Hay quien dice que estos tiempos han perdido todo el sentido. No hay base en ningún campo de los conocimientos de todo tipo, sean científicos, morales, sentimentales, racionales. El mundo se ha ido no por su lado malo, sino por un lado sin sentido. Hegel estaría temblando seriamente si se enterara que los filósofos de la llamada Posmodernidad están casi unánimemente de acuerdo con que la historia no tiene sentido. Así parece. La lógica hegeliana de una historia con identidad se desvanece. La Modernidad que siempre se actualiza, pues, ha desarrollado más su lado de renovación inacabable que su lado de otorgar algún tipo de identidad y estabilidad a todos los ámbitos. Y con esta introducción me quiero referir, brevemente pues, a la decisión de autogolpe de Estado en Venezuela.

El sistema político de la Modernidad ha ido variando a lo largo de esta. Han pasado procesos de décadas e, incluso, siglos para que se llegara, finalmente, a un modelo parecido en la mayoría de casos en lo concerniente a la democracia. En la Modernidad, que un gobierno sea democrático, que una decisión sea democrática, que una persona sea democrática han adquirido un significado positivo. Y, creo yo, justamente. Se pasó de divisiones feudales separadas a poderes fuertes y centralizados, absolutos; y, finalmente, después de más procesos que no creo que valga la pena mencionar en esta entrada, se llegó al régimen democrático que, en los últimos puntos de su evolución, les permite ahora a mujeres, personas de cualquier etnia, de cualquier orientación sexual y etcétera, participar en elecciones para saber quiénes serán los nuevos representantes, dentro de lo cual se encuentra el sentido de esa palabrita tan usada modernamente.

Venezuela, luego de varios conflictos con uno de los principios democráticos más fundamentales, como lo es el cambio constante de representantes y como también lo es el equilibrio de poderes, le ha dado un (autogolpe) muy fuerte a la democracia. El presidente ha decidido dar un golpe de Estado para quitar poder a otros representantes de la Asamblea Nacional. La decisión ha despertado más de una ruptura de relaciones políticas con Venezuela para muchos países. Esto suena intenso, denso, pesado, pero es producto de un proceso liviano, ligero, leve. ¿Cómo así?

La democracia ahora ya ha perdido sentido, o al menos el que tenía antes. De nuevo, surgen opciones populistas (Estados Unidos, Francia), opciones anti-Cortes Internacionales de Derechos Humanos (las Filipinas), opciones socialistas no al cien por ciento democráticas (Bolivia, Ecuador). Surgen opciones de todo tipo que hacen leña los principios esenciales de sociedades modernas. Lo internacional tiene una tendencia a convertir sus sistemas políticos en elementos fáciles de cambiar, de tal manera que cualquier tipo de gobierno existente podría perder fundamento y sentido con tan solo una exigencia de los intereses y sentimientos que tiene la gente. Se desean, como he dicho mil veces, soluciones rápidas, de apariencia ligera, y se termina entorpeciendo un sistema con tintes igualitarios y libertarios que costó mucho tiempo en ser funcional, pero no parece una solución para problemas de solución inmediata. ¿Es esa una justificación completa para dejar de utilizar el sistema? No lo creo.

Así como en el lenguaje económico diario que tanto conocemos, en el que lo “barato sale caro”, en el lenguaje filosófico, “lo liviano resulta pesado”. El hecho de que vivamos en tiempos leves, inconscientes, irreflexivos, sin peso y sin profundidad equivale a una posposición de lo pesado. Todo problema que se evita con la existencia de una ligereza en cada acción que se ejecuta en el mundo es al mismo tiempo falta de peso y miedo constante a lo que este peso pueda significar. El cuestionamiento preocupa y limita. Es pesado. Mejor es vivir a la ligera. Mejor es despojar a todos nuestros sistemas de creencias de su densidad y ponerles una gama de múltiples valores que pueden ser atribuidos por una persona o un grupo de personas. Si una persona o un grupo de personas, pues, es de la opinión que de alguna manera se solucionará tal problema y no hay otras opciones y ese grupo está en el poder, toda la democracia con la que se le ha elegido y a la cual él quiere quitarle su significado y su lógica, pierde significado y lógica automáticamente.

En síntesis, la reflexión que quiero sacar a relucir en esta breve entrada es que incluso en aquellas decisiones importantes que se toman en los países diversos, fluye una gran levedad sin complicaciones. No saben, parece, los países que esa conducta irreflexiva de ligereza y liviandad es en realidad uno de los problemas más intensos y pesados que existen en la actualidad. Y Venezuela, con su proceso de quitarle sentido al gobierno de una democracia, se ha vuelto parte del todo de nuestros tiempos. Al final, Hegel no estaba tan equivocado: las cosas son contradictorias en sí mismas y, así, lo liviano es a la vez intenso.