Siempre me he considerado un sujeto al cual las series no logran cautivar su atención. Son pocas las cuales han cumplido con este objetivo, al punto que logre invertir más de una hora en ello. No obstante, a finales de abril, hubo una serie que logró esto, diría yo que estas palabras no logran expresar todo el contraste de emociones que me generó, así como el interés que llevó a que invirtiera todo un día en ver todos sus episodios. Intuyo que, para este punto, varios habrán adivinado el nombre de la serie de la cual estoy hablando: Por 13 razones o más conocida por su nombre en inglés como 13 reasons why.

No, no voy a empezar a hablar y mencionar las diferentes razones por las cuales considero o no que es un buen producto audiovisual. En primer lugar, no soy un especialista en el área como para poder criticar de manera imparcial la construcción del contenido presentada en la serie. En segundo lugar, creo que no es pertinente, en esta oportunidad, expresar mi opinión sobre una serie. Lo que me interesa es comentar uno de los temas tratado por 13 reasons why  y que, hasta el momento, había sido tocado pocas veces. Un mal silencioso que cobra muchas vidas y principalmente es frecuente dentro de la juventud. Estoy hablando de la depresión.

Es inevitable que al hablar de este tema, evoquemos en nuestras mentes varias noticias que han rodeado, en diferentes periodos, los titulares de los medios de comunicación. Por nombrar alguno de ellos, podemos mencionar el caso de las palabras de la ex candidata presidencial Keiko Fujimori, catalogando esta enfermedad como una restringida a los perdedores y que ella, al no ser una, no podía padecerla. Esto no hace más que reflejar un grupo de estereotipos que las personas manejan sobre la depresión, asumiendo que es una enfermedad para personas débiles y que cualquiera con un poco de esfuerzo podría superarlo.

Del mismo modo, estas últimas semanas una noticia llegó a causar una alarma entre la población: la llegada a Latinoamérica del controvertido juego La Ballena Azul. Aún se tienen dudas sobre su origen, pero se basa en la premisa de cumplir una serie de retos, 50 en total, siendo el último de estos el suicidio del jugador. Esta semana, la alarma creció en nuestro país con la aparición de los supuestos primeros casos. Según expertos, las personas con tendencia a la depresión son las más susceptibles a poder ser víctimas de este juego que, como ya mencionamos, posee un desenlace fatal.

Una similitud entre estas dos situaciones fue la respuesta inmediata que dieron las autoridades en busca de una “solución” para este problema, que se basó principalmente en criticar y plantear soluciones hipotéticas sin expresar una idea concreta de solución. Como es frecuente con la mayoría de problemas sociales, estos son importantes para las autoridades siempre y cuando se encuentren dentro de la agenda de los medios de comunicación.

Según las cifras, hay un 55% de personas con patologías mentales que todavía no han recibido atención. Entre las más frecuentes se encuentran la ansiedad, la depresión y los trastornos del desarrollo, todo esto según cifras de El Comercio. Así mismo, según el Instituto Especializado de Salud Mental Honorio Delgado – Hideyo Noguchi, Lima metropolitana concentra la mayor tasa de depresión en el país, siendo prevalente en el 18,2% de la población. Este estudio critica los bajos niveles de apoyo que se dan a las personas con enfermedades mentales, especialmente la depresión, lo cual se refleja en las bajas tasas de acceso a los centros especializados. Humberto Castillo, director general del instituto, afirma que solo tenemos 1 psiquiatra por cada 300 mil peruanos.

Sin embargo, las cifras que reflejan verdaderamente el problema son las tasas de suicidios, siendo Lima metropolitana el sector con las cifras más altas. En resumen, esto logra reflejar la triste realidad: la depresión ha sido y sigue siendo un problema que ha sido poco atendido por el Estado. Así como hubo 13 razones para que Hannah acabara con su vida, hay miles de razones que día a día hacen que los jóvenes caigan en esta enfermedad. Amigos, problemas en la universidad o colegio, maltrato en la escuela o en el hogar, son algunas de las razones más conocida. Solo una persona que ha afrontado esta situación puede entender lo difícil que es salir de ello, al mismo tiempo que puede entender la severidad del asunto.

Ante esto nos debemos preguntar cuál es nuestro papel frente a este problema, la cual debe ser respondida mediante la reflexion de las veces en que nosotros somos responsables del sufrimiento de otra persona y colaboramos como agentes que perpetúan este problema. ¿Cuántas veces nos hemos dejado influenciar solo por una sonrisa y no nos hemos puesto a pensar en los problemas de fondo que ella o él puede estar teniendo? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos preguntado sinceramente a alguien cómo está? (Cabe resaltar que esta pregunta se ha vuelto tan ordinaria que ha perdido el verdadero significado que tiene), ¿Cuántas veces hemos dejado nuestro propio grupo para poder entablar una nueva conversación con una persona que, quizás, no le sea tan fácil hacer amigos y en ese momento se pueda sentir sola?.

También nosotros somos parte del problema y no de la solución. Así como muchas veces criticamos la ineficiencia del Estado en temas como este, deberíamos criticamos por no hacer nada cuando tenemos el asunto muy cerca de nosotros. La persona con depresión puede ser tu amigo, tu compañero de clase o hasta un miembro de tu propia familia. No esperemos un casete, carta, mensaje para darnos cuenta que pudimos hacer algo para evitar una tragedia. Es hora de que empecemos a ser el cambio.