Editado por Massiel Román Molero

Gracias al coronaviritus –sin subestimar el gran poder y reinado que ha logrado obtener actualmente en el mundo–, millones de personas han tenido que transportar sus deberes laborales a casa para poder seguir generando dinero y, por lo tanto, un futuro de vida estable –al menos, por unas semanas más.

Esta situación ha sacado de “pelos” a quienes, en su gran mayoría, no han nacido en una cuna propia de la época tecnológica. Más que cambios agradables o beneficiosos, el teletrabajo ha terminado presentándose más como un reto, el cual conlleva un dolor de cabeza.

Ustedes pensarán que este cambio solo lo sufren nuestros padres setentones, tíos de la cuarta o quinta base o, por último, nuestros abuelitos, pero están equivocados… algunos jóvenes también la pasamos mal con el teletrabajo.

Nuestra salud mental se ha visto invadida por una sobrecarga de deberes laborales que, gracias a jefes que aún no entienden muy bien cómo se debe sobrellevar esta modalidad de trabajo que está moviendo al mundo, recargan de innumerables tareas a sus empleadores.

Si bien el concepto del “teletrabajo” está mutando cada vez más en el tiempo, el día de hoy, a pesar de que esta modalidad nos brinda ciertas ventajas, está llenando asimismo de estrés, ansiedad y depresión a quienes intentan adaptarse a estos cambios.

En primera instancia, se hablaba de oficina en el hogar, en la cual la tecnología se hacía presente a través de las portátiles e Internet que se hallan en casa. Esto dio la oportunidad de trabajar desde fuera de la empresa. Con el tiempo, el concepto pasó a ser conocido como oficina móvil, ya que los teléfonos celulares y las tabletas se sumaron como herramientas útiles para el teletrabajo al permitir al usuario laborar no necesariamente en casa, sino desde cualquier lugar donde se encuentre. Finalmente, el concepto ha tornado a catalogarse como “oficina virtual”. Esta ayuda a expandir el concepto anterior con la aparición de teléfonos inteligentes y la capacidad de tener información en una nube.

Evolución del teletrabajo

A la larga, el uso de estos conceptos ha logrado demostrar que lo que necesitamos para teletrabajar cabe en la palma de nuestras manos. Pareciera un mundo ideal lleno de arcoiris y ponys pero, así como hay mundos ideales, también existen situaciones o espacios deplorables, y algunas en medio de ambos.

Tener las herramientas necesarias para teletrabajar sí es un beneficio grandioso, pero, ¿qué sucede si la persona que está al mando no entiende perfectamente, qué es el teletrabajo en sí y, sobre todo, en qué consiste y cómo ejecutarlo?

Como lo mencioné anteriormente, este concepto radica en teletransportar tu oficina a casa, mas esto no implica pasar solo los deberes del trabajo, sino también acatar y respetar el horario de trabajo por el que te pagan. Este problemilla –que más parece un problemón– ha ocasionado un disgusto enorme entre empleadores ansiosos y jefes que han pasado a llamarse “explotadores”.

Que tu oficina se haya mudado a un espacio de tu casa no significa que tienes que estar ahí todo el día. ¡Hay horas! ¡Te pagan por ciertas cantidades de horas! Puede ser cierto que, con este cambio brusco, existan un sinfín de deberes que luego con el tiempo irán en descenso hasta llegar a pisar el territorio y ambiente normal, pero esto no significa que debes desvelarte por estas tareas infinitas (las cuales parecen sacadas de un sombrero de mago).

Si te pagan por 4 horas, pues labora entre un rango de 4 a 5 horas, pero no excedas. Debes tener tiempo para comer, limpiar, descansar, distraerte, entre otras actividades esenciales. Estar encerrados en casa genera estrés, y más aún cuando percibes que te tienen amarrado en una silla y computadora todo el día. Puede que el miedo perturbe: “Si hago el reclamo, mi jefe me puede despedir”. Sí, puede existir ese riesgo, pero, ¿no creen que es de igual de importante contar con una buena salud mental?

De por sí, esta crisis sanitaria está derrumbando el mundo emocional de varios al ver cómo la cifra de infectados crece bochornosamente cada día. Pero quizá todo este problema no se genere porque nuestros jefes quieran sobreexplotarnos –ellos no tienen cómo medir nuestro rendimiento cómo lo hacían desde la oficina–, sino por una falta de comunicación desbordante y por falta de una planificación de horarios y objetivos.

No se trata de lidiar con el jefe ni con el teletrabajo. No debes lidiar con situaciones que nada de bien traen a tu vida diaria. Se trata de organización y comunicación: saber transportar –y transformar– tu vida pasada hacia una modalidad virtual que no perturbe tu estabilidad. Nadie puede decirte cómo puedes hacerlo, ni tu jefe debe implantarte, ni mucho menos amenazarte, cómo debes lidiar el teletrabajo, pues, al fin al cabo, ambos son interdependientes (por diversas razones).

Tal vez trabajar desde casa sea parte del sueño de muchas personas, pero cuando algunos se ven sometidos a este cambio de manera repentina e impulsiva, pueden ver afectados su rendimiento, creatividad e, inclusive, comprometer su personalidad y vida emocional.