Con motivo de la celebración de Día de Francia, la Alianza Francesa presentó “Las Palabras del Silencio”, show de Laurent Decol, mimo francés discípulo del lírico e intenso Marcel Marceu. Tras 40 minutos de acomodos y reacomodos, las casi 200 personas se sumieron en la oscuridad del auditorio por unos cuantos segundos. Pronto apareció, en el medio del escenario, una luz y con ella un ser con el rostro pintado y vestimenta impecable y “chic”. Teníamos delante de nosotros al laureado Laurent, un tipo delgado, con físico de artista y con ojos de su compatriota, el filósofo Jean Paul Sartre.

I

Nacimiento. Vemos a un niño. Duerme en el piso en posición fetal. Se toca, de pronto, el trasero. El público ríe. El bebé se mueve muy poco, muy lentamente. Mira, de súbito, el lugar en el que está. Se levanta con cuidado, desperezándose, y ahora, de rodillas, ve de nuevo a su alrededor.

Está en el vientre. Toca las paredes de su madre, las tantea, las palpa. Se levanta, vuelve a tocar los contornos. El lado derecho, el frontal, el posterior, el izquierdo. Toca también lo que parece ser un techo. Se inquieta un poco. Pero, al forzar, las paredes siguen la influencia de su fuerza. ¡El niño puede mover las paredes imaginarias a su antojo!

Escucha un llamado, preguntan por él. El niño comprende, ya va a salir. Hace esfuerzos denodados por salir, su cabeza apenas se ve, su trasero elevado lo impulsa. Hay resistencia. Finalmente, la cabeza sale, mira para los costados con una rápida curiosidad. Sus ojos se abren, grandazos.

El niño se retira al vientre. No desea nacer. Vuelve y se recoge. Empieza a dormir como si dormir le hiciera olvidar lo que de inmediato vio.

II

El Escultor. Aparece un artista pensativo sentado. Piensa mucho, su rostro, puño y ojos concentrados. Al rato, despabilado, con la idea encontrada, mira al público con soberbia. Antes, estima necesario usar su fuerza para levantar un gran bloque de piedra, pero poca tiene. Pide una colaboración, llama a alguien, va una niña. Intentando que sea objeto de burla, el artista le pide, truhán, que levante la gran piedra. La niña lo mira, se ríe. La piedra se levanta. El artista no soporta, le exige que lo haga de otras maneras, quiere mofa a como dé lugar. Pero con dos manos, con una, con los pies, con los dientes. Desde varias “perspectivas”, la niña puede. El artista, derrotado en su orgullo, la invita a salir a refunfuñones.

Ahora pasa a ver al público.Él tasa, busca algo. También busca mostrar altanería. Tú, tú, tú. No, no, no. Nadie. No hay nadie que sirva de mo… ¡Tú! Segundos después: ¡Bah…!

Se reanuda la búsqueda. Finalmente encuentra a quien puede ayudarlo. Lo mide, lo analiza, lo observa, va a sus detalles, una vez que lo tiene, se acerca al bloque, mira de nuevo al modelo. ¡Bam! Cincelada y ya está. Sintiendo desaprobación risible del público, el artista opta por darle más trabajos a la piedra. Uno, dos, tres. Nada sale.

Por último, el artista decide volverse un huracán. Rodea la piedra, sus zapatos hacen que suene el martilleo, que constante, imparable suena. Tacatacatacatacatacataca…

¡Ya!

Una piedrita es el resultado.

El artista toma la piedrita, la ve, la analiza. La mide, la escruta con la mirada de un padre observador. A medida que hace eso, la frota con sus dedos. Cada manipulación es el decomiso de la forma de la piedra. Pronto hay un hilillo de polvo, arrojado por el viento hacia el viento. El artista deja de mirar los rastros, deja de interesarse por el público. Regresa a la banca de donde partió toda la historia. Coloca la mano en el mentón, el brazo sobre la piedra. Reflexiona, quema el cerebro por la obra que vendrá. La luz baja sus tonos, la oscuridad engulle. Del artista solo queda un recuerdo azul.

III

Alguien barre, desaparece la basura. Está concentrado, lo cochino se va. La escoba deja limpia la plaza, llegarán los paseantes. Un viejito. Se vale del bastón. Avanza cansino, detiene el paso, encuentra una banca. Con el bastón de apoyo, se sienta. Coloca los brazos sobre el mango. Una señora teje a su costado, mueve los dedos de una manera hábil. Le habla. Y mucho. El señor debe de oírla, pero se cansa. La señora, que no para de hablar, lo nota y le reprende para que le siga lo que dice. El señor, respetuoso, accede a escucharla, para aburrirse al rato. La señora nota eso y le da con el codo. El señor, caballero de la antigua, la escucha. Pero, nuevamente, se aburre. La señora teje, habla y le da codazos. A tanto llega su deseo de que la escuche que cuando el señor se levanta para irse, ya la señora le regaló un cariñito con su pie.

Una estatua, en otro lado de la plaza, funge de árbol, aves se posan en sus brazos inmóviles, seguros. Un vendedor de cuerpo a la deriva se esfuerza por no dejarse llevar por la gran cantidad de globos que lleva en mano.

Aparece un niño, mira con imaginación a los globos, pero no tiene plata. El vendedor, sensible, mira su stock, que desea irse hasta arriba; decide darle un globo. El niño está feliz pero el globo tiene un aire de tal hegemonía que podría llevárselo. Ante ello, el niño tiene una muy buena idea: amarrar el globo, cosa que hace pero… a nada. El globo se dispara a lo alto. Vemos a un niño llorar. El vendedor, que ha visto todo, intenta irse silbando para no darle otro, pero la mirada piadosa es un candado, no hay avance. El vendedor le da uno más, y el segundo globo se va volando gracias al amarre vano.

El vendedor no quiere que se repita el yerro, decide, por eso, darle todos los globos que tiene. El cielo se llena de una fiesta de colores, y entre los plásticos se distingue un rostro felicísimo. Entretanto, el vendedor queda boquiabierto; ahora sí tiene los argumentos para hacerse el loco.

Alguien barre, pero más lento que antes. La plaza va quedándose sola ya al atardecer. El barredor ve el resultado de su trabajo satisfecho. Todo está según lo convenido, a excepción de aquel enjambre de plásticos que pasea a un niño por los cielos. Sereno, se encoge de hombros. Da unas barridas más.

IV

Un hombre sentado. Con ademanes selectos, coge una máscara; con la otra mano coge un pincel. Empieza a darle forma. El hombre se levanta, mira al público. Una de sus manos avanza hacia su cara. Del rostro opaco y serio del hombre, hay una sonrisa que se pretende permanente.

Se saca la máscara, se la pone de nuevo. A todas luces, un hombre feliz. Se la saca. Ya acabó la demostración de esta máscara. Toma una nueva, se la pone. Vemos a un hombre triste. Se la saca, se la pone: hombre triste.

Vienen a acompañarlo más máscaras. La tristeza, la pena, la alegría, la tranquilidad, la frivolidad. Llega la máscara de la esgrima, del amargado, llega la hora de combinar máscaras, la de la alegría, la pena, la pena, la alegría. Su cara cambia, también sus gestos y su cuerpo. Por último, prueba la máscara de la risa, pero esta tiene un deseo oculto.

El hombre la exhibe, muchos dientes, pura risa, es un carnaval. Funciona. Al sacarse la máscara como de costumbre, siente, sin embargo, que no puede. Usa las dos manos, emplea fuerza. No sale nada. Nada. De todas las formas posibles lo intenta: pero nada. El hombre se desespera, camina de aquí para allá. Realiza contorsiones, nada. Se queda dormido en su desesperación. La crisis le señala un trágico camino. Puede sacársela, pero arriesgándose los ojos. Hay que decidir. Lo hace. La máscara empieza a ceder. Con esa confianza, el hombre toma la máscara y con parsimonia la sube. La libertad regresa pero a un costo: la vista.

Y sin embargo, el artesano seguía, consciente de que el dolor era intrínseco al crear.

18-07-15

Editado: 05-08-15