Hace un tiempo, un amigo me comentó sobre Metafísica, un libro de Aristóteles. Estaba, pues, quejándose de lo inútil que este libro resultaba para una carrera como la suya: ingeniería. Recuerdo muy bien lo que me dijo después de que leímos un capítulo, aunque quizá él no: “Quiere saber qué es lo esencial del ser en tanto ser y nunca nos responde”. Yo pensaba lo mismo y no supe a quién responder, a él o a mí.

Quizá Aristóteles y su obra resulten inconexos para un título que invita a hablar sobre Walt Whitman, pero asumo el disparate.

Whitman es Whitman, pero también es el enfermero que trabajó como voluntario durante la guerra de Secesión, el reprobado y censurado poeta, el político aficionado; y para nosotros, el padre del verso libre y el hombre que cantaba alegría.

Desconocidosi al pasar, quieres hablarme, / ¿por qué no has de hacerlo?

Es así como Whitman inicia su libro Hojas de hierba, un libro que él mismo tuvo que editar, donde aborda temas como la belleza de todo en cuanto lo rodea: vida, muerte, sexualidad, etc. Sin embargo, mi objetivo no es exponer las características de su temática, sino emprender el otro lado de su producción: la relación poeta y sociedad, que hace único a este autor.

Yo canto para mí, una simple y aislada persona, / Sin embargo, pronuncio la palabra democracia, / La palabra Masa

Whitman no fue un hombre de su tiempo, su experiencia en la Guerra Civil estadounidense lejos de llevarlo a un bando del conflicto, lo incitó a reclamar la unidad nacional y denunciar la esclavitud. ¿Lo interesante? Todo lo hizo mediante una poesía que, si bien parece sentimentalista, esconde una profunda base política.

El himno que canto todavía,
(Hecho todo él de contradicciones) yo lo dedico a la nacionalidad

A lo largo de su obra, Whitman se explica a sí mismo como la confluencia de múltiples posicionamientos identitarios. Y es que no es solo su construcción como persona lo que depende de ello, sino la de todos nosotros. La identidad nunca es permanente ni lineal, depende de cada situación y se teje en cada interacción. Es más -tal y como explica el siguiente verso-, Whitman invita a no pensar en identidad, sino a pensarnos en identidades.

¿Acaso me contradigo? / Muy bien; me contradigo, / (Yo soy amplio, contengo multitudes).

Entonces, surge un problema: ¿Si somos identidades, dónde está la esencia? Nuestra esencia necesita paz para ser sí misma, pero si somos multitudes, ¿podemos vivir en paz contradiciéndonos?, ¿puede convivir la esencia con una contra-esencia?

Así como Whitman, escritores como Borges y Hermann Hesse se sirvieron de ese impulso extremo racional de los hombres por pretender ser uno solo para narrarse a sí mismos. ¿Por qué reducirnos a la pregunta “quién soy”, cuando se trata de admitir que la naturaleza es cambio constante? La manía por establecer fronteras, por contar, numerar, por querer ser único y especial en sí mismo, cuando de la diversidad nace la autenticidad de manera espontánea.

Antes de que Borges publique su escrito “Borges y yo”, Hesse pregonaba “todo hombre constituye toda la humanidad” y, mucho más antes, Whitman reconocía sus contradicciones como prueba de su validez, humildad y -por qué no- su eternidad, pues nunca se limitó a sí mismo con fronteras.

Tú, lector, tú te estremeces de vida y orgullo lo mismo que yo;
En consecuencia, para ti son los cantos que siguen.

Identidades, en plural. En este sentido, uno puede tender a pensar que si somos multitudes, somos el resultado de la construcción de nuestros antepasados o bien, nuestros contemporáneos. Sin embargo, Whitman va más allá. A lo largo de su obra, habla con cada uno de sus lectores, como evidencia el verso anterior, para explicar que uno no es solo multitudes del pasado o del presente, sino también del futuro. Y es que Whitman se despersonifica a sí mismo a tal nivel que, él es cada uno de sus lectores y nosotros, a su vez, somos sus personajes. De tal manera que él es (y nosotros también) personajes producto de la imaginación.

Con un gran sentido metafórico, Whitman cuenta su niñez en Texas, lugar donde nunca estuvo. Si bien como poeta proclama un canto al “Yo”, como lo prueba el título de su poema “Canto a mí mismo”, con esta metáfora él refuerza la idea de que parte de esa multitud que nos identifica, es también una multitud conformada por personajes producto de nuestra imaginación.

¡Libertad! / ¡Masas! / Para vosotros un programa de cantos / Cantos de las praderas / Cantos del Mississippi

En su poesía, convergen infinidad de vidas al mismo tiempo, muchas de ellas contradictorias. Y es desde ese lugar, donde Whitman logra hacer un llamado trascendentalmente político: la unidad nacional estadounidense, donde cada diferencia conforma la intersección que los mantendría unidos.

Quien viva dentro de un siglo, dentro de cualquier cifra de siglos, a ti, que no has nacido aún, a ti te buscan estos cantos. Imaginando lo feliz que serías si yo estuviera a tu lado y fuera tu amigo.

Unidos e inmortales, unidos y eternos; siempre y cuando contradictorios. Para Whitman el alma es inmortal, tal como una nación: si no posee un ayer ni un mañana (ambas fronteras), es imposible pensar en la muerte o un final, solo cabe la idea del cambio constante.

Tal y como Nietzsche explicaba en “El eterno retorno”, todas las situaciones pasadas, presentes y futuras se repetirán eternamente. Pues, si todos somos multitudes, entonces contenemos la totalidad de todo en cuanto es; sumergidos en la eterna pérdida del tiempo y el olvido de lo cotidiano.

“Yo creo que una hoja de hierba no es menos que la diaria trayectoria de las estrellas”

Condenados al olvido de lo cotidiano. Su poesía se preocupa en observar lo ordinario, situación naturalizada como banal, distractoria, corriente… pero ese ya es otro tema…

Es así, no es solo Whitman escribiendo, son sus multitudes contenidas narrándonos, definiéndonos y, a la vez, pasando no a ser nuestras, sino a ser nosotros. Son pequeñas catedrales majestuosas y solemnes, que quizá guardan la misma respuesta para mi amigo y yo; solo que por el momento, solo aseguran esencias, no esencia.