LAS TRES CAMPANADAS

Las tres campanadas sonaron y mi corazón se detuvo. El chirrido de las puertas oxidadas resuena en la oscura madrugada. Siento el vello de todo mi cuerpo erizarse. La puerta de madera retumba en mi espalda. El suelo vibra bajo mis piernas. Todo mi cuerpo se sacude ante el pánico. ¿Así era? ¿Así iba a terminar todo? Observo a mi alrededor y dejo que las lágrimas rueden por mi rostro.

El destino me había jugado una mala pasada. Me había engañado y se había quedado con mi buena fortuna. Consumido por el tiempo y el temor a lo conocido, debía esperar desde aquel helado suelo mi final. Ellos saben que estoy aquí. No puedo ocultarlo. No vale la pena levantarse ni pedir clemencia. Mi último acto de valentía es sostener aquella puerta de madera sobre la que me recuesto.

Las tres campanadas marcan el momento en que las puertas se abren y mis mayores enemigos se liberan. Ahora, ellos vienen. Escucho sus pasos resonar por las calles vacías, escucho sus gemidos detrás de la puerta de madera y sus gritos rompen con la oscuridad. Escucho cómo claman mi nombre. Ellos me conocen y yo a ellos. Hemos sido casi siempre iguales, pero en mi perfecta astucia les he rehuido por mucho tiempo. Me escondí. Rogué. Me arrastré. Todo para evitar que ellos me hallaran.

Y al final, ¿para qué? He sacrificado todo por esta vida y ahora, ella me repudia como un hijo no deseado. ¿Por qué negarme a cruzar las puertas antes? ¿Por qué luchar por este mundo si al final terminaría así? Sí. Yo sé la respuesta. En el fondo, no me arrepiento de colgar del abismo, porque solo así me he sentido un poco vivo. Por primera vez en mi larga existencia me he sentido un poco humano y un poco dios. Quizás me arriesgué. Fui codicioso, pero lo valió y ahora debo pagar.

¿Cómo llegué acá? ¿Cómo me han hallado? Fue mi error. Vagaba por la ciudad. Una lenta melodía resonaba en mi cabeza. La brisa fría del mar de invierno rozaba mi rostro. Me deleitaba con los cambios de color en los semáforos. Me fascinaba con la risa de los niños y la alegría de los padres. Pero el hilo de mis pensamientos se perdió cuando noté su presencia. Alguien me seguía. Él no sabía que yo sabía que él me seguía. Pero ahí estaba y yo no me lo podía quitar de la cabeza. Mis sentidos del pasado despertaron. Quería jugar.

Lo llevé por zonas en penumbra, por calles olvidadas. Él luchaba por no perder mi rastro. Nuestros cuerpos se movían como en una danza… una cacería donde él creía ser el cazador, pero era la presa. Quería que su corazón latiera a otro ritmo. Quería sentir su sangre, cómo fluía a tiempos distintos, irregulares. Y así, cometí el error de dejar que me alcanzara.

«Detente, no te muevas o te vuelo la cabeza», susurró su voz a mis espaldas. Un objeto frío se deslizó por el costado de mi cuello.

Percibía el temblor de la mano que empuñaba el arma, pero yo no tenía miedo. La idea de morir nunca me ha aterrado porque yo no puedo morir. Pero sí me fascina la temporalidad humana.  Me encanta saber que los seres humanos se pueden ir rápidamente, que sus cuerpos son materia que se descompone. Mi mente imaginó escenarios y posibilidades. Podría ver a ese humano morir ante mis ojos. Un espectáculo único. No me detuve a pensar las consecuencias, quería la emoción.

Giré con brusquedad sin darle el tiempo para reaccionar. Ojalá él me hubiera disparado primero, pero no lo hizo. Ojalá me hubiera pedido clemencia, pero no lo hizo. Lo arrojé al suelo y ahí quedó, en medio de la calle, un bulto solitario. Me miró y su mirada gritaba condena eterna, pero no lo supe en ese momento. Tomé el arma y disparé sin pensarlo dos veces. Me quedé parado, mirando…Su sangre se extendió por el pavimento. Se deslizó formando un hilillo de color escarlata y brilló con la luz de los postes. En ese momento me di cuenta. Había sido un error. Ellos me iban a encontrar. Había interrumpido el tiempo de vida de un ser mortal. Había desafiado sus leyes.

Así…corrí. Corrí como nunca lo había hecho. Pero no huía del abandonado cuerpo, huía de mis demonios. Les había permitido encontrar la puerta de salida del inframundo. Y yo estaba débil. El temor, la ansiedad, la soledad…había pasado hambre y frío. Había perdido a personas y me había tenido que despedir de otros. Pero también había experimentado júbilo. Había amado y me habían amado. Había sido humano.

Las tres campanadas marcaron el final de mi recorrido. Ojalá no hubiera disparado. Ojalá me pudiera quedar. Quería sufrir como ellos. Quería amar y llorar. Quería deambular por este mundo sin un propósito. Quería ser como la humanidad. Su mortalidad me causaba lástima antes de conocerlos. Ahora su mortalidad es lo único que deseo.

Pobre aquel ser humano que siente vergüenza de sus emociones. Hubo “primero”, aquel que tuviera la idea de refundir sus emociones en un rincón oscuro. Y luego han surgido otros, han avanzado como una plaga. Se contagian. De padres a hijos. De hijos a otros. Se susurran al oído el temor a ser juzgados, el temor a parecer débiles. Inútil aquel que no llora, inútil aquel que no ríe, porque eso es lo único que les queda al final.

Las tres campanadas de la madrugada han seguido repiqueteando. Parecen eternas y nunca terminan de sonar. Su eco se extiende en la eternidad. Sentado en el suelo. Recostado en la puerta, puedo sentir los golpes de las fuerzas que luchan por ingresar. Las imágenes de la noche han empezado a cobrar más fuerzas y no puedo reprimirlas más. Están afuera. Quiero apagar esas campanadas, quiero que se detengan. He de levantarme del frío suelo y permitirles entrar. Es la única forma en que esto puede acabar.

Cuento escrito por Cinthya Mori Ortiz. Estudiante de Comunicación Audiovisual en la PUCP

 

MUJERES

Las mujeres son muy bellas
las mujeres son muy fuertes.

Son hermosas como el
resplandeciente azul marino.
Pero aguardan atentas el combate
como el volcán que parece dormido.

Son sencillas y tratables
con mucho tino
Resplandecientes compases
llenas de delirio.

Las mujeres son muy bellas
las mujeres son muy fuertes.

Aguerridas como fieras
fuertes tal marfil.
Preparadas para la guerra
sin ningún solo fúsil.

Unas se quedan a pensar,
otras se quedan a cantar.
Son tan preciosas
que todas las noches
me las pongo a soñar

Las mujeres son muy bellas
las mujeres son muy fuertes.

Son como los colores
Son como las flores
No importa el tiempo que pase
ellas seguirán siendo bellas
con el pasar de las estaciones.

 

Poema escrito por: Diego Luis Delgado García