada por el presidente Trump, la misma diversidad, necesariamente, será sinónimo de que todo aquello que parece inevitable, porque así se ha dado, comience a difuminarse en favor de un desarrollo más positivo, objetivamente, de toda la humanidad.

Así es, en un mundo como en el nuestro, hasta lo inevitable puede ser evitado.