Quien escribe sobre el lenguaje es aquel que puede escribir sobre cualquier cosa. Escribir y hablar acerca de lo que uno usa para escribir y hablar pareciera tan fácil que, en realidad, uno nunca se da cuenta de lo difícil que es. El lenguaje, esa actividad social que surge entre los seres humanos, para diversos fines, como construir realidades, hablar de las realidades construidas, comunicarse, etcétera, es tan complejo que cada lengua hace uso de él para que la inter-subjetividad o entendimiento mutuo sean los óptimos. Entonces, el hecho de que yo haya puesto de título de esta entrada algo así como las fronteras de los mundos es todo menos casual. Todo el sistema de lenguaje es tan complejo que detrás de cada frontera imaginada en la cual se termina este mismo, se encuentra un mundo muy distinto a otros. Esto nos deja algo claro: nuestro mundo tiene miles de mundos. ¡Qué hermosa es la diversidad! Y, sobre todo, es hermosa porque el lenguaje puede reforzar los lazos de identidad de una persona con su comunidad. Hasta ahora, puedo haber dicho palabras juntas que suenan como perogrullo. Pero aquí quiero introducir, (casi) subrepticiamente, una idea más. Es una idea que, además, de nuevo suena a perogrullo. Si tenemos todo lo previamente dicho como presupuestos o premisas lógicas, entonces podremos utilizar un poco de la filosofía del pensador austriaco Ludwig Wittgenstein para enunciar algo bastante importante para las dinámicas (quizá en demasía) actuales. Wittgenstein decía durante la primera mitad del siglo XX que “los límites de su lenguaje eran los límites de su mundo”. Hasta un punto determinado, esto es totalmente cierto –se explicará más adelante–; pero hasta otro punto, es de temer. Es de temer si es que es malinterpretado. Este mundo interconectado con miles de miles de lenguas diversas y una consciencia de la existencia de estas lenguas diversas justamente muchas veces parece desconectado. El entendimiento entre países se dificulta. Esta dificultad muchas veces se puede reflejar en intentos de imponer poder. Esta imposición significa guerras, intervenciones, atentados. Implica acciones y reacciones que son tan terribles y horripilantes que ya no importa quién comenzó, sino cuándo llegarán a su fin. Un país como Estados Unidos y una bomba enorme, extremadamente poderosa, sobre un país, Afganistán, con el cual no se entiende, son el ícono de la forma en la que se vive hoy en día. Pero no solo es eso. La existencia de ataques con armas químicas en países como Siria también demuestra otra falta más de entendimiento; esta vez, es incluso interno. La coyuntura política internacional de todo tipo de acontecimientos tiene un panorama oscuro, incierto. Y lo peor de esto es que, si es cierto, entonces se nos presenta como algo terrible. A continuación, presentaré brevemente mi opinión acerca de la coyuntura política internacional, los límites del lenguaje y del pensamiento.

El “primer Wittgenstein”, es decir, el Ludwig Wittgenstein que estaba muy relacionado con condiciones fijas, concretas y poco dinámicas del lenguaje mencionó, en algún momento, que tres instancias (o quizá dos, depende de con qué cristal se le mire) del ámbito humano están bajo la misma lógica: el lenguaje, el pensamiento y la realidad. Esto nos llevaría a decir algo bastante particular de la contemporaneidad. Aunque sea particular, no obstante, es totalmente aprehendido por nosotros como algo común: hay diferentes pensamientos, diferentes sistemas de lenguaje y diferentes realidades. ¿Qué? ¿Qué hablas, Juan Francisco? ¿No ha sido siempre así? Pues posiblemente sí ha sido siempre así. La cuestión actual es que, con la interconexión de todas las realidades y culturas del mundo, podemos ser conscientes de los diferentes pensamientos, los diferentes sistemas de lenguajes y diferentes realidades. Y si somos conscientes, a diferencia de hace millones de años, de la diversidad de realidades, debemos preguntarnos si es esta una ventaja o una desventaja. ¿No tendrá un carácter doble? ¿Un carácter tan contradictorio que Hegel celebraría? Comencemos diciendo, pues, que es una desventaja para mitigarla un poco con los hermosos juegos del lenguaje. Es una desventaja pues hace complejas las relaciones entre culturas. Entre miles de sistemas de lenguaje, entre miles de realidades y entre miles de pensamientos, la comunicación se dificulta. Tiene que surgir algún tipo de sistema de lenguaje que pueda ser el medio de entendimiento de las personas. El que tiene más poder parece el que más posiblemente imponga su sistema de lenguaje a todos. Así, por añadidura, de alguna manera, también habrá de imponer su sistema de pensamiento y su sistema de realidad. ¡Es terrible! Pero también tiene sus ventajas. El hecho de que exista diversidad de lenguajes implica que existe una diversidad de pensamientos y realidades. Estas realidades y pensamientos, muchas veces, volviendo a Hegel, pueden entrar en diálogo y comunicación, en caso de que, por ejemplo, sean contradictorias, y al final de todo su diálogo puedan crear una mejor forma de entendimiento que no elimine ninguna de las dos. La diversidad es equivalente a desarrollo mutuo; claro, repito mi referencia a que esto solo sucede cuando es bien interpretada.

Ahora bien, esto nos lleva ligeramente al “segundo Wittgenstein”, el cual ya no es tan duro ni normativo, ya no reniega porque las personas no entienden su inentendible forma de escribir. Su flexibilidad presenta lo siguiente: el lenguaje está construido por las relaciones sociales, el mundo público, la expresión de lo subjetivo hacia lo externo. Podríamos interpretar esto de alguna manera un poco más útil para nuestros tiempos actuales. Antes de eso, no obstante, pongamos una premisa, según yo, aplicable e interesante. Estados Unidos está, actualmente, en tensión tanto con el Medio Oriente como con el resto del Oriente. Es decir, con todo el Oriente. Estados Unidos es, hoy por hoy, una de las más grandes representaciones de lo que es Occidente. Occidente y Oriente están en diversas guerras repartidas o, por lo menos, vaivenes de presiones y amenazas. Occidente y Oriente forman parte del mundo de todos modos. Los dos están ahí presentes. Tienen, no obstante, sistemas de lenguaje, pensamientos y realidades diferentes. La diversidad se muestra ahí muy presente. Esta diversidad es dura, sin embargo, pues parece que estas culturas no se entienden. No se entienden y por eso se lanzan misiles. Se lanzan bombas. Se lanzan proyectiles de armamentos químicos. Es como si toda esa frustración por no entender al otro fuera tan grande que, en vez de hacer el dificilísimo esfuerzo, porque así es, de entenderlo, prefiere eliminarlo o hacerlo lo suficientemente débil para que termine por extinguirse. La falta de entendimiento causa desesperación y la desesperación causa atrocidades: atrocidades que cometemos que los otros no entienden y atrocidades que cometen los otros que nosotros no entendemos. Pero así como Wittgenstein pudo pasar de un sistema completamente complejo y duro de estructurar su filosofía a un sistema más flexible y de dependencia social (a saber, incluso muchísimo más flexible), podríamos nosotros también.

Volviendo a Ludwig, entonces, podríamos decir que si la estructuración del lenguaje, del pensamiento y de la realidad no es fija, sino dependiente de la obra social, de la obra humana, entonces puede haber agencia de la propia humanidad para hacer el cambio real. ¿Cómo es esto? Esto es tratar de entender al otro. ¿Tan fácil me lo respondes, Juan Francisco? No es tan fácil, querido lector, pues la historia del pensamiento ha llegado hasta la actualidad con una reforma (podríamos decir “revolución”) constante de lo que es el sustento moral correcto para las relaciones humanas. Es posible que nunca se halle, pero hoy se está llegando a una mirada más inclusiva sobre todo con teorías de epistemología e intersubjetividad que tratan de ver cómo es que funciona el entendimiento entre seres humanos y cómo es que puede esta intersubjetividad por fin volverse una herramienta para ir asegurando la paz en los países ya de una manera, quisiéramos todos, definitiva.

Esto es, pues, cambiar bombas por traducciones, cambiar misiles por academias de lenguas extranjeras e internas, cambiar la falta de entendimiento por el reinado de la intersubjetividad, cambiar la guerra por la paz. En fin, cambiar todo, hacerlo diferente para, en el futuro, sentirnos todos iguales.