I

Un alegato vehemente y honesto puede encontrarse en el ensayo “Lima, la horrible” de Sebastián Salazar Bondy. Condenada al olvido del tiempo, en medio de tanto señalado optimismo, la obra de Sebastián Salazar Bondy cobra relevancia en los distintos puntos de cultura gracias a su efeméride número cincuenta. La Casa de la Literatura, activo centro de cultura, convocó, a propósito del tiempo celebratorio, a diversos especialistas para escuchar opiniones referidas a unas de las obras cumbres del multifacético intelectual de espigada figura y larga nariz.

Ya Daniel Contreras, corpulento hombre y de barbita dejada, se había encargado de la curaduría de la exposición en la que participaron diferentes artistas plásticos “Sebastián Salazar Bondy. El señor gallinazo vuelve a Lima”. Semanas atrás, este evento fue la comidilla de las redes sociales pues, con chisposa malicia, los internautas quisieron relacionar la propaganda con la llegada del hablador alcalde de la ciudad de Lima. En esta ocasión, él fue el primero que habló en la mesa del 21 del acalorado mes pasado. Eran sus acompañantes Rodrigo Quijano, Wiley Ludueña y Julio Cotler, reunidos de la mano de Alejandro Susti, otro conocedor de la obra del portentoso intelectual.

II

Quien empieza hace referencia a la abundante obra del Salazar Bondy y las distintas maneras en que él ha recabado tal material, como dando un ejemplo de lo prolífica, ecléctica y desperdigada obra de Salazar Bondy. Indica además que si alguien tiene el conocimiento, por favor le dé datos sobre el video perdido de “El señor Gallinazo vuelve a Lima”, cuento memorable del autor celebrado.

Esta exposición de ideas, adelanta Contreras, parte de algunas interrogantes matrices: ¿Qué llevó a que se descontextualice el título de la obra? ¿Por qué no se llevó desde antes una investigación integral-como ahora-? ¿Por qué la reedición a 41 años de su segunda edición? Tras estas preguntas expresadas, Contreras cede la palabra a Rodrigo Quijano, poeta y crítico literario de peinado particular.

III

Quijano indica que tratará de encontrar las imágenes de la obra del autor que permitan descubrir una integralidad, o también (podría decirse) aquello que conecte al inconsciente colectivo.

La Lima que critica Salazar Bondy extraña desmesuradamente su pasado colonial. Esta noción, considerada y “compartida” por el grueso de la pirámide social bajo el tópico de La Arcadia Colonial es, asimismo, aquello que habría de otorgar sentido a la metrópoli. El repudio que Salazar Bondy siente por esta creación mítica lo lleva a cuestionar los cimientos de una república oligárquica, realidad vivida en esos años y que pocos críticos tuvo.

El aporte de Guzmán al debate es interesante pues pone la mirada en una dimensión de crítica de arte a una obra inicialmente social. Guzmán, guiado por su interés de desentrañar las imágenes comunales, afirma que Salazar Bondy ve en el estilo “una definición de la imagen colectiva”. Por ello el arte de esta ciudad esperanzada en su Arcadia Colonial ofrecería “verdades pictóricas”. Es por eso que en la obra, Salazar Bondy habla del indigenismo peruano, el cual, como se sabe, intenta dar una imagen que sea realista del indio, pero que en cambio dio, entre otras cosas, una imagen estereotipada, reducida y paternalista del hombre de los andes. El indigenismo peruano no nació de una revolución de raigambre social y por eso que, desde el arte, poco capaz sea de horadar la mirada mítica añoradora y que proponga un modelo distinto de país.

En ese sentido, Salazar Bondy mantuvo fuertes debates con Luis Miró Quesada Garland y Fernando de Sysszlo, cercanos al abstraccionismo, que vendría a estar en la orilla opuesta del realismo buscado por Salazar Bondy. La postura crítica de Salazar Bondy se explica en el sentido de que Lima no era una sociedad especialmente ligada a la cultura. Así, el arte abstracto, de suma complejidad y metáfora, poco sería entendido por los limeños. Es preciso recalcar que Salazar Bondy busca en el arte una llave para la emancipación. De ahí el énfasis que le aplica a las artes.

Quijano recuerda fechas y afirma que la obra es anterior a un tiempo de gran cambio como lo fue la Reforma Agraria y que implicó todo un transtorno de la estructura social y cultural. En todo caso, la obra se asoma como una crítica incipiente, salida desde la “alta cultura” enfatiza Guzmán, a un estado de cosas insostenible.

IV

Alejandro Susti, sentado entre Quijano y Cotler, parecería un joven más del auditorio si no fuera por su pelo cano y que se presenta en retirada. Susti, editor de esta obra re-editada, así como editor de un libro de artículos recopilados del mismo autor llamado “La luz tras la memoria”, comenta que fueron 2’200 los artículos que Salazar Bondy escribió durante los 20 años transcurridos entre 1945 y 1965. Refirió que debe ahondarse en la figura del escritor no solo por su multifacetismo (cine, radio, dramaturgia, crítico de arte, etc.), sino porque su obra, además de cobrar absoluta vigencia, es inacabada.

Por otro lado, Susti recuerda que Salazar Bondy pertenece a esa vieja estirpe, hoy en proceso de extinción y que se desarrolló a lo largo del XIX, en la que las letras y las humanidades eran la línea crítica del sistema social. Paradigma antiguo que tenía también en la poesía el espacio para poner en cuestión ciertas preguntas importantes y que, asimismo, hallaba en el género del ensayo la forma para expresar de manera prolija las ideas. Hoy, reconocía Susti, la rigidez de la monografía la ha suplantado.

Esa vieja estirpe era formada por gente culta y que participaba en la cosa pública. Se destacó en esa serie de labores el periodismo, labor que Salazar Bondy desempeño con disciplina y entrega. Bajo estas prefiguraciones, por tanto, cabe también concebir la obra del flaco Salazar Bondy

Desde el lado crítico, por tanto, Susti recordará cómo Salazar Bondy cuestionaba la labor de recogedor de tradiciones de Ricardo Palma, pues consideró que con su obra dejaba intacta el nostálgico e hiriente pasadismo de la remembranza de la Arcadia. La obra de Palma solo producía imágenes muy amistosas con el país en el que se vivía y soslayaba temas sociales y raciales.

Susti finaliza al reflexionar sobre la capacidad literaria del ensayo. Calidad que valió los reconocimientos de un joven Mario Vargas Llosa al leerlo y también de Luis Loayza, otro hombre importante de las letras peruanas todavía vivo que le dijo: “Está muy bien escrito. Creo que quedará y cambiará el cristal con que se le mire a Lima”. Mario Vargas Llosa, por cierto, dirá en unas líneas de homenaje que interpelan, esta vez en referencia al autor: “… qué hizo Sebastián cuando llegó a Lima. No había casi nada y él trató de hacerlo todo, a su alrededor reinaba un desolador vacío y él se consagró en cuerpo y alma a llenarlo. […] Todo en el Perú, contradecía la vocación de escritor, en el ambiente peruano ella adoptaba una silueta quimérica, una existencia irreal. Pero ahí estaba ese caso extraño, ese hombre orquesta, esa demostración viviente de que sí, de que a pesar de todo alguien lo había conseguido”.

Párrafo aparte para el tesón de este hombre de vastas dimensiones. Hace justicia la reflexión de Susti sobre él en cuanto fue un hombre que se valió de diferentes ramas para producir y fomentar trabajo intelectual y artístico pese a las adversidades. En la obra que Susti edita, Salazar Bondy hace referencias a otros personajes hechos con el mismo barro como Juan Mejía Baca, el “comerciante de los libros”, y de Enrique Congrains,  otro incansable difusor de la cultura. Para darse un ejemplo, en un artículo Salazar Bondy relata cómo un joven Congrains hace de la ciudad no solo su objeto de inspiración sino su medio de supervivencia: Congrains vende sus cuentos de calle en calle.

V

Llega el turno de Wiley Ludueña, arquitecto de la UNI y profesor en la Escuela Nacional de Arte Dramático (Ensad), siguió. Él remembró varios aspectos del libro, como el de considerarlo una obra pionera de la antropología social y visual en el Perú. Recordó asimismo la filiación socialista de Salazar Bondy (por sus postulados) y lo situó a la vera de José María Arguedas, José  Carlos Mariátegui. Al intentar explicar la vehemencia de las aseveraciones de Salazar Bondy, Ludueña recuerda cómo durante el siglo XIX e inicios del XX, hay ciertos discursos que se encargan de embellecer falsamente a la ciudad: “Lima, la ciudad jardín”, cuando lo que se veía era una ciudad mayormente pestilente y sucia, de acuerdo al relato de viajeros extranjeros (Robert Luis Stevenson, Humboldt, etc.): “De ahí la severidad de sus juicios”.

Esta mentira recaba comportamientos sociales como el arribismo, el servilismo, la inconsecuencia, una “extraviada melancolía”, el perricholismo, un colonialismo regresivo, un conformismo conservador, entre otras calamidades de Pandora.

A esto se detiene Ludueña: pero, ¿cuál es la Arcadia no horrible? ¿Cuál es su antinomia?, pregunta con evidente provocación el arquitecto de barba cana. La Arcadia urbana y no pasadista, dice Ludueñas. Pero, “hurgando”, esta sería una ciudad pequeña, no atiborrada de gente, o sea, en conclusión, un prototipo también conservador, en el sentido que no contempla la migración ostensible de la ciudad criticada. “Contradicción comprensible”, dirá Ludueña.

Este libro caleidoscópico, además, recuerda una frase reseña Ludueña: “Habla mal sobre alguien y te diré qué es lo que quieres”. El ponente se explica diciendo que no intenta decir que Salazar Bondy guarda inconscientes simpatías por la Lima que critica sino que, al contrario, busca mediante el ensayo una acción que exorcice sus demonios, los mismos que nacerían inevitables en una urbe como la nuestra. En todo caso, mediante este acto se produce el surgimiento una verdad evidente: que la ciudad padece de problemas transversales.

VI

Le llega el turno a Cotler. El antropólogo se explaya ante la idea de que anteriormente eran los literatos, los ensayistas, los poetas quienes se encargaban de grafiar la realidad social. Sucedía con Balzac, con Faulkner, quienes daban auténticos climas de le época (“no como ahora que hay recurrir a las regresiones estadísticas”). Eran tiempos en que los hombres de letras eran los pilares de las naciones y de su identidad. La labor de ellos era ofrecer versiones distintas de la oficial mediante la promoción de ideas. Su actividad era importante debido a que “la sociedad se construye en base a ideas, imágenes y símbolos”.

El ensayo, “género venido de mal en peor”, dice Cotler, fue el medio del que se valieron para expresar estas ideas. “Lima,la horrible”, feroz manifiesto contra la ciudad de su tiempo es una crítica implacable con una sociedad oligárquica y que se beneficia y alienta las brechas sociales y los racismos. Dice Cotler, que toda esta programática social se veía favorecida por un clima de ideas, tradiciones, ramas artísticas que la legitimaban y que, como se ha dicho antes, remetía a un pasadismo que justifique el presente. La ciudad es, además, un conjunto de artes inauténticos. Esa es la característica de cada rol cultural en el país: su inautenticidad.

Pero, ante tanta pasividad de las clases sociales oprimidas, Cotler se pregunta: ¿dónde está parado el crítico? Cotler sostendrá que durante los 40’s y 50’s, Salazar Bondy era el crítico oficial del país. Son tiempos de represiones y persecusiones, de expulsiones políticas del país: ¿Por qué no ve eso eso Salazar Bondy? Se pregunta, también: ¿Por qué no ve las olas de migrantes que van hacia Lima? ¿Por qué no a la nueva élite cultural que promueve galerías de pintura y otras presentaciones artísticas? Cotler especula y vislumbra que producto de los cambios ocurridos en esa nueva élite cultural, una parte de ella observará de una manera distinta a la sociedad y se apresurará a ponerla en cuestión dejando de lado los nuevos movimientos que ocurren. En otras palabras, cuestionaría cosas que ocurrieron pero no actuales en su momento. En este caso, como lo dijo Ludueña, podría tratarse de una exorcización. En efecto, ante la imagen indolente y de pacifismo de masas, Cotler contrapone una escena convulsa, de descascaramiento de la estructura tradicional de Lima y de, otro ejemplo de que no hay nada de apocamiento de la gente, alta tasa de escolaridad.

Estas preguntas que se hace Cotler lo llevan a que se pregunte sobre por qué no ha habido una literatura que represente los cambios ocurridos. También se pregunta sobre la vigencia o la continuidad de la Arcadia Colonial. ¿Es menester que se mantenga? ¿Forma parte de nuestro horizonte de miras? ¿La indolencia imaginada se mantendrá?

Finaliza con recomendaciones para quienes se encarguen de estas tareas: “Son preguntas que quedan para los próximos escritores que no pretendan hacer sociología y los sociólogos que no pretendan hacer literatura”.

Fuentes: La luz tras la memoria

Foto: Archivo Irma Lostaunau

Agradecimientos a la Casa de la Literatura por las correcciones y los comentarios recibidos

25-02-15