Larga ausencia, lamento eso y pido disculpas de la mejor forma posible para mí: con un poema.

Este lo he escrito tirado en el pasto en la esquina de Javier Prado con la Vía Expresa, al frente del Colegio San Agustín, lugar donde muchos trabajadores de oficinas cercanas van a descansar (no, yo no trabajo). Y todo lo que vi, lo plasmé en unos versos que espero que les guste.


Arbustos cortados como cuadrados,

césped podado irregularmente,

árboles sucios y pequeños,

cielo celeste invadido de nubes,

edificios pequeños pero imponentes.

 

Los autos van y vienen como la sangre en las arterias.

Esta es nuestra “Lima, la horrible” que nos venden:

tan solo una escena hermosa de toda una película espantosa,

pero hay que aprovechar esa escena.

Corto episodio mientras el resto se va arreglando (o empeorando).

Que el sol sea suave sobre un árbol,

en lugar de un inclemente frío en distritos sobrepoblados.

Verde y rasposo grass reemplazando a la caliente e infinita arena.

 

Vamos todos a comprar esa Lima;

La hermosamente fea,

la más puritana de todas la prostitutas,

esa paz en medio del caos rutinario,

un segundo de quietud dentro de toda una vida de amargura.