Las adaptaciones de obras literarias a distintos géneros artísticos son casi tan antiguas como el arte mismo. Además, es natural querer ver representado más allá de letras, las historias que nos llenan el alma de emociones y que nos marcan para siempre. Deseamos ver en una realidad multidimensional esos momentos en los cuales nuestros ojos no podían dejar de pasar las páginas de los libros que hacían terminar a nuestra mente con miles de escenas sin imágenes exactas. Sin embargo, el adaptar una obra escrita a una serie, película, obra de teatro o, incluso performance, no siempre satisface nuestras expectativas. A veces -cada vez más que la anterior- terminamos decepcionados porque la historia no se sintió igual, los momentos ocurrieron con menos intensidad que cuando los leímos o que los personajes no eran como nos los imaginábamos. Al final nos preguntamos si fue problema de la dirección o de la actuación, pero ¿y si es un ”problema” del lenguaje?

Así como el ser humano se vuelve artista, también se vuelve pensador muy pronto en la historia, y el lenguaje fue un tema que cada vez ganó mayor profundización en las reflexiones de distintos personajes profesionales en el pensar. Platón, por ejemplo, siempre mostró explícitamente una preferencia por el lenguaje oral que por el escrito: aunque este último fuera necesario para una conservación más sobria y prolongada de lo expresado, lo cierto es que solo leer palabras con significado muchas veces hace que distintos aspectos del mensaje se pierda. Para él, lo más importante era dicho oralmente y no escrito. Los gestos, los tonos de voz, los cambios de expresión, las pausas y cambios incontrolables por cualquier signo de puntuación, todo eso desaparece cuando uno escribe lo que quiere decir. Asimismo, Johan Gottfried Herder, en otra época, reflexiona sobre el papel del lenguaje dentro de la constitución del ser humano y concluye que las personas no podemos pensar -ni pensarnos-  fuera del lenguaje. Su forma escrita, de cierto modo, es un intento fallido del ser humano de separar del tiempo su naturaleza, y forzarla a quedarse siempre estática, sin cambio alguno, por la vulnerabilidad que conllevaría concebirnos como unos seres que se encuentran sometidos al cambio eterno. El lenguaje escrito, según este autor, le quita vida y significado al mismo, dejando de lado, probablemente, los aspectos más importantes de la expresión comunicativa.  

Pero, de nuevo, queda la duda de qué exactamente debería cambiar en las adaptaciones audiovisuales de obras escritas para que estas reflejen del mismo modo -o mejor- la historia. Todos los libros son pensados infinitamente, ya que ocurren en mentes de distintas personas. Entonces, ¿Cómo satisfacer a las infinitas versiones de la historia? Si el lenguaje ‘’vivo’’ de estas representaciones más contemporáneas tienen la ventaja de poder trabajar con dimensiones comunicativas que el escrito no, ¿por qué la mayoría de veces seguimos prefiriendo los libros? o, por el contrario ¿por qué a veces leer el guión de una película o serie nos revela aspectos que la serie ‘’completa’’ no? Es muy difícil llegar a una sola respuesta acerca de todo, y creo que eso es lo que hay tomar en cuenta al retratar historias en distintas artes. En las películas, los ejemplos más memorables son la adaptación de la Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, cuya historia perduró como un clásico de la literatura, un gran objeto de estudio en la psicología y la filosofía también, más por su adaptación al cine que por la novela escrita por Anthony Burgess. Ejemplos más  juveniles y populares son las sagas de Harry Potter, Crepúsculo, y casi toda serie de novelas juveniles de la última década, aunque no poseen la misma unanimidad de opinión en su público.

En el mundo de las series, se añade el factor fragmentario que un formato con episodios supone. Así, una historia debe de ser narrada de modo tal que la separación de la misma no afecte -y más bien potencie- el significado de las escenas. The end of the fucking world, una serie distribuida por Netflix en el 2017, es un cómic con el mismo nombre escrito por Charles Forsman en el 2011. Y toda persona que haya consumido ambos productos puede, sin duda, afirmar que existen varios -grandes  y pequeños- cambios tanto en la historia como en los personajes. A veces las adaptaciones seriales se permiten, por motivos varios como el tiempo o la ilación de los episodios, cambiar algunos aspectos de la historia que no afecten drásticamente su desarrollo pero lo hacen. James y Alyssa, y la relación entre ambos, es muy distinta a la trabajado por su primer autor en el cómic. Además, (las ganas de seguir lucrando con un producto exitoso) el hecho de que recientemente se haya estrenado una segunda temporada que no corresponde con la historia original provoca que esta se vea distorsionada, así hayan seguido

trabajando, de cierto modo, sobre la misma base del cómic. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles como para que se pueda admitir universalmente que el cómic es mejor que la serie. Son diferentes, son la misma historia, o, al menos, son historias conectadas dentro de un mismo universo, pero la manera en que uno se ve inmerso en él es totalmente diferente. El final de la primera temporada deja prácticamente toda la historia abierta a la especulación del espectador, pero justamente esa era su encanto. Y es que uno pudo ver cómo, tanto James como Alyssa, cambiaron, cómo James pudo llegar a una conclusión de todo lo que había pasado, por lo que realmente que haya seguido vivo o no, no iba a decir mucho más que ese momento final. Al no decirnos nada, nos dejaba con la esencia emocional de toda la historia. El final de la adaptación de Netflix es una de las mejores escenas de todos los capítulos, a pesar de que no haya sido una copia exacta del cómic o, incluso, de que no haya completado el cierre del cómic. Sólo queda, entonces, explorar todas las formas de significado, todas las posibilidades de la experiencia artística y estética, ya que incluso algunas -y no solo una- pueden ser muy buenas y decirnos mucho.

Otro ejemplo de que la calidad de las adaptaciones de cualquier obra a otro estilo es más complicado para poder emitir un juicio de cuál es mejor o peor es la nueva serie de amazon ‘’Modern Love’’. Una serie con un compilado de capítulos autoconclusivos que retrata las historias de la sección, con el mismo nombre, en el periódico The New York Times. Así, las historias no son solo de una fuente escrita, sino que también son reales. Esto complica el asunto, ya que su adaptación no solo debe proyectar el significado y sentido

del escrito, sino que también debe procurar hacer que se sienta de este mundo. Y en muchos casos lo logra. Lo fugaz que pasan los capítulos como las historias en ellos dejan que uno sienta que ha conocido a la persona protagonista, sea donde esté en el mundo, y que pueda verla con unos ojos más familiares. Sin embargo, a veces se siente un cambio al no estar en primera persona, como algunas columnas en el famoso diario se encuentran escritas, lo cual, no lo hace un problema necesariamente, sino un cambio. 

Si bien varias pésimas adaptaciones audiovisuales cuyo fin de lucrar eran tan explícito que solo dañaban a la historia original, muchas veces, nos han causado un pre juicio con las adaptaciones contemporáneas de distintas obras literarias, la verdad es que tal vez debamos abrirnos a las nuevas experiencias que surgen de ver la misma historia retratada de un modo distinto, ya que, sin duda, causarán en nosotros una experiencia mucho más compleja -ya sea para bien o para mal- que quedarnos en el espacio seguro que nos brinda la primera versión conocida.