‘’No sé cómo expresar lo que siento’’ es una oración que nosotros, los no tan sofisticados, hemos dicho alguna vez. El desconocer cómo expresar lo que sentimos muchas veces se confunde- o se asemeja- a no saber qué sentimos exactamente. A medida que crecemos, sentimos que la vida se complica o que nosotros complicamos la vida, ¿quién sabe cuál es la diferencia entre ambos casos? Lo cierto es que algo cambia. Nos vemos en el espejo y cada vez más, con suerte, nos reconocemos más rápido y fácil. Sin embargo, a veces uno no sabe quién es y el espejo se torna en su mayor enemigo, pero igual lo necesitamos para vernos. Sin él, nuestro rostro es  una especie de fábulas y mitos hechos por los demás. Gracias al espejo conocemos, muchas veces infeliz y obsesivamente, cada centímetro de nuestro cuerpo: nos podemos ver como los demás y también nos podemos ver como nosotros mismos. Sin embargo, si solo fuéramos cuerpo nada tendría sentido. La meditación, el arte, los sueños, el tiempo y el lenguaje son elementos con los cuales podemos entender mejor nuestras emociones, nuestros pensamientos y quiénes somos realmente. Si bien podemos refugiarnos en libros, películas y series para evitar pensar, lo cierto es que luego la pantalla se apaga y solo se puede pensar ‘’oh, me parezco mucho a mi mamá’’. Jean Paul Sartre, en su obra de teatro que posteriormente se transcribió, A puerta cerrada, relata el paso de Estelle, Inés y Joseph. La historia gira entorno a la estadía de estos tres individuos en lo que será llamado como Infierno. Pero no hay comparación con el retrato de Dante, sino que, en este caso, es simplemente una habitación explícitamente descrita como sin espejos.  Así, la única manera de saber cómo se ven es a través de los ojos de los otros. Con múltiples traiciones y palabras interesadas, rápidamente caen en cuenta que el infierno se trata de torturarse entre sí. Si bien la parte más interesante de la obra se encuentra cuando Joseph tiene la oportunidad de salir pero no lo hace, ya que su auto perspectiva se ha vuelto dependiente de la de Inés, Sartre utiliza esta ficción como una metáfora para ilustrar la importancia del reconocimiento de los otros en el reconocimiento de nosotros mismos. En ese sentido, nunca estamos solos porque nos creamos entre nosotros. Pero siguen habiendo lagunas, seguimos sintiendo que no entendemos qué nos pasa o seguimos sin entender qué sentimos. A veces parece que hay más enigmas que el mundo y muchas veces a falta de buen arte interpretamos la vida. No solo a través de los otros que aprendemos a expresar lo que sentimos, sino también a través del arte creado por ellos, dejando de lado la interacción social.

Cómo olvidar lo mucho que las primeras series que veíamos antes o después del colegio nos formaron. Lo mucho que anhelamos ser como tales personajes y lo pronto que pasó esa etapa. Avatar, Naruto, Dragon Ball, Billy y Mandy, Coraje el Perro Cobarde, entre mil más para distintos tipos de niños: estas series nos enseñaron a soñar, enseñanza de la cual muchas veces el mundo nos busca quitar.  Rápido los deseos de ser el protagonista de una historia fantástica más que anhelo nos incitaban nostalgia y tuvimos que encontrar otras series para entender lo que nos estaba pasando. Es aquí cuando series como la desafortunadamente malinterpretada Skins, My life as Liz, Glee y animaciones como Daria nos ‘’ayudaron’’ a entender y crear una personalidad que con el tiempo fue cambiando. Muchas veces uno recuerda los momentos de la pubertad y adolescencia con un mayor nivel de vergüenza, ya que siente que tenía la libertad de no haber hecho o dicho tal cosa, y que ahora el recuerdo embarazoso de ciertos momentos lo perseguirán de por vida. Cierto es que estas series y sus efectos en nosotros, y cómo entendíamos y sentíamos nuestra vida fue muy real y a veces tan exagerado que causa vergüenza recordar. Pero es normal, sabemos que debemos perdonarnos por imitar a personajes que sentíamos que eran la persona que queríamos ser, o que queríamos que los demás nos vieran cómo. Una vez más, limpiamos el espejo y en la adultez joven parece que nos encontramos solos. La semana pasada escribí un artículo sobre esto y cómo es difícil encontrar un referente audiovisual sobre los 20’s. Y es que a esta edad no se entiende nada. No sabemos cómo dejamos de ser niños, no sabemos dónde estamos ahora y menos dónde estaremos en unos años. Y las emociones ya no son como la primera vez que uno las sintió: el amor muchas veces está mezclado con el miedo, la angustia aburre, y el aburrimiento abruma mucho más porque el tiempo se siente más pesado y a la vez rápido cada vez. Para esto, muchas veces recurrimos a refugiarnos en las series que nos acompañaron, tal vez no en mejores, pero en momentos más claros. El ver de nuevo las series que veíamos de niños y entenderlas de otra manera nos devuelve, con la memoria, los rastros de quienes solíamos ser y hasta puede guiarnos más detenidamente hacia un futuro. Otras veces, también, nos guiamos cada vez más por cómo nos sentimos para saber qué queremos ver: si queremos llorar porque tal vez extrañamos ese sentimiento o necesitamos un impulso para hacerlo, si queremos recordar lo que es estar enamorado, si queremos escapar de la realidad, siempre hay alguna serie que nos pueda entender y nos lleve a encontrarnos con nosotros mismos de nuevo.

Con todo esto, no debemos subestimar el poder que las series tienen en nosotros. Al ver a otros personajes ficticios cometer los mismos errores que nosotros alguna vez, tal vez podemos encontrar la compasión y el perdón que es imposible darnos a nosotros mismos. Algunas otras veces, también nos sirven para ver los errores que por mucho tiempo llevamos cometiendo sin decirnos nada al respecto. Cada cosa que consumimos forma parte de nosotros. Si algo enseña el tiempo es que no solo el bienestar físico importa y por lo tanto, debemos cuidar qué entra por nuestros ojos y oídos también, porque sin duda alterará lo que veamos en este metafórico espejo emocional.

*Créditos de la imagen del artículo a introvert_kal en instagram.