“¡Ponte a leer!” , es la frase que desde pequeña he oído decir a mis padres, quienes me obligaban a devorar desde novelas clásicas como “El Principito” hasta cuentos modernos como los del mago adolescente, “Harry Potter”. Mientras más me exigían  ya sea por el Plan Lector del colegio o por el gusto de mis papás menos quería hacerlo y mi desgano era aún mayor. La lectura, en mi caso, estaba ligada al castigo. Si quería salir con amigos, tenía que avanzar con los textos y después exponérselos a mi mamá, quien me tomaba un ‘examen’ sobre lo que había entendido de cada capítulo. Sentía la presión del colegio en casa. Así pues, los materiales educativos, novelas y cuentos se volvieron mis enemigos durante la pubertad.

Quizás algunos, desde la infancia, tuvieron cultivado el hábito de la lectura, realizándolo con agrado y disciplina, siendo considerados  por los ojos del resto  como buenos estudiantes y futuros exitosos. Pero, ¿qué hay de aquellos que empezamos tarde el gusto por la lectura? A mis dieciséis años, tras una larga discusión con mi padre por mi estrecha relación con la televisión y mi poco hábito lector, decidí buscar un libro con el que pueda envolverme tanto o más cómo lo hacía con los programas de tv y las películas. Fue allí cuando, hurgando por la biblioteca de mi casa, encontré el primer libro que leí a conciencia y por mi propia voluntad: “La ciudad y los perros” del conocido escritor peruano, Mario Vargas Llosa.

Me atrevo a afirmar que ese libro cambió mi vida. Cada página me sedujo hasta el final, la descripción de cada personaje atrapó mi atención y evitó mi distracción. A partir de ahí, mi pasión por la literatura empezó a escribir su propia historia. Comencé a buscar novelas románticas, fantásticas, sociales, policiales, y de todo tipo.

Asociar la lectura con términos como ‘aburrido’ o ‘soso’ es bastante común entre nosotros, los jóvenes, quienes muchas veces preferimos consumir materiales audiovisuales antes que textos escritos, pues requiere menor análisis y esfuerzo. No obstante, el estudio y los libros no son excluyentes, puesto que requerimos de estos para obtener mayor conocimiento, elaborar informes, ensayos académicos y, sobre todo, aprobar nuestros tediosos exámenes de la universidad. Es por esta razón que la lectura se torna un deber y no un placer, ya que, mayormente , se nos exige leer temas que no son de nuestro agrado, pero que estamos obligados a aprender porque nuestras carreras así lo solicitan.

“No me gusta leer”, “me aburre la literatura”, “soy alguien de números, no de letras”, son las típicas frases que las personas alegan desde su postura negativa hacia la lectura. ¿Alguna vez has dicho estas frases? Seguro que sí. Yo también las dije alguna vez. Sin embargo ¿te has dado el tiempo de encontrar una novela, un cuento o un texto académico que vaya acorde a tus intereses?

 

 

 

 

  • Gerson Alejandro Chanduvi Zepe

    Ese cambio al que usted refiere es precioso: qué es más hermoso que hacer las cosas por placer. Vivir con amor!
    Me encantó ☺️